Palabras

Niños leyendo

Palabras. No se les da el valor que tienen. Perdón. Gracias. Te quiero. Lo cambian todo: la forma de sentirnos ante quien las desliza ante nosotros y ante un mundo que las relega a una posición que merma su función. Pueden ser esclarecedoras. Reconfortantes. Hacerte vibrar. Soñar. Deja de importar quien las encadena unas a otras cuando cambiamos del singular al plural. Son las palabras que son para todos, para quien quiera cogerlas y escucharlas o repasarlas con los dedos. Son un libro. Y también una canción. Non son nada y lo son todo.

Tenía la edad de Harry Potter cuando le conocí. Fue una gran obligación escolar: crecer con un mago siendo un muggle resultó fantástico. Ya antes me preguntaran si quería jugar al fútbol mientras corría de espaldas. La fascinación por Los Cinco, esa maravillosa creación de Enid Blynton, acabó con mi melena. Jorgina solo contestaba por Jorge. Fue la única vez que no puse límite al peluquero en una de esas visitas cobardes. La valentía se quedaba en los sótanos de cualquier casa que los tuviese: armarse de linternas y paciencia para buscar tesoros era parte de Los Cinco. No hubo palabras mejor hiladas o, al menos, que permanezcan con tanta nitidez, pero tuvieron buenas compañeras: Ámbar y sus aventuras, Manolito Gafotas, Molly Moon y su reloj para hipnotizar o esa apuesta de la editorial SM por convertirnos en navegantes del humor, del misterio o de la ciencia ficción en una colección que guarda títulos como “La ciudad de las estrellas”, que poco o nada tiene que ver con el musical del mismo nombre, pero que también caería al vacío si nadie quisiese jugar con las palabras.

“Deja a la niña que lea, que algo bueno saldrá de ahí”. Isabel Coixet, Premio Goya 2018 a la mejor dirección, subió al escenario y recordó la frase que su madre le decía a su padre en su niñez. Soñó y se entretuvo para hacer soñar y entretener. ¡Qué poderosa función!. Nos regalan ocio, información y discursos que cambian el rumbo de la historia. Las palabras nos vuelven humanos. Lo hacen desde que, siendo niños, nos encontramos con ellas. Algo más se les debería de reconocer.

Esos excelentísimos másteres

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Hace ya un mes que saltó la bomba y Cristina Cifuentes se convertía en el centro mediático. Se levantó una mañana y leyó en el periódico lo mismo que otras tantas personas pero con la diferencia de que ella no descubrió nada nuevo. Paradójicamente, parece que su sorpresa fue la mayor de todas. Hay para quien lo inesperado no son los hechos sino el escándalo: el número de casos que se fueron sumando al suyo demuestra que en política uno adorna su currículo con la misma naturalidad que compra plantas para su casa. Con cada título la cabeza más alta y la gente más lejos. Habrá quien quiera alcanzar los 46 de la Duquesa de Alba. Las élites, al igual que la energía, no desparecen, solo se transforman. Pero, hay algo que debe justificar que lo sean.

Tan grave como conseguir que una institución del sistema educativo, ese que debe garantizar la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, peque de falsedad documental y deje su prestigio por los suelos es esa vanidosa necesidad de querer más y a cualquier precio. Cuando uno está preparado para el cargo que ostenta no debería preocuparle engordar su expediente hasta hacer de él una enciclopedia. Todo conocimiento es enriquecedor, pero obtener títulos por postureo es querer recuperar algo tan manido como la diferencia de clases: ahora son la política y el pueblo.

El fervor por los títulos viene de lejos. Se tramitan por Real Decreto y le dan a quien los posee el honor de ser llamados excelentísimos señores, en el caso de los que llevan aparejados la Grandeza de España; e ilustrísimos señores a aquellos con títulos más modestos. Por qué conformarse con ser conde si un duque siempre estará por encima. Ahí reside el mal de las sociedades jerarquizadas: los empeños por querer ser van de la mano del establecimiento de privilegios. La cuestión ya no es si uno quiere trampear su currículo, sino que haya una Universidad dispuesta a implicarse en la farsa. La discriminación ya está hecha: mientras una parte de la población busca diferenciarse con esfuerzo, otros se cargan el sistema para hacer magia. Y, lo hacen porque pueden: son los nuevos excelentísimos señores.

Perú: Lima, el bullicio del Pacífico

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Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. El tiempo, al igual que el dinero, es limitado. Hay que tomar decisiones, sinónimo, a veces, de complicaciones, que determinan los pasos a dar: una vez elegida la ruta solo queda disfrutarla. Como en la vida, cada parada cuenta. La primera huella en Perú deja olor a mar y el recuerdo de la placidez de quien se queda embobado mirando al infinito y jugando a acertar el punto exacto al que uno llegaría si se lanza a nadar en línea recta. Ya estás en Australia, pasando por la República de Fiyi. Nada viaja tan rápido como la mente. Y la paz que produce mirar como rompen las olas es un estímulo maravilloso.

Uno llega a Lima obligado. El aeropuerto Jorge Chávez, que recuerda al piloto peruano y ese viaje que le costó la vida y le convirtió en el primero en cruzar los Andes por el aire al mismo tiempo, es la gran puerta de entrada al país. Y de salida. No hace falta más que fijar un nuevo rumbo, pero no es recomendable hacerlo de inmediato: La Bajada de los Baños, desde Barranco hasta el mar, es, gracias a las casas que la flanquean, tan atractiva como el paseo por los acantilados de Miraflores. Donde parques como Amor, con su serpenteante banco de mosaicos y escultura de David Delfín, acompañan a un recorrido que parece no tener fin. De fondo, el Pacífico. Y la gigante pared rocosa que lo separa de la ciudad y produce esas imágenes que hacen de la capital peruana un lugar azul.

“Levante la mano del claxon”. No todo es tranquilidad. Los carteles son explícitos pero solo quien tenga una experiencia previa conoce si son de utilidad. “Los bocinazos impacientes de un tráfico vespertino y perdido en las caóticas rutas siempre improvisadas” que describe Eduardo Benavides en El año que rompí contigo hacen sospechar que no solo se apaciguó el país. Los bocinazos, sin embargo, siguen siendo parte de la melodía de la ciudad. También el caos. Cuatro ojos son mejor que dos para cruzar esas calles que transcurren entre la plaza Mayor, donde Francisco Pizarro fundó la ciudad y se encuentran edificios tan importantes como el palacio arzobispal, la catedral y el palacio de gobierno; la plaza San Martín, que conmemora la independencia de España y abriga la estatua del liberador, el general argentino José de San Martín; y el complejo colonial de San Francisco, decorado por los mejores artistas de los siglos XVI y XVII. Miraflores, desde el parque Kennedy hasta al complejo de Huaca Pucllana, es otro buen lugar para perderse. Ya eres parte de ese caos que todo lo envuelve. Para recorrer parte del camino que queda atrás hay que, en algún momento, rendirse a él: 2.672 kilómetros cuadrados y más de nueve millones de habitantes complican la vida en tranquilidad. Pero, siempre quedará el Pacífico. Cerrar los párpados  y sentir la brisa del mar.