Pescando momentos

Pesca en Estambul

Podría decirse que, a primera vista, es una escena de perfecta convivencia. Los ferris cruzan el Bósforo, entre Europa y Asia, y buques de todas las dimensiones atraviesan los treinta kilómetros que componen la única vía natural navegable entre ambos continentes. Mientras tanto, intuimos, que son miles de peces los que también exploran el ancho y el largo del que es tu lugar favorito en el mundo. Estoy seguro de que lo seguiría siendo si hubieras salido de Estambul.

Lanzas la pregunta y yo la recojo como la llevo recogiendo tantas tardes, con una mezcla de desconcierto y fascinación. Aprendí a escudriñar aquello que nos rodea, a llevarlo a debate perpetuo, gracias a esa querencia tuya de hacerme contestar a cuestiones para las que nunca tendré más que respuestas improvisadas.

Más barcos o más peces fue, en esta ocasión, la incógnita a resolver.

Alrededor de 45.000 barcos en el último año. Crecimiento sin parangón. Quizá no sea de extrañar que se quiera abrir un canal artificial. ¿Cómo saber cuántos peces le hemos arrebatado al mar?

Lo más difícil  de escribirte, papá, es elegir la conjugación verbal adecuada. Me inclino por el presente, borro, reescribo en pasado, y vuelvo a evidenciar que quiero leerte esta historia como si estuviera sucediendo mientras hablo. Sustituir los nuevos días por aquellos en los que fuimos felices: transitar por cada recoveco de tu vida para escoger momentos y teclearlos.

Siempre te fascinaron la pesca sostenible y el mar. Tenías una caña en la mano cuando me ofreciste tu respuesta. Erase una vez, dijiste, tan dado a los buenos principios para conseguir mejores finales, bancos de peces aleteando desde el Mediterráneo al Mar Negro para criar en sus profundas y saladas aguas y gente caminando sobre ellos para desplazarse entre ambas orillas. Yo era adolescente y escuchaba mientras mis ojos se desviaban hacia el cubo en el que apenas había una caballa. El lüfer, o pescado azul,  sigue siendo la especie más valorada del estrecho. Es lo único que pervive de la vieja leyenda.

Me resulta difícil continuar con la historia. Me deshago en halagos a los paseos en el embarcadero de Üsküdar, que tantos buenos atardeceres regala cuando el sol se baña en el Mármara para continuar su camino hacia el oeste, y de la lonja de pescado en la que nosotros vendíamos y otros compraban. La parte técnica se me torna, en cambio, complicada. Leo de pesca. Páginas y páginas. Me pierdo. Hay la técnica del spinning, del surfcasting, del jigging y del curricán. También la pesca a mosca. Ansío que la historia que cuento sea real. Ahora que casi no estás no me perdono las excusas y haber dejado de acompañarte demasiado pronto.

 

 

 

 

Añoranzas

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Nueva interrupción. Y con esa ya iban nueve en media hora. Se preparó para llevar la cuenta en el momento en el que Ana empezó a fruncir el ceño y a jugar inquieta con las manos: sabía que no podría evitarlo. Decidió darle un margen y no replicar hasta que llegase el décimo corte. La verdad es que esperaba que no se produjese. Evitaba el enfrentamiento a cualquier coste, incluso si eso suponía que le tomasen el pelo, pero una interrupción cada tres minutos le parecía toda una desconsideración hacia su discurso. Cogió aire, ahí venía la décima.

       –  Lo sé, lo sé, ningún lugar como aquel, pero déjame que te cuente.

     –  Era increíble, como si una brocha gigante se secase en la fachada de cada casa después de sumergirse en….

       –  En una paleta de repleta de colores.

Ahora es Lucía quien interrumpe. Cada vez que le cuenta a su amiga una de sus peripecias por el mundo, las pintorescas casas de un pueblo sin nombre ni ubicación salen a la luz. Era el gran misterio por resolver. En el grupo que se formó en torno a las dos llegaron a sospechar que Ana se inventara ese lugar como distracción para esos viernes en los que escaseaban las cervezas o la paciencia que requerían los acertijos que se lanzaban unos a otros para avivar el ingenio.

       –   Estuve releyendo los garabatos y creo que he descifrado las indicaciones que hay bajo el lamparón  de cerveza.

       –  No me digas…

–  Sí, creo que sí, voy un segundo a buscarlas y me dices que ves tú.

      –  Quieta ahí. El lugar del que te hablaba es importante. En una de esas diminutas, pero encantadoras, casas es donde nació mi abuelo. No vas a creértelo, encontré la dirección.

Mientras Lucía hablaba, Ana seguía ensimismada, dando vueltas a sus propias palabras. A las que anotó muchos años antes en una libreta que, en ese momento, pasaba a ser el objeto de mayor valor que llevaba encima. Su propio mapa para volver al lugar con el que soñaba desde entonces. Era la primera vez de tantas cosas: las vistas desde el avión o los gestos para entenderse con desconocidos. Su familia, que ahorrara para la causa las propinas de los clientes más generosos, tenía claro que ya no hacia falta esperar más. Ana era niña, pero empezaba a ser mayor. La edad perfecta para flotar con la experiencia, convertirlo todo en una ola de emoción, sin riegos a que lo vivido no quedase almacenado entre sus recuerdos. No cabe duda de que dieron en el clavo. Nunca olvidaría aquel lugar.

