Alfredo Gómez, un puente entre Cuba y Galicia

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Es primera hora de la mañana y ya son cuatro o cinco cubanos los que han aludido a nuestra fortuna. Es algo así como el Día del puro y se ofrecen a mostrarnos el camino hacia el nirvana por un precio muy inferior al que costaría el acceso al souvernir por excelencia en cualquier otro momento. Es una casualidad imposible de esquivar: ya lo fue ayer y lo volverá a ser mañana. La suerte, en La Habana, aparece en cada esquina, y se multiplica en el Parque Central, a unos pasos del edifico al que nos dirigimos. A pesar de encontrarse junto al Capitolio, el Gran Teatro Nacional Alicia Alonso es una de esas construcciones que se quieren analizar desde todos los ángulos. Hay uno que acapara nuestra atención: se erigió para acoger la sede del Centro Gallego en la Habana, entidad que sigue ocupando un espacio importante dentro del edificio.

Su presidente, Alfredo Gómez Gómez, nos abre la puerta a la historia de los gallegos emigrados a Cuba. Lleva dos tercios de vida al otro lado del Atlántico, pero no ha perdido eso, tan de su tierra, de responder con una pregunta. “¿Dé dónde soy? A ver si lo adivináis, crecí donde la catedral se apoya encima de cuatro nabos”. Habla de Lugo, para luego detenerse a 45 kilómetros, en Becerreá, donde vivió hasta el año 57, cuando concluyó el servicio militar y decidió emigrar. Tenía 27 años. “España estaba muy empobrecida. Galicia, por su parte, era un región preciosa, pero con poquísima industria. Todo el mundo intentaba marcharse para crear riqueza”. Acostumbrado a estar rodeado de gente, en su casa convivían diez personas, inició un largo viaje en solitario. En Cuba le esperaba su tío.

Hay una palabra que no tarda en salir en la conversación. Morriña. Alfredo Gómez no solo responde con algún que otro interrogante, también describe este sentimiento a la perfección. Escritor por vocación, le ha dedicado varios poemas de gran belleza. Sabe bien de lo que habla. “Desde que existe el mundo, las personas que emigran no dicen la verdad. Escribes a tu casa, a tu familia, contándoles que estás bien. Pero lo que realmente sientes se queda contigo. Te invaden los recuerdos de la niñez, en tu tierra y con tus seres queridos, pero te los guardas para ti. Omites todo aquello que pueda entristecerles”. Siente un enorme cariño por la que ahora es su tierra –“el pueblo cubano lo merece”, asegura- pero vuelve a casa cuando puede. A una casa y a unas fincas que ahora están abandonadas. “Cuando una tierra produce, no necesita importar. Cuando una tierra produce, crea puestos de trabajo”. Alfredo lo tiene claro: el rural gallego es un mundo de oportunidades al que no se le está sabiendo sacar rentabilidad.

Sentado en su despacho, frente a la biblioteca que lleva el nombre de Fraga, habla también de las oportunidades que encontró en Cuba. Y de las que se desvanecieron. “En el año 60 ya tenía un negocio propio, una tienda de víveres”. Cuando lo intervinieron, continuó trabajando por un salario fijado por el Estado. Dejó de ser su supermercado. Ocupó también cargos administrativos: secretario general del sindicato, elegido por los trabajadores; y juez lego de un municipio, para resolver sanciones de tipología exclusivamente laboral. En paralelo, su vínculo con el Centro Gallego de la Habana, una institución que cuenta, actualmente, con cerca de 2.030 socios de número. Lo que supone una atención a 9.000 personas aproximadamente. “El reglamento de la sociedad dice que, cuando el asociado tiene menos de 45 años y lleva dos o más años inscrito, ampara a sus padres, cónyuge e hijos de catorce años o menos”, explica.

