La radio va por dentro

Radio de válvulas

No recuerdo la primera vez que escuché la radio. Tampoco soy consciente de la primera vez que apreté el botón para encenderla. Esto debe significar que está presente en mi vida desde siempre, marcando los movimientos de esos primeros deslizamientos a ras de suelo. No poseo una gran colección de sintonizadores, pero conservo, en plenas facultades de funcionamiento, uno de válvulas de los años 50. También guardo con cariño los que me van acompañando en el camino; cada uno me teletransporta a un momento distinto. Ya te mantienes en pie, y vas corriendo a todos lados con la misma compañía.

La radio es, para mí, algo más que un medio de comunicación. Disculpen que haga este matiz, diferenciándola de la prensa escrita o la televisión, pero su esencia aporta mucho más que noticias. La radio es una compañera, una amiga e, incluso, una confidente que escucha esas palabras que nunca confesarías a nadie. Es capaz de hacerte sonreír y llorar. De enfadarte o hacerte reflexionar. Puedes despertarte con ella, trabajar con su murmullo de fondo, comer a su lado y acostarte con ella para comenzar un nuevo ciclo. Ninguna otra presencia sobrevive a tal intensidad.

Es una compañera, pero también una gran intermediaria. La radio fue el primer teléfono móvil. Cuando las comunicaciones no eran lo que son hoy en día, muchas familias de marineros que pasaban meses en alta mar se aferraban a cada boletín informativo como si la vida transcurriese de hora en hora, a la espera de que el mar no se encaprichase en contar una mala noticia. A través de la Onda Corta y la Onda Media, estos hombres de mar también se agarraban a la radio como lo más cercano a sus seres queridos.

La suerte, el azar o el destino quisieron que acabase formando parte de una gran familia que no conoce límites. Un elenco de locutores, técnicos y redactores hacen posible que la radio tenga voz propia cada día. Independientemente de la cabecera, es un medio que evoluciona con las nuevas tecnologías y se adapta a los cambios más punteros para ampliar los canales con los que seguir formando parte de la vida de millones de personas.

Informa, acompaña y, también, educa. En este punto tengo que nombrar a mi hermana Lorena, con quien empecé, cuando ya había dejado de gatear, a hacer “mis pinitos” en este medio grabando cuñas, como se denomina a los anuncios en la radio. La campaña publicitaria que más me marcó por su contenido y que ambos recordamos cada vez que viajamos a nuestra infancia es una de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), que concienciaba a los jóvenes sobre el consumo de drogas en los años noventa. Incontables las veces que imité estas voces. ¿La recuerdan?

 Madre: Ah, ¿ya te vas?, si me esperas te acerco y hablamos un rato.

Voz en Off: Tal vez sea cierto eso de que los jóvenes de hoy no escuchan. ¿Has probado a decirles algo?

Puedo asegurar que la radio goza de gran salud. Las tres funciones de las que hablo eran tan importantes ayer como lo son hoy. Estoy convencido de que los lectores que han llegado hasta estas líneas finales le conceden a este enlace con el mundo la misma envergadura que yo. Si la profesión va por dentro, la radio también. Tanto o más como oyente. Si hay algo interesante que decir, siempre habrá quien escuche. Incluidos los más jóvenes.

¡Larga vida a la RADIO!

Mejores respuestas

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Señalan los expertos que se dice tanto con la voz como con el cuerpo. Lo afirman mientras exhiben las palmas de las manos, que es la forma que tienen nuestras extremidades de garantizar honestidad y lealtad. Pienso en ello mientras doy vueltas en el pasillo para practicar en voz alta la exposición que tengo este fin de semana. Procuro no lanzarme a la carrera y evitar así que las palabras se atropellen entre ellas. No hay paso firme en los pies que compense los maratones de la voz. Pero con el ensayo busco algo mucho más inherente al ser humano: no gastar las horas de después construyendo razonamientos que me pasaron desapercibidos.

En una de esas charlas que llevan a todas partes y a ningún lado al mismo tiempo, un amigo aseguró que la genialidad llega siempre unos segundos tarde. Y así nos pusimos los dos a divagar sobre respuestas de película. “-Me desprecias, ¿verdad? –Si llegara a pensar en ti, probablemente sí”. Réplicas como la de Casablanca, que dadas con serenidad dibujan en la cara esa peculiar sonrisita que solo puede interpretarse como expresión de victoria. Incluso cuando uno se la está diciendo a sí mismo a posteriori.

