Vandalismo

Catedral de Santiago
Catedral de Santiago / Turgalicia

El pasado fin de semana hicimos una escapada fugaz a Valladolid. Una de las visitas la bautizaron unos amigos como la de la no catedral. A pesar de que solo se construyó hasta el crucero y le falta una torre, la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Valladolid es imponente. Uno se la queda mirando como se mira todo lo que no se tiene al lado de casa. Cuanto más lejano, más exótico, a lo próximo se acostumbra la mirada. Pensé en eso el fin de semana como ya lo había pensado visitando el Duomo de Milán. Muy posiblemente tenga más fotografías en la catedral de la capital italiana que en la gallega, quien sabe si volveré, pero cada vez que paso por la plaza del Obradoiro veo como sobrevuelan los flashes y termino levantando la cabeza para admirar el gigante hacia el que peregrinan personas de todo el mundo.

Esta imagen grandiosa se interrumpió hoy. Las personas que atravesaron temprano el casco antiguo compostelano se encontraron con unas pintadas absurdas que buscaban disfrazarse de protesta. La más llamativa de todas, por su ubicación, “yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño” convertía la fachada que esconde la escalinata de la catedral en el folio en blanco de quien no tiene nada relevante que decir.

En la comunicación es tan importante el mensaje como el canal, y la elección del patrimonio de todos para lanzar consignas solo demuestra que la información que se está enviando es lo de menos. No existen diferencias entre escribir “gritaremos hasta quedarnos sin Vox” y pintarrajear una de las figuras de la fachada de las Platerías, como ocurrió el pasado agosto. No se puede ver otra cosa que vandalismo, que un desprecio hacia el legado y la economía de todos. No hace falta disfrazarlo.

El valor de la prudencia

dia19-portada

Hay conversaciones que retomamos cada cierto tiempo para darles nuevos matices. Debates que la actualidad sirve en bandeja para acompañar la sobremesa y redescubrir que hay tantos puntos de vista como versiones. El problema, como dice una buena compañera, es de dónde salen. Otra periodista a la que admiro, cada vez que se abre una encrucijada, tiende el mejor de los consejos: es preferible quedarse un paso por detrás que uno por delante si corres el riesgo de pillarte los dedos. El tema recurrente no es otro que la prudencia. Como informador, sí, pero también como personas dispuestas a emitir juicios de valor.

La noticia que vuelve a traer a mi cabeza la controversia que genera la prudencia es el fallecimiento de una niña de casi dos años en el interior de un coche después de que su padre olvidase haberla dejado allí. Un terrible descuido, según apuntan por el momento las pesquisas policiales, seguro que mucho mejor informadas que esta que escribe o cualquiera de las personas que apenas leyeron los titulares para ponerle mil etiquetas al padre en las redes sociales: olvidando que cuando nos apresuramos a juzgar tendemos a errar. Cualquier coincidencia posterior acostumbra a ser casualidad.

La prudencia es, en el cristianismo, una de las cuatro virtudes cardinales, de las cuales derivan todas las demás. Es moderación al actuar o al hablar. No se trata de omitir una opinión, bendita libertad de expresión, sino de ejercerla con conocimiento y mesura: evaluando las consecuencias de los mensajes que, como en este caso, van dirigidos a personas concretas, que nos lo parezca o no, pueden estar sufriendo una auténtica tragedia. Leídos múltiples comentarios lo veo claro. Hay veces que no basta con quedarse un paso por detrás: qué bueno puede llegar a ser el silencio si uno no está dispuesto a profundizar en lo que juzga.

La cloaca máxima del Estado

__4E2pNb6B_6M2d5yJKlLQqR3t16uAP8kOrhUnvET502

Hay tanto que ver en Roma, que la Cloaca Máxima, una de las más antiguas redes de alcantarillado del mundo, puede pasar desapercibida. Pero, cuando el visitante se encuentra con alguno de los tramos que todavía se mantienen en pie despierta la curiosidad por esa construcción que fecha del año 600 a.C. y conducía los desechos de los baños públicos a través de sus múltiples bifurcaciones. Con las cloacas del Estado pasa lo mismo. Están ahí, desde tiempo inmemorial, pero hasta que el foco recae sobre ellas pasan desapercibidas para el ciudadano, que va de aquí para allá, olvidando que en lugar de bajo sus pies, se encuentran sobre su cabeza, en lo más alto del sistema.

Hay veces que, sin embargo, las luces se dirigen a las sombras. Ráfagas dispares apuntan hacia donde dictan los intereses del alumbrante y muestran un mundo del que solo queda claro que, para crecer, en el sentido más ambicioso de la palabra y el único para algunos, hay que tirarse al lodo. Bucear en él.

La sucesión de revelaciones que se acumulan durante los últimos días en montañas licenciosas, de las que los afectados desconocen como descender, ofrece una incógnita difícil de resolver: dónde situamos la decencia. Un hilo une las cloacas desde las que emerge el comisario Villarejo con el show que alimenta la clase política, mucho más centrada en hacer campaña con cada mensaje que transciende que en debatir sobre la revisión del sistema educativo o el problema demográfico. La protagonista es ahora la moral. Se busca que los valores lo impregnen todo, desde conversaciones privadas hasta maniobras fiscales, y dejan el listón demasiado alto para un mundo en el que se juega cerca del lodo.

Hay lupas que muy pocas personas soportarían sin ruborizarse. Por ello resulta llamativo que los partidos y sus responsables hagan política con la decencia y acepten vivir a golpe de escándalo, como si pensaran que, en realidad,  no hay nada de lo que escandalizarse. Pero, en un mundo repleto de líneas, uno debería saber cuando ha cruzado de la calle a la cloaca: hay veces que lo más peligroso de una conversación es el interlocutor y el contexto en el que se tiene.