La cifra de socios puede no parecer elevada. Y, si se compara con la de antaño no lo es. Ya lo adelanta Alfredo antes de bucear en los números. “Se redujo mucho porque las cosas tornaron, la gente ahora no viene, se marcha. Los que quedamos, somos mayores”. Pero, la sociedad más antigua formada por gallegos fuera de Galicia tuvo un gran poderío económico e hizo menos amarga la emigración a miles de personas. Hay que retroceder hasta el año 1871 para conocer su historia: se fundó nada más y nada menos que el 31 de diciembre, con el objetivo de ofrecer su ayuda a los recién llegados que no dejaban de llegar. “Viajaban a Cuba en barco, muchos como polizones, y eran retenidos durante cuarenta días en el Centro de Internamiento de Triscornia, el equivalente a las isla de Illis, en Nueva York, por si padecían enfermedades infecciosas. La función de la sociedad era sacar de allí a todos los gallegos e instalarlos en hoteles con todos los gastos pagados, con la condición de avisar a las autoridades cubanas si enfermaban”.

Con la Sociedad de Beneficiencia de Naturales de Galicia como base, en 1879 nace la idea de constituir el Centro Gallego. La entidad compró el Teatro Tacón, construido entre 1834 y 1838 por encargo del gobernador Miguel Tacón, para derribarlo y darle nueva forma: las primeras piedras, como símbolo, se llevaron a La Habana desde Pontevedra. La inauguración fue en 1915: desde entonces fue ahí, al otro lado del Atlántico, donde cogieron forma algunos símbolos clave de la Galicia actual. Las partituras originales del himno gallego están guardadas en este centro, donde se entonó por primera vez. También la Real Academia Galega se constituyó en La Habana. Y el periódico Ecos de Galicia. Hay veces que hay tanto dentro de la tierra como fuera. Con la morriña pasa como con el amor: es realmente fuerte cuando uno, además de sentir, demuestra. Bien lo sabe Alfredo Gómez, que escribe a su tierra como ya antes lo hicieron otros. Y dedica, con toda la amabilidad del mundo, el tiempo que haga falta a sus paisanos.

Mientras busca la documentación en la que se recogen los datos que permiten hacerse una idea del poderío económico del que gozó la entidad, conversamos de la política española. Alfredo sigue la actualidad de cerca, y habla de ella con más soltura que de la cubana. Lanza una queja. Es por uno de esos derechos que se conceden en la teoría pero no en la práctica: “Pedimos el voto pero cuando llega ya han pasado las elecciones. Lo normal en otros países es acudir al consulado, pero en el caso de España el voto rogado complica muchísimo el proceso”. Como emigrante, siente ver las oleadas de personas que corren hacia Europa y lamenta no divisar una solución viable: “Es lógico que la gente quiera emigrar pero España tiene una de las tasas de desempleo más alta de la Unión Europea”.

Los datos ya están sobre la mesa. Nos quedamos con uno. En la primera mitad del siglo XX, entre los años 1900 y 1950, las remesas de dinero enviadas a Galicia desde Cuba ascienden a más de 216 millones de pesetas. Lo equivalente a 1,3 millones de euros. “En aquellos años era muchísimo dinero”. También elegimos una declaración final. “Para poder hablar de Galicia hay que conocer la historia de esos hombres y mujeres que dejaron su tierra sin saber leer ni escribir. Que se despidieron de sus familias para luchar por un futuro mejor. Y que, cuando lo lograron, aquí y en otras partes de América, se acordaron de las personas que habían dejado al otro lado del Atlántico y que no tenían nada. Lo que es hoy Galicia se le debe, en gran parte, a las personas que se fueron”.

Llega la hora de despedirse. El final de la conversación transcurre mientras caminamos por la calle San José. Alfredo Gómez volverá a su despacho por la tarde. A una entidad que se organiza a través de cuatro comisiones principales y para la que ha escrito muchas de las conferencias sobre la historia de Galicia y de personajes como Concepción Arenal que imparten. No les faltaba razón a los cubanos. Estuvimos de suerte. Por encontrarnos a Alfredo disponible y dispuesto a divagar por la historia de La Habana más gallega.

Morriña

malecon-cuba.jpgÉl tamén estivo aquí, sí, pero diso xa hai moito tempo. Non veu polo mesmo motivo ca min, veu para buscarse a vida, a súa, e a dos que deixaba na terra. Pasaron máis de noventa anos. Daquela a viaxe era en barco e duraba un mes, hoxe apenas son dez horas de avión.