Pasa, donde más, en lo flirteos. Cuando hay esa necesidad de demostrar. De sorprender. Una comida inesperada de cumpleaños siempre jugará con ventaja, por mucho que la prevista requiera ir vestido de etiqueta. Cuando alguien consigue dejarte en jaque mate está ganando la partida. Por eso cuando no se sabe si se está ganando o perdiendo hay una tendencia general a reconstruir los hechos añadiendo nuevos golpes de efecto. Se gasta tanto tiempo pensando mejores respuestas para discusiones finalizadas como frases elocuentes en citas que tienen pocas probabilidades de repetirse.

Inventar diálogos no es una acción que se produce únicamente a posteriori. Conozco a más de una persona que sabe cuáles son las palabras exactas con las que se despedirá de su trabajo el día que surja una oportunidad mejor. Incluyendo una respuesta impecable para los distintos caminos por los que pueda derivar la ansiada conversación. Y por los que no va a derivar, también. Hay una capacidad sorprendente en las personas para crear ficción. Para prepararse por si la franja que la separa de la realidad es estrecha. Al fin y al cabo, ahora recorro el pasillo pensando en hoy, pero mañana, aunque eche la vista atrás, lo haré también focalizando la próxima ocasión que me toque salir a la palestra.

Canciones que emocionan

Bohemian Rhapsody
Bohemian Rhapsody

En un año hay muchas canciones, en una vida solo unas pocas. Son las que devuelven a lugares y alteran el ánimo de quien las escucha. Las que pasa el tiempo y siguen grabadas en la memoria como ese ¡Hola, hola! con el que Pepe Domingo Castaño recibía a sus oyentes en la radio y conseguía ponerme la piel de gallina cuando era niño. Es la misma sensación que se produce cuando suenan esos temas que demuestran que no hace falta el factor sorpresa para causar asombro. Es difícil recuperarlos todos para una pequeña publicación pero vamos a intentarlo. Empecemos por el final.

¿Habéis visto la película Bohemian Rhapsody, que repasa, con mayor o menor acierto, la vida de Freddie Mercury? La recomiendo encarecidamente. La última vez que esa emoción recorrió mi cuerpo fue cuando empezaron a sonar los primeros acordes de la canción que da nombre al filme. Mi mente voló a los JJ.OO. de Barcelona 92’. Con Mercury ya fallecido, se recreó su actuación con Montserrat Caballé en Montjuic interpretando Barcelona. Veintiséis años después la potencia del tema me sigue resultando fascinante.

Hay otra canción que no puede faltar en mi lista, Fix You, de Coldplay. Comparte la misma virtud que la de Queen: cuánto más la escucho más me gusta. Y eso tiene verdadero mérito. Tanto como conseguir trasladarme a la adolescencia de la mano de series como The OC.  Sonó en una escena entre Seth Cohen y Summer Roberts y formó parte de la banda sonora de Scrubs, The Newsroom y Cinco Hermanos.

A las canciones que resultan grandiosas por su temática o estilo musical hay que sumarle aquellas que, sin saber muy bien porqué, nos marcaron en algún momento. En mi caso se trata de Sister Golden Hair, de América, que me devuelve a la infancia. Cuido las veces que la escucho, como si con cada reproducción se fuese consumiendo la mecha que la hace especial para mí. Parece que la música te devuelve momentos dentro y fuera de la pantalla. Se empareja sin esfuerzos con todo lo que la envuelve al tiempo que regala nuevos instantes.

¿Y si solo pudiese escoger una? La elegida, sin duda, sería Mama, de Il Divo. No hay en el mundo muestras de cariño suficientes para devolver a las madres todo lo que hacen por sus hijos, pero su carta en forma de canción pone palabras a ese agradecimiento infinito que va en la otra dirección. Es el claro ejemplo de la capacidad que tiene la música para emocionar.

Escupir al corazón

Corazón de Midlothian, en Edimburgo

Sin aceite ni vinagre. Ni tan siquiera sal. Trato de no añadirle ningún tipo de aliño que me deje un mejor sabor de boca. Las cosas son como suceden. Procuro ajustarme a la realidad para sortear esa tentación tan reconfortante de cambiar el decorado de nuestra discusión. Añadiendo detalles aquí y allá uno tiende a liberarse de los remordimientos.

El día fue largo y nos recibimos con todo lo que quedaba por hacer, que es en lo último que uno quiere pensar cuando se le escurren las horas. El volcán en el que todos nos convertimos cuando se caldea el ambiente entró en erupción y te culpé de todos esos males que callé ante otros. Después de un largo silencio te limitaste a decir que pasamos la vida acumulando presiones que solo descargamos con quienes más queremos.

Vamos directos al corazón. En línea recta. Como el que puede verse incrustado en la Royal Mile de Edimburgo si uno camina observando donde va a colocar los pies.

