Carta a la soledad

Abuela y nieto

No llamó

No llamé

No hablamos

A simple vista la ecuación parece fácil de resolver. Tanto, que hay una tendencia general a no dejarla como está. La repasamos, sacudimos y ponemos del revés, para terminar tirando de un hilo que nos lleva al pasado en busca de ese instante en el que todo dejó de ser lo que era para ser lo que es. Después, unos se culpan y otros culpan. Cuanto más fácil es, querida amiga, lo segundo. Temo culparle para liberarme.

No llamó

No llamé

No hablamos

No nos vimos

Pasa un domingo más y vuelvo a estar aquí, mirando el mundo por la ventana de una habitación que no siento propia. Es primavera y esas retamas que juntos convertíamos en plátanos diminutos, para tener algo que servir en aquella cocina de juguete que tanto me costó pagar, brillan como lo hacían entonces. Hace un día espléndido, es asombroso ver como a una se le pasa la vida sin que el mundo se inmute.

Observo mis manos, temblorosas, mientras escribo. Poco queda de aquellas que separaban pétalos, removían tierra y recolectaban ramas para fingir que era la pinche de un gran chef. De la cocina a la puerta. De ayudante a clienta. Siempre le dejaba unas monedas por el servicio recibido. Era lo único real. Su presente comenzó con aquellos juegos.

No llamó

No llamé

No hablamos

No nos vimos

No salí de la habitación

Lo estoy culpando. Solo nos quedaban los domingos. Desde que decidimos que la residencia era la mejor opción, las visitas se fueron acortando. La casa, el trabajo, los niños. ¿Malos motivos o buenas excusas? No lo sé, al principio lo entendía. Y esperaba ansiosa el fin de semana para dejar de recordar y vivir. Generar nuevas remembranzas con unos nietos a los que hay que enseñarles a querer a sus mayores. Crecen a una velocidad de vértigo y me lo estoy perdiendo. Quizá la responsable sea yo. Pienso el tiempo que pasamos con mis padres y siento no haberle remarcado lo importantes que eran.

Nuevo domingo

No me arreglo

Hice bien

No suena el teléfono

Empezó a llamarme antes de cada visita porque así se lo pedí. Cuando todavía eran frecuentes, acostumbraba a aparecer por sorpresa para salir a comer y pasear. Y ahí estaba yo, en la misma habitación que hoy, con el pelo sin moldear, las uñas sin pintar y el atuendo sin elegir. Aunque en un principio me arreglaba a diario, como cuando estaba en casa, pronto me contagié de la desgana generalizada del centro y  dejé mis mejores galas para los días de libertad. Ahora, ya ves, amiga mía, solo las pongo en los cumpleaños y Navidad. Cuánto daría por una de esas visitas inesperadas, aunque me cogiesen en pijama y con toda la ropa sin planchar. Te lo dice una maniática de las arrugas. Ay, estas manos, no son, sin duda, lo que eran.

La ecuación se complica. Cuántas más variables repaso, siento que en la incógnita se esconde él. Dejamos la cocina de Mattel para hacer todo tipo de repostería. Así pasábamos los domingos cuando tenía doce años. Era mañoso e innovador, pero nunca imaginé que terminaría planchándole las camisas con las que hablaría de gastronomía por medio mundo. Mi niño se convirtió en un hombre exitoso y trabajador, pero incapaz de ver que nuestros tiempos ahora discurren diferentes. Quizás no es él y es cosa de la humanidad. Veo por la ventana como unos corren y otros vuelan hasta que un día el reloj también se detiene para ellos.

Llamó

No cogí

Ya no estoy

Morriña

malecon-cuba.jpgÉl tamén estivo aquí, sí, pero diso xa hai moito tempo. Non veu polo mesmo motivo ca min, veu para buscarse a vida, a súa, e a dos que deixaba na terra. Pasaron máis de noventa anos. Daquela a viaxe era en barco e duraba un mes, hoxe apenas son dez horas de avión.

Acababa de cumprir vinte anos cando decidiu cruzar o Atlántico. Desembarcou en Cuba, un país rico por aquel entonces ao que moitos emigrantes chegaban na procura dunha desesperada oportunidade. Seguro que nos custa entender isto, dado que este país hoxe  xa non é tan rico. Iso se a riqueza se mide en términos económicos, porque se falamos de valores, teñen a esgalla.

Traballou nunha destilería de ron, e púxose morado de plátanos. Pero non todo o que relucía era ouro, pois os nenos cambiábanlle por pan, un acio desta froita tan sabrosa… Chamábanlle “Gringo”, normal sendo rubio e cuns ollazos azuis que non lle envexaban nadiña á cor das augas caribeñas. Seguro que rompeu moitos corazóns, pero a súa muller e os seus fillos estaban no Casal.

Estivo aquí sete anos seguidos, marchou un tempo ó seu fogar e voltou outros catro anos máis. En total once solsticios e outros tantos equinoccios neste rico país, que como dicía antes, ainda que hoxe non teña tal potencial económico, sí pode presumir de valores. Valores como os de Joel, Katia e Thomas, por nombrar a algúns dos seus paisanos. As voltas que da a vida, en menos dun século dúas maneiras ben distintas de estar nun mesmo lugar. Tiven a oportunidade de preguntar por él no Centro Galego en Cuba, pero non encontrei nada que mo puidese acercar.

Un dos culpables de que eu estea aquí hoxe foi él, sí, Piñeiro, o meu bisavó, que seguro pasou moitas tardes mirando ao horizonte e acordándose dos seus no emblemático Malecón da Habana. Iso é a morriña, unha mestura de sentimentos nos que converxen a tristeza, a melancolía e ese “botar de menos” á familia e á “terriña”. Pareceravos paradóxico que fale deste sentimento alguén que nunca emigrou, pero son galego e a morriña lévoa no sangue, e nestes momentos téñoa do meu bisavó.

Iván.