El primer viernes que Ana habló a sus amigos de ese sitio generó entre ellos una enorme expectación. Preparaban unas vacaciones y ella no dudó a la hora de proponer destino: tenía que ser aquel pequeño pueblo, de casas coloridas y gentes amables, al que el mar le comía terreno, pero le compensaba ofreciendo unas aguas templadas que invitaban al baño. La descripción fue tan convincente que, de haberlo situado en el mapa, se hubieran lanzado sin pestañear. Creyeron encontrarlo un millón de veces, pero cada vez que alguien llegaba con descripciones e imágenes que parecían encajar con el relato de Ana, esta negaba bruscamente con la cabeza. Todos esos destinos encuadraban en la zona en la que buscar y ninguno de los atlas examinados indicaban que les quedase algún rincón por rastrear: era, sin duda, el mayor de los acertijos por resolver, y eso que había algunos que suponían verdaderos rompecabezas.

      –  Espabilad. Son 45 minutos de camino, si queremos llegar para comer, hay que salir inmediatamente,  panda de holgazanes.

El plan no se realizó en aquel momento, pero cuando Ana cumplió veinticinco, la sorprendieron con el mejor de los regalos. Un coche, cinco amigos y unos cuantos kilómetros de costa por recorrer: si la tierra no se había tragado aquel lugar, en una semana deberían encontrarlo. Ella había estado solo cinco días y conocía el aeropuerto de llegada. Bastaría que lo viese con sus propios ojos para reconocer que ese pueblo que idolatraba correspondía con algunas de esas imágenes que tantas veces les había mostrado cuando trataban de encontrarlo.

Pero, fue solo una gran experiencia.

Visitas, risas, empachos, baños, confidencias, una rueda pinchada y cervezas que no sabían a las de los viernes. Lo mismo le pasó a Ana. No reconoció en ninguna de las paradas esa escapada que había idealizado. Nunca nadie dijo nada, ni cuando le volvió a mostrar a Lucía sus garabatos de la infancia, pero el enigma había quedado resuelto para todos: hay sensaciones que permanecen más que los lugares donde se tienen. Y ese primer y último viaje en familia se había convertido para Ana en el rincón donde refugiarse.

Romanticismo nocturno: de las discotecas a los festivales

Discoteca Pont Aeri

La falta de luz provoca, en el ser humano, sensaciones encontradas. Cuando los días acrecientan, el alboroto se apodera de las ciudades. El sur lo invaden los del norte en busca de días despejados. Influyen las temperaturas, pero también la claridad: al buen tiempo no hay que fingirle buena cara. La oscuridad, sin embargo, es la que regala los momentos de liberación. Lo hace cuando uno la escoge. La luz se apaga y se enciende la música: bienvenidos a las discotecas. Al hogar de las luciérnagas. Locales gigantescos que esconden puñados de secretos por barba o por pelo engominado. Sí, engominado. Hoy, que me voy de festival, no puedo evitar recordar que la oscuridad que triunfaba antes era otra.

Es la morriña por lo que, hace no tanto, fue el ocio nocturno. La curiosidad por el recorrido de unos espacios que pasaron de cobijar a miles de personas a reinventarse como restaurantes o supermercados. “Nos mantenemos en pie porque el resto del mundo nos sujeta”. Trasladémonos a Santiago de Compostela, ciudad universitaria gallega por excelencia. Tenía razón Ana, en Liberty, reina de la noche desde los ochenta, no cabía un alfiler más. Nadie se retiraba antes de que Silvio Rodríguez diese permiso con su Ojalá. Coincidía con el amanecer. Un amanecer que terminó por ser eterno.

La luz desdibuja los encantos de los antros. Entre córneas que se aclimataban a la nueva situación llegaba la comprobación de lo evidente: ni los movimientos de cadera iban al son de la música ni las confesiones inconfesables reportaban beneficio alguno. De haberla, la vergüenza diaria quedaba aparcada. Era parte del encanto. Hasta que se empezaron a apagar. LP45, en Ordes; Carabás, en Pontevedra; Zoo (y sus casi 18.000 metros cuadrados abarrotados) en Sanxenxo. ¿Y si salimos de Galicia? También los gigantes dan paso a los recuerdos. Scorpia y Pont Aeri, en Barcelona; Gabana, en Madrid, y Puzzle, en Valencia. El fin, sin duda, de una era.

¿Qué pasa con la oscuridad? Me pierdo en el festival. Reconozco sensaciones y aparecen otras nuevas. Vuelvo a ser un alfiler. Un alfiler con cerveza en la mano y que se mueve, igual de mal, mientras la música lo acapara todo. Es esa amiga sin la que la noche noFestival Armadiña Rock debe salir. El ingrediente que consuma la evasión y que te permite disfrutar con el prójimo aunque no le veas la cara. La córnea es sabia y capta la luz del escenario: ahí el primer cambio. Tampoco hace falta apagar ningún interruptor. Nuevos recuerdos de un ocio cambiante en un mundo que no deja de girar.