Perú: el lago Titicaca

Lago Titicaca, PerúToda el agua del mundo es una abuela, que nos cuenta naufragios y regatas, que nos moja la sed y da permiso para seguir viviendo otro semestre. La historia que nos emboba ahora es la del lago Titicaca. ¿Cuál de ellas? La primera. La única. La original. La que conocen todas las abuelas del altiplano y sin la que no habría más. No hay lago si no hay agua ni leyendas. De sus aguas frías emergieron Manco Cápac, hijo del sol; y Mama Ocllo, hija de la luna: El Titicaca es considerado la cuna de la civilización inca. Si lo cuenta una abuela tiene toda credibilidad. Si lo hace Hugo, también. Tan importante como el camino es con quien se recorre y en Puno, la capital folclórica de Perú y puerta de entrada al lago, reafirmamos que nada dice tanto de un lugar como su gente.

El camino es largo pero merece la pena. El visitante se ha vuelto exigente y espera de cada parada, siempre en vertical, un lugar con el que sorprenderse: Andahuayllas, Checacupe y su réplica del puente inca colgante, que se mueve a cada paso y hace que uno apriete fuerte sus cuerdas, Raqchi, La Raya y Pukara son algunos de los lugares entre Cuzco y Puno en lo que ir sumergiéndose en un nuevo Perú. La Raya, punto de unión entre el lugar de salida y el de llegada, muestra a las montañas haciéndose hueco entre las nubes. Entre el cielo. Como si invirtiesen todos sus esfuerzos en colarse en él sin saber que las posibilidades son tan remotas como las de alcanzar el horizonte. Si se quiere acariciarlo, tiene que ser su reflejo: a 3.800 metros de altura, entre Perú y Bolivia, aparece el lago navegable más alto del planeta. La Raya quedó atrás. También Juliaca, donde dicen que abunda el dinero pero falta el asfalto con el que luchar contra el barro y los edificios dejan al aire sus entrañas.

Aunque poco tiene que ver Puno con Juliaca su mayor encanto es Titicaca. Partimos a dos islas. A dos civilizaciones que en las aguas se separan pero que en la ciudad que habita a sus pies viven mezcladas y le conceden el honor de ser el rincón del país con mayor variedad de celebraciones. Ya en el agua, pronto se empiezan a ver las islas Uros. No son una, sino varias. El número varía constantemente. Fueron los uros quienes las construyeron hace siglos para escapar de los pueblos hostiles en tierra. Si tienen alguna disputa entre ellos, la solución es fácil: parten la isla y navegan por separado. Hechas de totora, una planta acuática, cuando la familia crece también hay que construir una nueva. El trabajo es constante: capa sobre capa para combatir esa agua que las termina encharcando. Son unos verdaderos artesanos con esta material. Si las pequeñas islas llaman la atención, sus embarcaciones conquistan. Dejan su lengua, el aimara, para hablar con el forastero. Están acostumbrados al turismo. Es clave en su economía, pero esto no le resta encanto: los niños corretean con sus coloridas vestimentas y te explican que solo en algunas de las islas hay colegios. Dejan así de corretear para navegar. Es en estos barcos, relata una pareja, donde surgen los amores adolescentes.

La segunda parada, Taquile, se encuentra a casi cuarenta kilómetros desde Puno. Allí viven diversas familias de habla quechua. Es una civilización que se rige por sus propias normas: Ama suwa, ama quella, ama llullav (no robar, no holgazanear, no mentir) es la máxima que impera en la isla y que la libera de policías. Quien no cumpla, tiene que marcharse. Se distingue a solteros y casados por su vestimenta. El matrimonio es intocable. Antes de unirse para toda la vida hay dos años de prueba: si no funciona, pero tienen hijos, pasarán a ser hermanos de la mujer. Puede hablarse de libertad. Eligen vivir así. De los jóvenes que pueden pagar la Universidad muchos no regresan. Otros sí. Y no solo es la belleza de la isla, donde cielo y agua casi se fusionan, lo que les hace volver a vivir una vida que dista de la que puede ofrecer Puno. Hablan pausadamente de sus costumbres. El tiempo transcurre diferente. Hugo completa el relato de los isleños mientras echamos a andar con una lección bien aprendida: el mundo se recorre a pie y con una buena conversación. Si hay lugares que dejan huella, hay personas que, aunque aparecen para no quedarse, son parte fundamental de la esencia de un viaje.

Hasta la próxima, Perú.

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Lima, el bullicio del Pacífico

Cuzco y el Valle Sagrado

Perú: de Cuzco al Valle Sagrado

Cuzco, Cusco
Plaza de Armas, Cuzco

La tarde sobre los tejados cae y cae… ¿quién le dio para que viniera alas de ave? Sin alas no hay cielo, y Cuzco casi lo acaricia. Cualquier otra opción se vuelve eterna: el recorrido por tierra, desde Lima, no baja de las veinte horas. Nuevamente, el dilema del camino: desandamos lo andado para sobrevolar un paisaje que invita a custodiar la ventanilla. Aunque sea desde el pasillo. Picos y más picos de montañas desnudas en las que se entremezclan los marrones dan forma a la nada. Se ven con nitidez; si el avión asciende, parecen acompañarlo. Una hora después, es preferible no correr: cansa el doble.

