¿Qué hago con tus sueños?

Sueños

Helena soñó que se dejaba los sueños olvidados en una isla.

Claribel Alegría recogía los sueños, los ataba con una cinta y los guardaba bien guardados. Pero los niños de la casa descubrían el escondite y querían ponerse los sueños de Helena, y Claribel, enojada, les decía:

Eso no se toca

Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:

¿Qué hago con tus sueños?

Los sueños olvidados, de Eduardo Galeano, es una de las joyitas en formato papel que recoge uno de esos obsequios que Susana pide para mí a los Reyes Magos cada año. El libro de los abrazos fue la sorpresa del 2007 y todavía hoy lo abro al azar para releer alguna de esas fábulas que dibujan el mundo con solo unas pocas líneas horizontales. No importa la página ni el renglón al que me lleve la suerte, las palabras de Galeano desgranando su presente siempre me hacen pensar en el futuro.

El capítulo de Black Mirror que lleva como título Toda tu historia no solo describe a la perfección lo peor de las mentiras y los celos en una pareja, también muestra una realidad alternativa en la que cada uno puede volver a ver sus vivencias, en sus propios ojos o en una pantalla, gracias a un dispositivo electrónico incrustado detrás de una oreja. Todo un avance tecnológico que cuenta con competidores en la realidad: Los sueños olvidados me hicieron recordar la clase de hace un par de semanas que me llevó a buscar información sobre el desarrollo de un artilugio para grabar e interpretar los sueños.

Las investigaciones se remontan a hace varios años y buscan entender la mente inconsciente y el por qué del mundo onírico. Un mundo que llevó a los antiguos egipcios a crear santuarios dedicados exclusivamente al sueño: estaban convencidos de que las visiones que se sucedían al quedarse dormidos eran advertencias de los dioses. Cambiaron los motivos pero traducir los sueños sigue estando a la orden del día. Evolucionó, también, la tecnología, que ya permite que las fantasías de Black Mirror no lo sean tanto y que se especule con poder leer la mente de las personas que no pueden comunicarse pero también con ver nuestros sueños o los de otros en lugar de la televisión.

Es, así, como Helena podría dejárselos olvidados en una isla y que Claribel lance una pregunta difícil de resolver para cualquiera:

¿Qué hago con tus sueños?

La muerte de la privacidad

nos vigilan

La anécdota seguro que les resulta familiar. Es conectarnos a Internet y no dejar de pasar publicidad ante nuestros ojos. Mi muro de Facebook está repleto de palas. Son de un sinfín de colores y precios. Las demás diferencias, las que las hacen buenas o malas, las desconozco. Mi mayor interés por ellas es saber qué hacen ahí. Ya tengo la que necesito: se la pedí a una amiga por Whatsapp. La conversación se prolongó porque ella, que juega al pádel tan poco como yo, tuvo que recurrir a su novio. Fue él quien estuvo a punto de traerme una raqueta, que es, en realidad, lo que yo había pedido, y dejarme sin jugar. Ahora llamo a las cosas por su nombre pero finalizado el partido seguiré como hasta ahora: el único rastro digital que me une con las palas es esa conversación, que suponía privada.

Pero, ya se sabe, al suponer, sin evidencias, distorsionamos la realidad. Aceptamos las condiciones sin leer la parrafada.

No es la primera vez que cuento esta historia. Es hablar de datos/ privacidad/ espionaje y sale a relucir. La conclusión tiende a ser la misma. Pedir una pala es como hablar del tiempo, después de mucho divagar, uno le da la importancia justa y deja de preguntarse quién es ese hermano mayor que parece escucharlo todo. Olvidamos así que la cámara la llevamos siempre encima: a los comentarios en redes y búsquedas en Internet, que dibujan nuestro perfil, hay que sumarle esa infiltración en nuestra privacidad que se logra al activar remotamente el objetivo o el micrófono del móvil. Los smartphones son esa pantalla de George Orwell que sirve para ver pero también observa. Los algoritmos ya saben más de nosotros que nosotros mismos.

El País publicó esta semana una entrevista al prestigioso divulgador científico Ranga Yogeshwar, que alerta en su libro Próxima estación: Futuro del mal uso de los datos. Una interesante reflexión sobre la forma en la que las innovaciones tecnológicas cambian nuestra percepción del mundo y la manera en la que nos relacionamos y que pone el foco en la velocidad a la que se implantan. Recalca, en la entrevista, que es esa celeridad la que va dejando atrás la multitud de dilemas éticos que se generan y pone sobre la mesa una idea esencial: “Necesitamos una cultura en la que el progreso sea el resultado de un proceso de reflexión de la sociedad no el resultado exclusivo de la ingeniería y los inversores”. El texto va mucho más allá: habla también de fake news y de nanorobots. Y, a pesar de la aprobación del Reglamento General de Protección de Datos, de la Unión Europea, todavía no tenemos claro a dónde nos lleva esta masiva recopilación y difusión. Lo demás, entonces, son palabras mayúsculas.

Las ventajas son evidentes. Además de palas que no pretendo comprar, me llega publicidad mucho más ajustada a mis gustos: ganan las empresas, pero también yo. La pregunta, entonces, es clara. ¿Cuál es el precio? No todos los datos deberían estar a disposición de quien los quiera. Probablemente cambiará la forma en que entendamos la privacidad, pero espero que si mañana vuelvo a jugar al pádel sea porque me apetece y no para que conste en una ficha. Ya hay aseguradoras que piden los datos para calcular las pólizas. Ranga Yogeshwar, aunque se declara optimista, advierte que la principal desventaja podría ser la que deriva de una observación constante: acabar sometidos a la dictadura del comportamiento. Ya no solo en público, también en privado. También en Whatsap.