Mucho se ha escrito sobre corazones. Y mucho se ha borrado. Hay palabras que dejan más al desnudo que otras. Cuenta Pedro Mairal, en su novela La Uruguaya, que es el término que más tachó Jorge Luís Borges en sus correcciones literarias. “Mi corazón resbala por la tarde como el cansancio por la piedad de un declive” se transformó en “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive” en el poema dedicado a Montevideo.

Es enigmático. Puede que omitirlo sea la mejor manera de protegerlo de los esputos que le esperan. Una forma de resguardo. Pienso en ello mientras mis pies se detienen ante el mosaico en forma de corazón que se encuentra integrado en el pavimento de una de las calles más concurridas de la capital escocesa. No se pisa, se le escupe. Da suerte. Los motivos no terminan de estar claros pero las historias hablan de la importancia de la ubicación en la que se encuentra adoquinado. Todo lo que hoy rodea al corazón fue en su día una cárcel y los presos que conseguían abandonarla lo hacían salivando a su salida como prueba de desprecio a un sistema penitenciario ligado a las ejecuciones públicas. También se dice que era una forma de protesta contra los altos impuestos. Pero, yo solo pienso que no hay estampa que explique mejor la riña que tuvimos.

En Edimburgo se escupe al corazón de Midlothian porque es el único sitio en el que no está prohibido y en la vida se apunta al de las personas que más nos importan porque es con quienes parece que nos lo podemos permitir. Cómo iba Borges a consentir que el suyo resbalase sin pensárselo dos veces.    

Réquiem por el comercio local

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La imaginación mueve el mundo. Lo impulsa. El paso previo a cualquier avance es haberlo soñado antes. “Imagine all the people sharing all the world”, que cantaba John Lennon, pone sobre la mesa un escenario. Igual que lo hizo Clara Campoamor al defender el sufragio femenino. Lo mismo pasa con los viajes en el tiempo, esos que catapultaron películas como Regreso al futuro, y que nos muestran hacia donde no queremos ir, alertando sobre futuros nada deseables como el que dibuja V de Vendetta. Imaginar también es eso: viajar hacia delante para volver al presente y elegir el camino a construir.

El comercio local grita que se muere. Y no puedo imaginarme mi ciudad sin algunos de sus establecimientos. O, quizás puedo, y ahí surge mi preocupación. Me gusta la mercería de mi calle, en la que conocen mi talla mejor que yo. Nada más entrar por la puerta, si es invierno, me reciben con las distintas opciones de calcetines abrigosos sobre la mesa: los pies fríos no se curan de un año para otro. Valoro los consejos de esas tiendas en las que, a pesar de tener espejos inclinados, para hacerte más alta y delgada, te dicen cuando algo no te favorece. Uno también va por eso: para que le digan las verdades a la cara. Se llama confianza.

La lista es larga. Mi abuelo no tiene que pedir el periódico y eso que ha cambiado de cabecera con frecuencia. En la librería, saben que va a leer el que escriba su nieta. También conocen que en total tiene cinco nietos. Y un comercio, con más de cien años de vida y desde el que vemos la cabalgata en Navidad, al que acuden a comprar sábanas y manteles. Juntos, el librero y él, mueven la economía: con lo ganado van al bar. La vida son dos días. Y, cuando uno puede, vive. La ferretería, la panadería, la tienda de decoración… lo que está en juego no es un negocio que no funciona, es el espacio social. Si, como decía Aristóteles, “el hombre es un ser social por naturaleza”, vamos a seguir necesitando que las interacciones fluyan más allá del Whatsapp. Salir a la calle, solo por el placer de hacerlo.

Las ventas a través de Internet superaron en España los 30.000 millones de euros en 2017, lo que arroja un incremento del 25,7 % con respecto al ejercicio anterior. Los datos de la Comisión Nacional de los Mercados y Competencia sobre el comercio minorista son positivos pero la distancia que lo separa es inmensa: continúa teniendo un peso considerable en la economía pero el crecimiento fue de un tímido 1,2 %. La Red ofrece un sinfín de posibilidades, ya nada es exótico ni lejano, salvo el vecino al que tenemos el riesgo de dejar de conocer. Y ahí es donde vuelve a entrar en juego la imaginación. Conociendo el escenario se pueden dibujar las medidas que reactiven un comercio que tiene que abrazar, fuerte, la innovación. A la velocidad que gira el mundo puede que no tardemos en hacer realidad esos viajes en el tiempo que tantos años llevamos relatando en la ficción. Puede que, también, David y Goliat no sean incompatibles.

Yuan bei, Uxía

Recién nacido

Hoy me han dado una noticia feliz. Tiene nombre propio, de cuatro letras, y significa bien nacida y nobleza. Es pequeñita. Y gallega. El nombre que sus padres escogieron para ella está ligado a su tierra. Uxía era ya la alegría de su familia desde incluso antes de nacer. Ahora, que la pueden coger en brazos, las sensaciones se multiplican. Lo sabe bien su abuela, que no deja de recibir enhorabuenas. Hay emociones para las que es muy difícil encontrar una palabra. Es, entonces, cuando cobran importancia los matices, pero solo quiero un término, conciso, que devuelva a sus allegados al pasado 30 de octubre con solo cerrar los ojos. Uxía no quiso esperar a noviembre.