Por acumulación, la gran red de alcantarillado de Roma requería de limpiezas frecuentes. Quizás se deberían seguir los mismos pasos para poder hablar unos y otros de moral con dignidad y abrir el abanico de cuestiones a tratar sin un constante paréntesis que no hace otra cosa que desprestigiar el servicio público.

La deuda de los cien millones

Hucha ahorros cerdito

Fue el pasado viernes. Una amiga, en horario laboral, me escribió un whatsapp para charlar un rato y matar el tiempo muerto. Unas horas después quería todo lo contrario: detenerlo. No podía avanzar en sus tareas hasta recibir la documentación que había solicitado por email y que llegó unos minutos antes de que el reloj marcase la hora en que el día le comenzaba a pertenecer. Era urgente. Esa cualidad que se aferra a una fecha límite para trastocar las prioridades. “Pasamos de cero a mil”, dijo. Me quedé con la respuesta en la boca.

Desconozco cuáles son los plazos en los que se mueve mi amiga porque no volví a tener noticias de ella. O continúa trabajando o el fin de semana le está resultando entretenido. Más le vale que lo primero. Sí sé, en cambio, que el Parlamento español debería haber aprobado la ley hipotecaria antes del 21 de marzo de 2016. Digo debería porque, bien avanzado 2018, el proyecto ley aprobado en Consejo de Ministros en tiempos de Mariano Rajoy todavía tiene que pasearse por el Congreso y el Senado y superar todos los trámites correspondientes. No es que se atascase, para eso primero hay que empezar a moverse: ese paso inicial se produjo en noviembre de 2017, unos meses después de que la Comisión Europea pidiese al Tribunal de Justicia de la UE que impusiera a España una multa de 105.991 euros por cada día de retraso. Y, son muchos días.

Si echamos la vista atrás, a cuando debería haberse aprobado la norma que establezca las reglas que regirán la contratación de hipotecas en los próximos años, nos encontramos un camino convulso. Un Gobierno en funciones. La moción de censura, con un nuevo inquilino en La Moncloa. Cataluña. Una travesía llena de trabas, como la vida misma, a la que hay que sumarle la paja en el ojo ajeno, esa misma que ahora tiene forma de másteres y tesis y no da tregua, y que sin dejar de ser importante no permite ver lo urgente.

Desconozco la penalización a la que se enfrenta mi amiga. Mientras escribo, continúo sin tener noticias de ella. Pero, si el tribunal termina por condenar a España con efecto desde el incumplimiento la cifra a desembolsar alcanzaría ya los cien millones de euros. Puede parecerlo todo para mí y nada para papá Estado, pero es casi una cuarta parte de lo que se invertirá este año en acceso a la vivienda y fomento de la edificación en esos presupuestos que también costó echar a andar. Pactar, ¡qué gran dificultad! Hay otras quince directivas comunitarias pendientes y que se suman a una ley que, en su espíritu, busca aumentar la transparencia y la seguridad jurídica de los consumidores y de las entidades para evitar que se produzcan abusos como los de las cláusulas suelo.

Parece que, además de urgente, también es importante. Pero, el tiempo no se detiene para nadie: es hora de pasar de cero a mil.

Admirable rescate en Tailandia

Rescate Tailandia

De las muchas conductas sociales que me parecen dignas de estudio, hay una que siempre me recuerda a mi ahijada de trece años: la admiración. La que Aristóteles vinculaba directamente con la filosofía: si no hubiese asombro por el mundo que nos rodea, por lo inesperado, tampoco existiría esa necesidad de dar respuesta a los interrogantes y establecer los principios que orientan el conocimiento de la realidad y del sentido del obrar humano. Y esa otra admiración que se traduce como estima, generalmente hacia un desconocido al que tildamos de extraordinario.

Esa admiración por el prójimo que no acostumbro a sentir yo, con alguna excepción, la vive ella. La envidio por ello. No admirar es como no enamorarse: es convertir al otro en humano antes de tiempo por temor a que termine defraudándote. Las expectativas no cumplidas son vistas como  frustraciones. Tengo un amigo que se quedó sin ídolo al conocerlo y, desde entonces, dice que su música ya no suena igual. Sobra decir que no es cierto, que es tan poco objetivo como lo era antes.

Todo esto de la admiración me vino a la cabeza hace unos días, cuando el equipo formado por los mejores buzos en cueva tailandeses y de buena parte del mundo logró rescatar a los doce niños del equipo de fútbol Jabalíes Salvajes y a su entrenador en la cueva Tham Luang. Lo hicieron contra todo pronóstico y después de dieciocho días claustrofóbicos: cómo contener el pánico, para ahorrar energías, resulta un interrogante difícil de responder. Se trata de sobrevivir cuando el control de tu vida se te escapa de las manos. Solo ahora saben que quedaron en las mejores.

Falta de luz. Desniveles. Inundaciones. Y un pasadizo angosto, en forma de U, que se convirtió en el obstáculo principal. El equipo de rescate  puso su vida a disposición de la de los menores. Saman Gunan no la recuperó. Cinco días después de que se quedase sin aire, los niños salieron, sedados: su extracción se hizo por grupos y llevó tres días. Pero, los buzos habían empezado a recorrer los cuatro kilómetros que los separaban del exterior con anterioridad para preparar el operativo. Ya, entonces, el foco se posó sobre un sector que tiende a pasar desapercibido. En una brigada que resultó ser extraordinaria. Digna de admirar, incluso antes de alcanzar su objetivo.