Vidas enjauladas

Estatua de la Libertad entre rejas

La imagen no puede ser más gráfica. Una fila de barrotes. ¿Detrás de ellos? El sueño de unos y el miedo de otros.

El día que Mario preguntó a su padre qué era la libertad, éste le describió un lugar que le pareció sacado de otro planeta. Estaba repleto de rascacielos, oportunidades y, lo mejor de todo, solo unos kilómetros hacia el norte. Soñó con ese paraje con la misma ingenuidad que los niños del paraíso deseado lo hacían con una nave espacial y pisar Marte. La única diferencia era la promesa de que él lo alcanzaría: partirían hacia allí, a un lugar mejor, que es lo que cualquier padre quiere para sus hijos. Ambos habían comprado el sueño. Es difícil atinar quien lo ansiaba más.

No había dudas en el plan. Empezarían de cero. Juntos. Al fin y al cabo los sueños están para cumplirse.

El camino fue largo. Comenzó antes de partir: ahorrar para combustible y prepararlo todo para no volver, que fue mucho más difícil de lo que podía parecer en un inicio. Solo entonces se dieron cuenta de que se iban porque no les quedaba más remedio. El resto del mundo, su mundo, seguiría allí, en un lugar que podría tenerlo todo para quedarse. En el que les recibió se encontraron con un problema conocido: una sociedad repleta de instituciones incapaces de gestionar los problemas que contribuyen a formar.

El resto de la historia seguro que la saben. Y es que, al menos, escandaliza. Los barrotes separaron a miles de Marios de sus padres y de ese sueño. A unos metros de las jaulas, la incoherencia: esa estatua que alza su antorcha al cielo y exhibe una cadena rota a sus pies.

Papá, ayúdame a entender.

Nueva York en perspectiva

Coges aire, comienza la subida. Sin carrerilla, solo un brinco, los pies se elevan del suelo y todo empieza a pesar menos. Abres bien los ojos, para no volver a cerrarlos: hay veces que parpadear se vuelve innecesario. Solo ha pasado un minuto y todo está empezando a cambiar. O no. Todo sigue igual, todo menos tú.

Lo que era una inmensidad ya no lo es. Se afloja el cuello, dejas de mirar hacia arriba para hacerlo en perspectiva. Los rompecabezas se empequeñecen como esos rascacielos que, en realidad, no rascan nada. Dejan de ser enormes si uno se asoma sobre ellos desde donde deben contemplarse. No es huir, se llama marcar distancia. Hay que subir en su justa medida: lo suficientemente lejos de las olas como para no mojar las alas, pero sin acariciar sol. Algo hemos aprendido de Ícaro. Escapar no funciona, el objetivo es volver, con la cabeza despejada y la melena al viento.

Libertad, dicen que se llama. Tan anhelada y difícil de alcanzar. Ocho años de búsqueda que en, realidad, son toda una vida, aunque se haya firmado el Tratado de París. Un sondeo infinito que te regala momentos como este. Va a ser cierto eso de que volar te hace libre. Libre para encender esa antorcha que se apaga o para dejarla ir y cambiarla por un candil. Hubo que alejarse para tenerla cerca, es el momento de volver. Los ojos bien abiertos. Si no lo habías hecho ya, es hora de disfrutar del viaje, de dejarse llevar y obviar el traqueteo. De mirar de frente a los gigantes de hormigón mientras los pies vuelven a tocar tierra firme.