El mate de coca se convierte en aliado. También las pastillas con las que hacer frente al soroche. El mal de altura no fue una invención para intentar frenar la conquista española, cuya pegada no se ve solo en la lengua: plazas y edificios coloniales hacen de Cuzco (o Cusco) una de las ciudades más bonitas de Perú. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983, se vio afectada por un terremoto mucho antes: fue en 1650 cuando quedó constancia de que los incas sabían bien donde vivían. Los cimientos de sus construcciones se mantuvieron en pie. Otra certeza: llegada la invasión, fueron fieles a su cultura. Es Germán, compañero de viaje durante dos días, quien desvela secretos como los que se ocultan tras los cuadros de la imponente catedral: las santas no son santas sino montañas, dibujadas con cuerpo triangular; la réplica de la Última Cena incluye un conejillo de indias (o cuy) en los platos; y ni rastro de Judas. En el que debería ser su rostro, puede intuirse el de Pizarro. Ante la obligación de pintar, optaron probablemente por la mejor opción: dar rienda suelta a la imaginación.

Fortaleza de Sacsayhuamán
Fortaleza de Sacsayhuamán

Precisamente, de imaginación hay que nutrirse para comprender como movieron y encajaron los bloques de piedra que conforman Sacsayhuamán. Compuesto por pedruscos que alcanzan los cinco metros de altura y 350 toneladas de peso, acoplados de tal forma que los cronistas españoles aseguraban que entre las uniones no se podía introducir ni siquiera el filo de un cuchillo, este espacio militar podría haber refugiado a toda la población de Cuzco en caso de necesidad. La construcción sigue siendo impresionante, pero ya no es lo que era: como en tantas otras ocasiones en otros tantos lugares, las piedras de esta fortaleza fueron utilizadas como cantera para otro fin, construir edificios en la ciudad.

Camino al Valle Sagrado

En las cercanías de Cuzco pueden visitarse también las ruinas de Tambomachay. A partir de ahí, uno se aleja del ombligo del mundo, para adentrarse en el Valle Sagrado. Si en Europa, todos los caminos llevan a Roma; Cuzco se ganó este sobrenombre por la inmensa red de caminos que le unen con buena parte de América del Sur. El recorrido escogido no pudo ser más acertado: El mercado de Chinchero, conocido como la cuna del arco iris, el laboratorio agrícola de Moray, las salinas de Maras y la ciudad inca viviente de Ollantaytambo van preparando al viajero para Machu Picchu. Es difícil elegir cual de estos lugares es más encantador.

Si la construcción de Sacsayhuamán ya parecía imposible, la fortaleza de Ollantaytambo, punto estratégico en las comunicaciones del reino inca y puerta de entrada, aún hoy, a la ciudad perdida, se eleva sobre el pueblo en una construcción de vértigo. Hay que subirla para conocer sus secretos y disfrutar de las vistas: la percepción del pueblo cambia al verlo refugiado entre las montañas. También se divisa con mayor claridad el templo del sol. A la misma altura, justo enfrente, seis monolitos fueron diseñados para reflejar los rayos del sol naciente. Se encuentran perfectamente alineados. No muy lejos, Moray y Maras muestran unos encantos diferentes y las mejores imágenes de los Andes. Ya no se siente la brisa del Pacífico. Este Perú tiende al marrón y despierta una de esas valiosas cualidades que dicen que se pierde con los años: la curiosidad. Por los incas, y todo los que los rodeaba.

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Lima, el bullicio del Pacífico

Perú: Lima, el bullicio del Pacífico

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Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. El tiempo, al igual que el dinero, es limitado. Hay que tomar decisiones, sinónimo, a veces, de complicaciones, que determinan los pasos a dar: una vez elegida la ruta solo queda disfrutarla. Como en la vida, cada parada cuenta. La primera huella en Perú deja olor a mar y el recuerdo de la placidez de quien se queda embobado mirando al infinito y jugando a acertar el punto exacto al que uno llegaría si se lanza a nadar en línea recta. Ya estás en Australia, pasando por la República de Fiyi. Nada viaja tan rápido como la mente. Y la paz que produce mirar como rompen las olas es un estímulo maravilloso.

Uno llega a Lima obligado. El aeropuerto Jorge Chávez, que recuerda al piloto peruano y ese viaje que le costó la vida y le convirtió en el primero en cruzar los Andes por el aire al mismo tiempo, es la gran puerta de entrada al país. Y de salida. No hace falta más que fijar un nuevo rumbo, pero no es recomendable hacerlo de inmediato: La Bajada de los Baños, desde Barranco hasta el mar, es, gracias a las casas que la flanquean, tan atractiva como el paseo por los acantilados de Miraflores. Donde parques como Amor, con su serpenteante banco de mosaicos y escultura de David Delfín, acompañan a un recorrido que parece no tener fin. De fondo, el Pacífico. Y la gigante pared rocosa que lo separa de la ciudad y produce esas imágenes que hacen de la capital peruana un lugar azul.

