Vidas enjauladas

Estatua de la Libertad entre rejas

La imagen no puede ser más gráfica. Una fila de barrotes. ¿Detrás de ellos? El sueño de unos y el miedo de otros.

El día que Mario preguntó a su padre qué era la libertad, éste le describió un lugar que le pareció sacado de otro planeta. Estaba repleto de rascacielos, oportunidades y, lo mejor de todo, solo unos kilómetros hacia el norte. Soñó con ese paraje con la misma ingenuidad que los niños del paraíso deseado lo hacían con una nave espacial y pisar Marte. La única diferencia era la promesa de que él lo alcanzaría: partirían hacia allí, a un lugar mejor, que es lo que cualquier padre quiere para sus hijos. Ambos habían comprado el sueño. Es difícil atinar quien lo ansiaba más.

No había dudas en el plan. Empezarían de cero. Juntos. Al fin y al cabo los sueños están para cumplirse.

El camino fue largo. Comenzó antes de partir: ahorrar para combustible y prepararlo todo para no volver, que fue mucho más difícil de lo que podía parecer en un inicio. Solo entonces se dieron cuenta de que se iban porque no les quedaba más remedio. El resto del mundo, su mundo, seguiría allí, en un lugar que podría tenerlo todo para quedarse. En el que les recibió se encontraron con un problema conocido: una sociedad repleta de instituciones incapaces de gestionar los problemas que contribuyen a formar.

El resto de la historia seguro que la saben. Y es que, al menos, escandaliza. Los barrotes separaron a miles de Marios de sus padres y de ese sueño. A unos metros de las jaulas, la incoherencia: esa estatua que alza su antorcha al cielo y exhibe una cadena rota a sus pies.

Papá, ayúdame a entender.

Esos excelentísimos másteres

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Hace ya un mes que saltó la bomba y Cristina Cifuentes se convertía en el centro mediático. Se levantó una mañana y leyó en el periódico lo mismo que otras tantas personas pero con la diferencia de que ella no descubrió nada nuevo. Paradójicamente, parece que su sorpresa fue la mayor de todas. Hay para quien lo inesperado no son los hechos sino el escándalo: el número de casos que se fueron sumando al suyo demuestra que en política uno adorna su currículo con la misma naturalidad que compra plantas para su casa. Con cada título la cabeza más alta y la gente más lejos. Habrá quien quiera alcanzar los 46 de la Duquesa de Alba. Las élites, al igual que la energía, no desparecen, solo se transforman. Pero, hay algo que debe justificar que lo sean.

Tan grave como conseguir que una institución del sistema educativo, ese que debe garantizar la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, peque de falsedad documental y deje su prestigio por los suelos es esa vanidosa necesidad de querer más y a cualquier precio. Cuando uno está preparado para el cargo que ostenta no debería preocuparle engordar su expediente hasta hacer de él una enciclopedia. Todo conocimiento es enriquecedor, pero obtener títulos por postureo es querer recuperar algo tan manido como la diferencia de clases: ahora son la política y el pueblo.

El fervor por los títulos viene de lejos. Se tramitan por Real Decreto y le dan a quien los posee el honor de ser llamados excelentísimos señores, en el caso de los que llevan aparejados la Grandeza de España; e ilustrísimos señores a aquellos con títulos más modestos. Por qué conformarse con ser conde si un duque siempre estará por encima. Ahí reside el mal de las sociedades jerarquizadas: los empeños por querer ser van de la mano del establecimiento de privilegios. La cuestión ya no es si uno quiere trampear su currículo, sino que haya una Universidad dispuesta a implicarse en la farsa. La discriminación ya está hecha: mientras una parte de la población busca diferenciarse con esfuerzo, otros se cargan el sistema para hacer magia. Y, lo hacen porque pueden: son los nuevos excelentísimos señores.