La cloaca máxima del Estado

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Hay tanto que ver en Roma, que la Cloaca Máxima, una de las más antiguas redes de alcantarillado del mundo, puede pasar desapercibida. Pero, cuando el visitante se encuentra con alguno de los tramos que todavía se mantienen en pie despierta la curiosidad por esa construcción que fecha del año 600 a.C. y conducía los desechos de los baños públicos a través de sus múltiples bifurcaciones. Con las cloacas del Estado pasa lo mismo. Están ahí, desde tiempo inmemorial, pero hasta que el foco recae sobre ellas pasan desapercibidas para el ciudadano, que va de aquí para allá, olvidando que en lugar de bajo sus pies, se encuentran sobre su cabeza, en lo más alto del sistema.

Hay veces que, sin embargo, las luces se dirigen a las sombras. Ráfagas dispares apuntan hacia donde dictan los intereses del alumbrante y muestran un mundo del que solo queda claro que, para crecer, en el sentido más ambicioso de la palabra y el único para algunos, hay que tirarse al lodo. Bucear en él.

La sucesión de revelaciones que se acumulan durante los últimos días en montañas licenciosas, de las que los afectados desconocen como descender, ofrece una incógnita difícil de resolver: dónde situamos la decencia. Un hilo une las cloacas desde las que emerge el comisario Villarejo con el show que alimenta la clase política, mucho más centrada en hacer campaña con cada mensaje que transciende que en debatir sobre la revisión del sistema educativo o el problema demográfico. La protagonista es ahora la moral. Se busca que los valores lo impregnen todo, desde conversaciones privadas hasta maniobras fiscales, y dejan el listón demasiado alto para un mundo en el que se juega cerca del lodo.

Hay lupas que muy pocas personas soportarían sin ruborizarse. Por ello resulta llamativo que los partidos y sus responsables hagan política con la decencia y acepten vivir a golpe de escándalo, como si pensaran que, en realidad,  no hay nada de lo que escandalizarse. Pero, en un mundo repleto de líneas, uno debería saber cuando ha cruzado de la calle a la cloaca: hay veces que lo más peligroso de una conversación es el interlocutor y el contexto en el que se tiene.

Por acumulación, la gran red de alcantarillado de Roma requería de limpiezas frecuentes. Quizás se deberían seguir los mismos pasos para poder hablar unos y otros de moral con dignidad y abrir el abanico de cuestiones a tratar sin un constante paréntesis que no hace otra cosa que desprestigiar el servicio público.

La deuda de los cien millones

Hucha ahorros cerdito

Fue el pasado viernes. Una amiga, en horario laboral, me escribió un whatsapp para charlar un rato y matar el tiempo muerto. Unas horas después quería todo lo contrario: detenerlo. No podía avanzar en sus tareas hasta recibir la documentación que había solicitado por email y que llegó unos minutos antes de que el reloj marcase la hora en que el día le comenzaba a pertenecer. Era urgente. Esa cualidad que se aferra a una fecha límite para trastocar las prioridades. “Pasamos de cero a mil”, dijo. Me quedé con la respuesta en la boca.

Desconozco cuáles son los plazos en los que se mueve mi amiga porque no volví a tener noticias de ella. O continúa trabajando o el fin de semana le está resultando entretenido. Más le vale que lo primero. Sí sé, en cambio, que el Parlamento español debería haber aprobado la ley hipotecaria antes del 21 de marzo de 2016. Digo debería porque, bien avanzado 2018, el proyecto ley aprobado en Consejo de Ministros en tiempos de Mariano Rajoy todavía tiene que pasearse por el Congreso y el Senado y superar todos los trámites correspondientes. No es que se atascase, para eso primero hay que empezar a moverse: ese paso inicial se produjo en noviembre de 2017, unos meses después de que la Comisión Europea pidiese al Tribunal de Justicia de la UE que impusiera a España una multa de 105.991 euros por cada día de retraso. Y, son muchos días.

Si echamos la vista atrás, a cuando debería haberse aprobado la norma que establezca las reglas que regirán la contratación de hipotecas en los próximos años, nos encontramos un camino convulso. Un Gobierno en funciones. La moción de censura, con un nuevo inquilino en La Moncloa. Cataluña. Una travesía llena de trabas, como la vida misma, a la que hay que sumarle la paja en el ojo ajeno, esa misma que ahora tiene forma de másteres y tesis y no da tregua, y que sin dejar de ser importante no permite ver lo urgente.