“Levante la mano del claxon”. No todo es tranquilidad. Los carteles son explícitos pero solo quien tenga una experiencia previa conoce si son de utilidad. “Los bocinazos impacientes de un tráfico vespertino y perdido en las caóticas rutas siempre improvisadas” que describe Eduardo Benavides en El año que rompí contigo hacen sospechar que no solo se apaciguó el país. Los bocinazos, sin embargo, siguen siendo parte de la melodía de la ciudad. También el caos. Cuatro ojos son mejor que dos para cruzar esas calles que transcurren entre la plaza Mayor, donde Francisco Pizarro fundó la ciudad y se encuentran edificios tan importantes como el palacio arzobispal, la catedral y el palacio de gobierno; la plaza San Martín, que conmemora la independencia de España y abriga la estatua del liberador, el general argentino José de San Martín; y el complejo colonial de San Francisco, decorado por los mejores artistas de los siglos XVI y XVII. Miraflores, desde el parque Kennedy hasta al complejo de Huaca Pucllana, es otro buen lugar para perderse. Ya eres parte de ese caos que todo lo envuelve. Para recorrer parte del camino que queda atrás hay que, en algún momento, rendirse a él: 2.672 kilómetros cuadrados y más de nueve millones de habitantes complican la vida en tranquilidad. Pero, siempre quedará el Pacífico. Cerrar los párpados  y sentir la brisa del mar.

Perú: Machu Picchu y sus templos

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Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Cuando uno piensa en Perú, lo primero que asoma a la mente es Machu Picchu. La montaña vieja. La ciudad perdida de los incas. Una de las siete maravillas del mundo. Ya lo adelanta Germán mientras descifra los misterios de su gran puerta de entrada, el Valle Sagrado, y observa como otros observan con los ojos desorbitados: “Falta la guinda del pastel”. No yerra. La más grata compañía de esa expresión es la boca bien abierta. Machu Picchu lo consigue: la cara se armoniza. Y uno recuerda a Lorca. Ese verde, que se columpia entre el amarillo y el azul, y simboliza la esperanza. La esperanza que los incas depositaban en Wiracocha, el dios creador; o en la Pacha Mama, patrona de la fertilidad, para que la lluvia regase sus cultivos. Unos cultivos que, en el gran legado de los incas, proporcionaban alimentos para mil personas. El verde, además de esperanza, es vida.

Como lugar sagrado que fue, los templos a los dioses son la construcción predominante. Se cuentan hasta cinco. El del sol, el de la luna, el del cóndor, el de las tres ventanas y el templo principal. Cada uno guarda su por qué y sus misterios. Si en el del cóndor uno puede imaginar al “mensajero de los dioses” con tan solo tomar un poco de distancia, el templo de las tres ventanas alude probablemente al número sagrado de los incas y muestra el más fatigoso de los puzzles: los bordes de las piedras, cortadas con herramientas de piedra o bronce, se pulían hasta que encajaban a la perfección. A lo largo, tres respiros, para que la estancia se llene de luz durante el solsticio de invierno. A pocos metros, se encuentra el templo principal. No es distancia, pero se tarda en recorrerla. A cada paso, el esfuerzo de memorizar aquello que los ojos disfrutan. El espacio en el que adorar a Wiracocha posee una estructura wayrana: cuenta con solo tres paredes, construidas con bloques rectangulares de piedra que, en algunos casos, pesan decenas de toneladas. Eso es Machu Picchu. Unas construcciones imposibles, para las herramientas que poseían, en un entorno que cobra vida propia: 2.350 metros de altura. De vértigo. Con una vista al valle de Urubamba en la que, repentinamente, el verde no es verde, sino gris. Hay que admirarlo como parte del encanto. Las montañas vecinas desaparecen: solo queda la ciudad perdida. Un lugar de culto, de acariciar las estrellas; o de residencia de Pachacútec, el noveno inca. Quién sabe. Queda mucho por descubrir.

Pero, en Perú no es todo verde.

Es azul. Como el Pacífico, que de pacífico no tiene nada y se llena de surferos; o como el lago Titicaca, que comparten con Bolivia y en el que las truchas tienen un sabor especial. Es marrón. Como el desierto de la costa sur, en el que se encuentra la Reserva Nacional de Paracas. O gris. Como el Altiplano. Como su punto más alto, La Raya, donde llamas y alpacas logran sobrevivir. Tiene mérito. Cerca de los 4.000 metros de altura nada queda del verde de la Reserva Amazónica. El arcoíris se hace pequeño para un país en el que abundan los contrastes. En el que es difícil, muy difícil, escoger qué visitar.

Comencemos por donde se debe. Por el principio: Lima, el bullicio del Pacífico.