Gracias mamá!

Madre e hija

No es ninguna novedad pero, lo confieso, soy miedicas. Paso doble llave a la puerta cada vez que entro en casa, aunque sea solo para cambiarme, y evito volver sola por la noche. Y, cuando lo hago, agarro tan fuerte el teléfono que le concedo una capacidad protectora que le queda grande. Lleve paraguas, carpeta o, incluso, un ordenador bajo el brazo, esa llamada no falla: al otro lado de la línea, mi madre.

En una reciente comida con una amiga con la que, además de ausencia de horarios, comparto temores, concluimos que, cuando la jornada de trabajo se extiende y decidimos que no podemos gastarnos lo ganado en un taxi, hacemos la misma llamada porque no hay otra posible. Esa generosidad de las madres, ese tú primero y ya veremos que pasa con mis horas de sueño, es casi una ilusión. Y es que hay mil formas de coger el teléfono, pero todas implican sacrificio: trabajos a medias o dobles trabajos, carreras a la cocina cuando ellas engullirían cualquier cosa, el libro infantil en lugar del de adultos, Disney sin París… Cambian las formas pero el gesto es el mismo. La frase de un antiguo compañero de trabajo se vuelve enorme: “El día que pierdes a tu madre, pierdes doble. A la ausencia de un ser querido, se le suma ese miedo egoísta de saber que no volverás a tener un apoyo incondicional”.

El tiempo pasa. De las caídas va uno intentando levantarse solo. Solo, y en silencio,  que sin un círculo alrededor parece que se yergue uno con más soltura. Ellas pueden empezar a conjugar el verbo priorizar de forma diferente, pero siguen ahí para cuando las necesitas. Y no hay nada que valga más que las manos que se extienden cuando la escalada se inicia en solitario: todos, en algún momento, necesitamos a alguien.

Este es, para las dos patas de este blog, un fin de semana de celebración. Por partida doble. Distintos años, pero mismo mes, mismo día. Hablamos de madres porque las nuestras cumplen años y hay una palabra tan o más apropiada que felicidades: gracias, muchas gracias por tanto.

Cuba: Prohibido tener prisa

Cuba se mueve a otro ritmo. Sin prisas. Sin agobios. Nadie llega tarde porque a nadie se le espera. Al menos, a una hora concreta. Aparecen cuando están preparados para hacerlo, como si cada movimiento implicase poner en marcha un complejo engranaje. Pero, es solo otra forma de mirar el reloj. O de no mirarlo. De apartar todo aquello que suene a cronómetro en marcha y se atragante. Ya se le atragantará a quienes quieran contagiar sus prisas: es su isla. La que liberar de colonialistas españoles. La que sobrevive al bloqueo. Quizás, solo quizás, es su historia la que alimentó ese sosiego que escasea en otros lugares del mundo. Una forma de sobrevivir.

Pero, vamos a lo que vamos. Reconduzcamos la historia. La puerta de embarque aparece y desaparece. Es una, después otra, luego ninguna. Los paneles de aviso son, en realidad, tablas del gimnasio: corra un poquito por aquí y luego para allá. Como pesas, las maletas; como obstáculos, todas esas personas a las que no les cambian de puerta y hora cada dos minutos. No tienen que entrenar la paciencia, no parten para Cuba. Calma, finalmente, son solo dos horas de retraso, y ¡empiezan las vacaciones!

Para que la experiencia fuese completa (y ahorrarnos algunos euros) apostamos por volar en Cubana de Aviación, que en realidad paga a Plus Ultra para que opere el vuelo. Pero, ya se sabe, quien paga manda, y las pantallas para películas están desconectadas. Inexistentes. No pasa nada, ¡empiezan las vacaciones! Inician, además, regalándote una parada: Santiago de Cuba. Es esta escala, y no las pantallas, la que ayudan a bajar el precio. Está todo previsto: bajan unos, suben otros, y el avión emprende su vuelo de este a oeste de la isla.

Algo falla. Se apagan los motores, sube la temperatura, y las puertas ya abiertas se convierten en el rincón donde hacerse un hueco entre la multitud. Es de noche, y en el exterior corre una brisa caribeña que te devuelve a la vida: un médico recomienda a la tripulación que bajen a los pasajeros. Ha desaparecido una pieza de la pista, y la parada en la sala de espera va para largo. Primer contacto. “Relájense, todo está bien, si no salen hoy, saldrán mañana”. No hay mucho que hacer y contemplar el habitáculo se convierte en un buen entretenimiento. Hay dos tipos de pasajeros: los turistas y los que vuelven a casa. Son estos últimos quienes se acomodan en los asientos, sonríen y no pierden fuerzas en protestas. Quieres hacer lo mismo, total no hay nada que esté en tus manos, pero no puedes. Al menos, lo de relajarte. El vuelo ha sido largo y mañana suena demasiado lejos.

Finalmente, el avión calienta motores de nuevo y sale esa misma noche. Se te olvida todo el desorden y los retrasos. Estás en La Habana. Vas intuyendo su silueta mientras el taxi cambia de carril con frecuencia para sortear unos socavones que debe conocer a la perfección: apenas hay luz, pero, bajo la penumbra, la ciudad comienza a conquistarte. La decadencia en la que sigue envuelta no borra ese encanto que invita a perderse en los caminos que llevan desde la plaza Vieja hasta la de la Revolución. Pasa lo mismo que con esa forma de entender el tiempo. Aumenta el número de impulsos nerviosos que se transmiten entre neuronas. La paciencia se agota en cada casa de cambio de moneda. A la espera de cada plato. De cada autobús: de la Habana a Cayo Santamaría. De ahí a Trinidad… Compruebas el horario y el reloj seguro de que hay algún error. No lo hay. “No pasa nada, están de vacaciones”. Ya no hace falta autoconvencerse: es el encargado de comprobar los billetes quien te lo recuerda. Subes. Y se te olvida la espera. Es el propio país y esas mismas gentes quienes te compensan en cada parada.

Estás al otro lado del charco y recuerdas ese chiringuito gallego, que es cita obligatoria cada verano, y que avisa con un cartel de que es hora de relajarse: “Prohibido tener prisa”. Obedeces. Subes de ese paraíso que son las playas de Nerga y Barra para disfrutar de una de las mejores vistas del mundo y esperas lo que haga falta por un bocadillo de atún con tomate. En Cuba pasa lo mismo: te roba tiempo en cada paso, pero te regala una experiencia inolvidable.