Desconozco la penalización a la que se enfrenta mi amiga. Mientras escribo, continúo sin tener noticias de ella. Pero, si el tribunal termina por condenar a España con efecto desde el incumplimiento la cifra a desembolsar alcanzaría ya los cien millones de euros. Puede parecerlo todo para mí y nada para papá Estado, pero es casi una cuarta parte de lo que se invertirá este año en acceso a la vivienda y fomento de la edificación en esos presupuestos que también costó echar a andar. Pactar, ¡qué gran dificultad! Hay otras quince directivas comunitarias pendientes y que se suman a una ley que, en su espíritu, busca aumentar la transparencia y la seguridad jurídica de los consumidores y de las entidades para evitar que se produzcan abusos como los de las cláusulas suelo.

Parece que, además de urgente, también es importante. Pero, el tiempo no se detiene para nadie: es hora de pasar de cero a mil.

Vidas enjauladas

Estatua de la Libertad entre rejas

La imagen no puede ser más gráfica. Una fila de barrotes. ¿Detrás de ellos? El sueño de unos y el miedo de otros.

El día que Mario preguntó a su padre qué era la libertad, éste le describió un lugar que le pareció sacado de otro planeta. Estaba repleto de rascacielos, oportunidades y, lo mejor de todo, solo unos kilómetros hacia el norte. Soñó con ese paraje con la misma ingenuidad que los niños del paraíso deseado lo hacían con una nave espacial y pisar Marte. La única diferencia era la promesa de que él lo alcanzaría: partirían hacia allí, a un lugar mejor, que es lo que cualquier padre quiere para sus hijos. Ambos habían comprado el sueño. Es difícil atinar quien lo ansiaba más.

No había dudas en el plan. Empezarían de cero. Juntos. Al fin y al cabo los sueños están para cumplirse.

El camino fue largo. Comenzó antes de partir: ahorrar para combustible y prepararlo todo para no volver, que fue mucho más difícil de lo que podía parecer en un inicio. Solo entonces se dieron cuenta de que se iban porque no les quedaba más remedio. El resto del mundo, su mundo, seguiría allí, en un lugar que podría tenerlo todo para quedarse. En el que les recibió se encontraron con un problema conocido: una sociedad repleta de instituciones incapaces de gestionar los problemas que contribuyen a formar.

El resto de la historia seguro que la saben. Y es que, al menos, escandaliza. Los barrotes separaron a miles de Marios de sus padres y de ese sueño. A unos metros de las jaulas, la incoherencia: esa estatua que alza su antorcha al cielo y exhibe una cadena rota a sus pies.

Papá, ayúdame a entender.

Esos excelentísimos másteres

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Hace ya un mes que saltó la bomba y Cristina Cifuentes se convertía en el centro mediático. Se levantó una mañana y leyó en el periódico lo mismo que otras tantas personas pero con la diferencia de que ella no descubrió nada nuevo. Paradójicamente, parece que su sorpresa fue la mayor de todas. Hay para quien lo inesperado no son los hechos sino el escándalo: el número de casos que se fueron sumando al suyo demuestra que en política uno adorna su currículo con la misma naturalidad que compra plantas para su casa. Con cada título la cabeza más alta y la gente más lejos. Habrá quien quiera alcanzar los 46 de la Duquesa de Alba. Las élites, al igual que la energía, no desparecen, solo se transforman. Pero, hay algo que debe justificar que lo sean.

Tan grave como conseguir que una institución del sistema educativo, ese que debe garantizar la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, peque de falsedad documental y deje su prestigio por los suelos es esa vanidosa necesidad de querer más y a cualquier precio. Cuando uno está preparado para el cargo que ostenta no debería preocuparle engordar su expediente hasta hacer de él una enciclopedia. Todo conocimiento es enriquecedor, pero obtener títulos por postureo es querer recuperar algo tan manido como la diferencia de clases: ahora son la política y el pueblo.

El fervor por los títulos viene de lejos. Se tramitan por Real Decreto y le dan a quien los posee el honor de ser llamados excelentísimos señores, en el caso de los que llevan aparejados la Grandeza de España; e ilustrísimos señores a aquellos con títulos más modestos. Por qué conformarse con ser conde si un duque siempre estará por encima. Ahí reside el mal de las sociedades jerarquizadas: los empeños por querer ser van de la mano del establecimiento de privilegios. La cuestión ya no es si uno quiere trampear su currículo, sino que haya una Universidad dispuesta a implicarse en la farsa. La discriminación ya está hecha: mientras una parte de la población busca diferenciarse con esfuerzo, otros se cargan el sistema para hacer magia. Y, lo hacen porque pueden: son los nuevos excelentísimos señores.