Los nacimientos pueden provocar reticencias. El problema no son los padres ni los niños, es el mundo. Este loco mundo. Esa inevitable alternación de buenos y malos momentos que se escapa a nuestro control. Decía Eduardo Galeano que “dentro de este mundo hay otro posible” y vamos a necesitar de nuevas generaciones, nobles, para comprobarlo.

Un proyecto de la University of  East London recopila palabras de distintas lenguas que “ofrecen una forma distinta de ver nuestro planeta”. Primero aparecen las necesidades y ya después su definición.  Gigil, ese irresistible deseo de estrujar a alguien querido, está estrechamente ligado a los nacimientos. Nada produce tanta ternura como un recién nacido. Proviene del tagalo, el idioma mayoritario en Filipinas, y está ligado al yuan bei, que es, en chino, la sensación de completa y perfecta plenitud. Siempre quedarán momentos así. Como el del martes. Está en manos de todos nosotros que estos sean los matices que necesitemos.

Por muchos momentos yuan bei, Uxía.

Dominados por el tiempo

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Hay conceptos que son eternos. La vida transcurre en paralelo a ellos, tratando de cuantificarlos. Desde los inicios de la humanidad, las personas buscamos un eje que nos sirva de referencia y nos guíe en nuestro paso por la Tierra. Si bien las distintas religiones fueron, y siguen siendo, un pilar referente para ello, el sol, las estrellas y los planetas vecinos también tuvieron gran importancia. El tiempo, tal y como hoy lo percibimos, no es más que un concepto al que el ser humano le dio un sentido. La cuestión es ¿cómo medirlo?, ¿cómo entenderlo?

Los primeros en darle forma a este sinsentido fueron, como no, los egipcios. En lugar de utilizar el actual sistema de medida decimal, se basaban en uno duodecimal muy fácil de explicar: con su dedo pulgar contaban cada falange de los otros cuatro dedos de la mano, que suman un total de doce. De esta manera, atribuyeron al intervalo de luz de un día doce divisiones. Una para la salida del sol, otra para su ocaso y diez restantes que se repartían de forma poco exacta. La noche se dividía, de igual modo, en otras doce horas tomando como referencia las estrellas. Dando lugar así al concepto que hoy entendemos de un día de 24 horas. Y a mí, sin duda, no me llegan.

Como las horas de luz se medían con el reloj solar, estas no siempre duraban lo mismo, ya que dependían de la época del año. Fueron los griegos quienes se propusieron dividir el día en 24 horas exactas, basándose en los equinoccios, cuando el día y la noche tienen la misma duración. Aunque no fue hasta el siglo XIV, después de que aparecieran los primeros relojes mecánicos en Europa, cuando todo el mundo empezó a utilizar este sistema.

Los griegos utilizaron técnicas astronómicas que fueron desarrolladas anteriormente por los babilonios, quienes realizaban cálculos usando una base sexagesimal. Estas técnicas fueron mejoradas para dividir un círculo en sesenta partes horizontales, paralelas y ordenadas, ideando un sistema geográfico de latitud que obedece a la geometría de la Tierra. También idearon un sistema de líneas de longitud que abarcaron 360 grados y que recorrieron el planeta de norte a sur, desde un polo hasta el otro. La primera división llegó a ser conocida como el minuto. La segunda como el segundo.

Hoy en día, la definición estándar de tiempo ya no se basa en la rotación de la Tierra alrededor del Sol, sino en el tiempo atómico. Como curiosidad, en 1998, la empresa suiza Swatch introdujo el concepto de Swatch Internet Time, que divide al día en 1000 beats. La empresa ha vendido relojes que indican el “Tiempo de Internet”, aunque no ha gozado de gran trascendencia.

Egipcios, babilonios, griegos… No importa la época ni el lugar. Nos basamos en el tiempo para ordenar y dar sentido a nuestras vidas. Hablamos de perder tiempo, ahorrarlo o malgastarlo, pero lo único cierto es que no lo podemos almacenar. Y, de momento, también estamos muy lejos de la propuesta novelística de Herbert George Wells, cuando en 1895 ilusionó al mundo con la posibilidad de poder desplazarse a través de él. Aunque algunos lo intentaron, como Marty McFly, a día de hoy sigue siendo una quimera. Siempre nos quedarán los cambios de hora, o no, y aprovechar el tiempo todo lo posible. Cada uno, a su manera.