Cuba: Prohibido tener prisa

Cuba se mueve a otro ritmo. Sin prisas. Sin agobios. Nadie llega tarde porque a nadie se le espera. Al menos, a una hora concreta. Aparecen cuando están preparados para hacerlo, como si cada movimiento implicase poner en marcha un complejo engranaje. Pero, es solo otra forma de mirar el reloj. O de no mirarlo. De apartar todo aquello que suene a cronómetro en marcha y se atragante. Ya se le atragantará a quienes quieran contagiar sus prisas: es su isla. La que liberar de colonialistas españoles. La que sobrevive al bloqueo. Quizás, solo quizás, es su historia la que alimentó ese sosiego que escasea en otros lugares del mundo. Una forma de sobrevivir.

Pero, vamos a lo que vamos. Reconduzcamos la historia. La puerta de embarque aparece y desaparece. Es una, después otra, luego ninguna. Los paneles de aviso son, en realidad, tablas del gimnasio: corra un poquito por aquí y luego para allá. Como pesas, las maletas; como obstáculos, todas esas personas a las que no les cambian de puerta y hora cada dos minutos. No tienen que entrenar la paciencia, no parten para Cuba. Calma, finalmente, son solo dos horas de retraso, y ¡empiezan las vacaciones!

Para que la experiencia fuese completa (y ahorrarnos algunos euros) apostamos por volar en Cubana de Aviación, que en realidad paga a Plus Ultra para que opere el vuelo. Pero, ya se sabe, quien paga manda, y las pantallas para películas están desconectadas. Inexistentes. No pasa nada, ¡empiezan las vacaciones! Inician, además, regalándote una parada: Santiago de Cuba. Es esta escala, y no las pantallas, la que ayudan a bajar el precio. Está todo previsto: bajan unos, suben otros, y el avión emprende su vuelo de este a oeste de la isla.

Algo falla. Se apagan los motores, sube la temperatura, y las puertas ya abiertas se convierten en el rincón donde hacerse un hueco entre la multitud. Es de noche, y en el exterior corre una brisa caribeña que te devuelve a la vida: un médico recomienda a la tripulación que bajen a los pasajeros. Ha desaparecido una pieza de la pista, y la parada en la sala de espera va para largo. Primer contacto. “Relájense, todo está bien, si no salen hoy, saldrán mañana”. No hay mucho que hacer y contemplar el habitáculo se convierte en un buen entretenimiento. Hay dos tipos de pasajeros: los turistas y los que vuelven a casa. Son estos últimos quienes se acomodan en los asientos, sonríen y no pierden fuerzas en protestas. Quieres hacer lo mismo, total no hay nada que esté en tus manos, pero no puedes. Al menos, lo de relajarte. El vuelo ha sido largo y mañana suena demasiado lejos.

Finalmente, el avión calienta motores de nuevo y sale esa misma noche. Se te olvida todo el desorden y los retrasos. Estás en La Habana. Vas intuyendo su silueta mientras el taxi cambia de carril con frecuencia para sortear unos socavones que debe conocer a la perfección: apenas hay luz, pero, bajo la penumbra, la ciudad comienza a conquistarte. La decadencia en la que sigue envuelta no borra ese encanto que invita a perderse en los caminos que llevan desde la plaza Vieja hasta la de la Revolución. Pasa lo mismo que con esa forma de entender el tiempo. Aumenta el número de impulsos nerviosos que se transmiten entre neuronas. La paciencia se agota en cada casa de cambio de moneda. A la espera de cada plato. De cada autobús: de la Habana a Cayo Santamaría. De ahí a Trinidad… Compruebas el horario y el reloj seguro de que hay algún error. No lo hay. “No pasa nada, están de vacaciones”. Ya no hace falta autoconvencerse: es el encargado de comprobar los billetes quien te lo recuerda. Subes. Y se te olvida la espera. Es el propio país y esas mismas gentes quienes te compensan en cada parada.

Estás al otro lado del charco y recuerdas ese chiringuito gallego, que es cita obligatoria cada verano, y que avisa con un cartel de que es hora de relajarse: “Prohibido tener prisa”. Obedeces. Subes de ese paraíso que son las playas de Nerga y Barra para disfrutar de una de las mejores vistas del mundo y esperas lo que haga falta por un bocadillo de atún con tomate. En Cuba pasa lo mismo: te roba tiempo en cada paso, pero te regala una experiencia inolvidable.

Perú: Machu Picchu y sus templos

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Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Cuando uno piensa en Perú, lo primero que asoma a la mente es Machu Picchu. La montaña vieja. La ciudad perdida de los incas. Una de las siete maravillas del mundo. Ya lo adelanta Germán mientras descifra los misterios de su gran puerta de entrada, el Valle Sagrado, y observa como otros observan con los ojos desorbitados: “Falta la guinda del pastel”. No yerra. La más grata compañía de esa expresión es la boca bien abierta. Machu Picchu lo consigue: la cara se armoniza. Y uno recuerda a Lorca. Ese verde, que se columpia entre el amarillo y el azul, y simboliza la esperanza. La esperanza que los incas depositaban en Wiracocha, el dios creador; o en la Pacha Mama, patrona de la fertilidad, para que la lluvia regase sus cultivos. Unos cultivos que, en el gran legado de los incas, proporcionaban alimentos para mil personas. El verde, además de esperanza, es vida.

Como lugar sagrado que fue, los templos a los dioses son la construcción predominante. Se cuentan hasta cinco. El del sol, el de la luna, el del cóndor, el de las tres ventanas y el templo principal. Cada uno guarda su por qué y sus misterios. Si en el del cóndor uno puede imaginar al “mensajero de los dioses” con tan solo tomar un poco de distancia, el templo de las tres ventanas alude probablemente al número sagrado de los incas y muestra el más fatigoso de los puzzles: los bordes de las piedras, cortadas con herramientas de piedra o bronce, se pulían hasta que encajaban a la perfección. A lo largo, tres respiros, para que la estancia se llene de luz durante el solsticio de invierno. A pocos metros, se encuentra el templo principal. No es distancia, pero se tarda en recorrerla. A cada paso, el esfuerzo de memorizar aquello que los ojos disfrutan. El espacio en el que adorar a Wiracocha posee una estructura wayrana: cuenta con solo tres paredes, construidas con bloques rectangulares de piedra que, en algunos casos, pesan decenas de toneladas. Eso es Machu Picchu. Unas construcciones imposibles, para las herramientas que poseían, en un entorno que cobra vida propia: 2.350 metros de altura. De vértigo. Con una vista al valle de Urubamba en la que, repentinamente, el verde no es verde, sino gris. Hay que admirarlo como parte del encanto. Las montañas vecinas desaparecen: solo queda la ciudad perdida. Un lugar de culto, de acariciar las estrellas; o de residencia de Pachacútec, el noveno inca. Quién sabe. Queda mucho por descubrir.

Pero, en Perú no es todo verde.

Es azul. Como el Pacífico, que de pacífico no tiene nada y se llena de surferos; o como el lago Titicaca, que comparten con Bolivia y en el que las truchas tienen un sabor especial. Es marrón. Como el desierto de la costa sur, en el que se encuentra la Reserva Nacional de Paracas. O gris. Como el Altiplano. Como su punto más alto, La Raya, donde llamas y alpacas logran sobrevivir. Tiene mérito. Cerca de los 4.000 metros de altura nada queda del verde de la Reserva Amazónica. El arcoíris se hace pequeño para un país en el que abundan los contrastes. En el que es difícil, muy difícil, escoger qué visitar.

Comencemos por donde se debe. Por el principio: Lima, el bullicio del Pacífico.