Sonrisas de Instagram

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Viajar a Marte

o al cuarto de la plancha.

Pero contigo.

Los versos no eran suyos, sino de Luís Alberto de Cuenca, pero no importaba. Propios o ajenos, sonaban igual de bien al otro lado de la pantalla. Tampoco estaban en el cuarto de la plancha, pero seguro que la habitación del hotel en el que se alojaban, allá en el otro lado del mundo, su mundo, tenía uno con el que lucir camisas impecables. A juego con sus sonrisas.

Ver vidas ajenas es, a veces, desolador. Uno tiende a comparar, a buscar relaciones de semejanza pero solo encuentra diferencias. Se confrontan victorias con derrotas, sin definir que son las unas o las otras. La elección de los elementos a hostigar puede impregnar la balanza de irrealidad.

Me mostraron la fotografía feliz y después los versos. Con el calor que hacía, mis ojos se fueron directamente hacia la piscina. Tenía vistas al horizonte, a esa fina línea en la que el mar acaricia el cielo y regala una combinación de azules que invita a contemplar el agua de cerca. Y a meter en ella los pies. Es solo en la orilla, con la proximidad que concede, cuando torna transparente. Nuestros ojos perciben la luz en función de cómo la absorben los cuerpos que miramos de la misma forma que ese ente infinito que es Internet difumina realidades.

Es disparatado resumir una vida en tres versos.

La cloaca máxima del Estado

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Hay tanto que ver en Roma, que la Cloaca Máxima, una de las más antiguas redes de alcantarillado del mundo, puede pasar desapercibida. Pero, cuando el visitante se encuentra con alguno de los tramos que todavía se mantienen en pie despierta la curiosidad por esa construcción que fecha del año 600 a.C. y conducía los desechos de los baños públicos a través de sus múltiples bifurcaciones. Con las cloacas del Estado pasa lo mismo. Están ahí, desde tiempo inmemorial, pero hasta que el foco recae sobre ellas pasan desapercibidas para el ciudadano, que va de aquí para allá, olvidando que en lugar de bajo sus pies, se encuentran sobre su cabeza, en lo más alto del sistema.

Hay veces que, sin embargo, las luces se dirigen a las sombras. Ráfagas dispares apuntan hacia donde dictan los intereses del alumbrante y muestran un mundo del que solo queda claro que, para crecer, en el sentido más ambicioso de la palabra y el único para algunos, hay que tirarse al lodo. Bucear en él.

La sucesión de revelaciones que se acumulan durante los últimos días en montañas licenciosas, de las que los afectados desconocen como descender, ofrece una incógnita difícil de resolver: dónde situamos la decencia. Un hilo une las cloacas desde las que emerge el comisario Villarejo con el show que alimenta la clase política, mucho más centrada en hacer campaña con cada mensaje que transciende que en debatir sobre la revisión del sistema educativo o el problema demográfico. La protagonista es ahora la moral. Se busca que los valores lo impregnen todo, desde conversaciones privadas hasta maniobras fiscales, y dejan el listón demasiado alto para un mundo en el que se juega cerca del lodo.

Hay lupas que muy pocas personas soportarían sin ruborizarse. Por ello resulta llamativo que los partidos y sus responsables hagan política con la decencia y acepten vivir a golpe de escándalo, como si pensaran que, en realidad,  no hay nada de lo que escandalizarse. Pero, en un mundo repleto de líneas, uno debería saber cuando ha cruzado de la calle a la cloaca: hay veces que lo más peligroso de una conversación es el interlocutor y el contexto en el que se tiene.

Por acumulación, la gran red de alcantarillado de Roma requería de limpiezas frecuentes. Quizás se deberían seguir los mismos pasos para poder hablar unos y otros de moral con dignidad y abrir el abanico de cuestiones a tratar sin un constante paréntesis que no hace otra cosa que desprestigiar el servicio público.

Mentirijillas

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Juana no puede ser de este mundo. Del mismo que el mío. Apenas transcurren unos minutos de las ocho de la mañana y el aroma a vainilla se evapora entre el aseo y la puerta de salida. Su lado de la cama, el izquierdo, elección consensuada para que nuestros cuerpos recuperen la posición fetal hacia el mismo costado y ganar espacio, está hecho. Puedo leer mis iniciales en el revés de las sabanas. Y yo sin desvelarme. Sigo sin comprender como lo hace.

Es domingo por la mañana, y darse prisa carece de toda lógica. La población al completo ha abandonado el planeta. No sé el de Juana. Me pongo al día con mis compañeros. Poco nuevo hay desde ayer, la radio no tarda en convertirse en la mejor compañía. Las noticias del día, con muchos sucesos estrambóticos, primero, música, después. No te doy ni la hora suena a todas horas. Ya la tarareo, sin darme cuenta, Uh na na, uh na na. Incluso la silbo. Hasta agradecí la petición: “¿Puede bajar el volumen?, Tengo que realizar una llamada”. Hay vida en la Tierra.

El viaje bien (…) Sí, sí, traigo todo conmigo. Marta me recogió en la estación y ahora estamos en un taxi”. Miro por el retrovisor, dos manos se entrelazan vergonzosas y juegan a leerse las rayas de la vida. Quien dio la dirección en la que pasar de las manos a los labios fue un varón. Mantengo la música al mínimo. Entre susurros, el día torna divertido, y eso que no daba nada por él. Pensarán que soy un entrometido, pero el aburrimiento mata. Lo dicen sus orígenes. Del latín abhorrere: ab (sin), horrere (horror). ¿Tiene sentido nuestra existencia sin nada que temer?

Pagaron. Esperaron por el céntimo de vuelta y se fueron sin despedirse. Estaban ensimismados el uno con el otro. Era como si su vida hubiera transcurrido entre domingos por la mañana y por fin se hubieran encontrado con otro ser de la misma especie. Vuelta a la soledad. La ciudad parece mucho más pequeña de lo habitual. Se respira tranquilidad. Se respira, sin añadidos. Lejos de bocinazos, tubos de escape, peatones cruzando en rojo y coches abalanzándose sobre los pasos de cebra bastan minutos para atravesarla.

Las 13.00 horas. La voz de Michael Robinson se entremezcla con la de un cuarentón que, antes de ponerse el cinturón, ya tiene abierto el maletín que le acompaña y del que va sacando los papeles que no tardan en invadir los asientos traseros. La ojeada, en esta ocasión, era para ver si el nuevo ocupante se prestaba a tener conversación. Habla, mucho, pero no conmigo. No hace falta que lo pida, apago a mi buena amiga: “Voy de camino, encarga algo para comer, el tiempo se nos echa encima”. Nuevo telefonazo. Sin duda, va dirigido para otra persona, a unas de esas a las que hay que agradar. De las que las cosas las piden para ayer. Dejó de tutear. “Insisto, no hay nada de lo que deba preocuparse, ya está todo listo. Mañana lo comentamos”. Vuelvo a mirar, está absorto en los papeles. Una faena. Concluirá la mañana sin comentar el debut de Cristiano en la liga italiana.

Una mañana, dos carreras, de poco recorrido. Paro en el ultramarinos que está a dos calles de mi vivienda. Crece constantemente: no sé si es buena señal o todo lo contrario. Me temo que lo segundo. En las cinco estanterías que atraviesan de arriba a bajo las paredes pueden verse cada vez más productos apelotonados. De tanto diversificar, apenas hay espacio para el pan. Justo al lado de los molletes veo la colonia que tanto tiempo le llevo regalando a Juana. La cambiaron de sitio. Espero a que la dependienta termine de atender a una clienta que, este verano, de intenso calor, no debió exponerse al sol. Lamenta su color. “Para nada, para nada, tengo clientas que están mucho más blancas. Usted está fenomenal, pero estos polvos le darán un toque de luminosidad, seguro que queda encantada”. Mi turno. Entro en casa con dos paquetes bajo el brazo.

Juana ya ha llegado, pero no percibe mi presencia. Va de aquí para allá. Una mano en la cocina, otra para terminar de poner la mesa en el salón y una tercera para recoger la ropa de la lavadora. Me dispongo a prestarle una cuarta. Sonríe. Y hace la pregunta. Se preocupa por mi jornada. “La mañana bien, hubo movimiento, mereció la pena madrugar”. Es domingo. Día de descanso, de dar tregua a la cabeza, de tener la fiesta en paz. La colonia no puede parecerme más oportuna. “Ooohh vainilla, me encanta, gracias”.