Acababa de cumprir vinte anos cando decidiu cruzar o Atlántico. Desembarcou en Cuba, un país rico por aquel entonces ao que moitos emigrantes chegaban na procura dunha desesperada oportunidade. Seguro que nos custa entender isto, dado que este país hoxe  xa non é tan rico. Iso se a riqueza se mide en términos económicos, porque se falamos de valores, teñen a esgalla.

Traballou nunha destilería de ron, e púxose morado de plátanos. Pero non todo o que relucía era ouro, pois os nenos cambiábanlle por pan, un acio desta froita tan sabrosa… Chamábanlle “Gringo”, normal sendo rubio e cuns ollazos azuis que non lle envexaban nadiña á cor das augas caribeñas. Seguro que rompeu moitos corazóns, pero a súa muller e os seus fillos estaban no Casal.

Estivo aquí sete anos seguidos, marchou un tempo ó seu fogar e voltou outros catro anos máis. En total once solsticios e outros tantos equinoccios neste rico país, que como dicía antes, ainda que hoxe non teña tal potencial económico, sí pode presumir de valores. Valores como os de Joel, Katia e Thomas, por nombrar a algúns dos seus paisanos. As voltas que da a vida, en menos dun século dúas maneiras ben distintas de estar nun mesmo lugar. Tiven a oportunidade de preguntar por él no Centro Galego en Cuba, pero non encontrei nada que mo puidese acercar.

Un dos culpables de que eu estea aquí hoxe foi él, sí, Piñeiro, o meu bisavó, que seguro pasou moitas tardes mirando ao horizonte e acordándose dos seus no emblemático Malecón da Habana. Iso é a morriña, unha mestura de sentimentos nos que converxen a tristeza, a melancolía e ese “botar de menos” á familia e á “terriña”. Pareceravos paradóxico que fale deste sentimento alguén que nunca emigrou, pero son galego e a morriña lévoa no sangue, e nestes momentos téñoa do meu bisavó.

Iván.

Cuba: Prohibido tener prisa

Cuba se mueve a otro ritmo. Sin prisas. Sin agobios. Nadie llega tarde porque a nadie se le espera. Al menos, a una hora concreta. Aparecen cuando están preparados para hacerlo, como si cada movimiento implicase poner en marcha un complejo engranaje. Pero, es solo otra forma de mirar el reloj. O de no mirarlo. De apartar todo aquello que suene a cronómetro en marcha y se atragante. Ya se le atragantará a quienes quieran contagiar sus prisas: es su isla. La que liberar de colonialistas españoles. La que sobrevive al bloqueo. Quizás, solo quizás, es su historia la que alimentó ese sosiego que escasea en otros lugares del mundo. Una forma de sobrevivir.

Pero, vamos a lo que vamos. Reconduzcamos la historia. La puerta de embarque aparece y desaparece. Es una, después otra, luego ninguna. Los paneles de aviso son, en realidad, tablas del gimnasio: corra un poquito por aquí y luego para allá. Como pesas, las maletas; como obstáculos, todas esas personas a las que no les cambian de puerta y hora cada dos minutos. No tienen que entrenar la paciencia, no parten para Cuba. Calma, finalmente, son solo dos horas de retraso, y ¡empiezan las vacaciones!

Para que la experiencia fuese completa (y ahorrarnos algunos euros) apostamos por volar en Cubana de Aviación, que en realidad paga a Plus Ultra para que opere el vuelo. Pero, ya se sabe, quien paga manda, y las pantallas para películas están desconectadas. Inexistentes. No pasa nada, ¡empiezan las vacaciones! Inician, además, regalándote una parada: Santiago de Cuba. Es esta escala, y no las pantallas, la que ayudan a bajar el precio. Está todo previsto: bajan unos, suben otros, y el avión emprende su vuelo de este a oeste de la isla.

Algo falla. Se apagan los motores, sube la temperatura, y las puertas ya abiertas se convierten en el rincón donde hacerse un hueco entre la multitud. Es de noche, y en el exterior corre una brisa caribeña que te devuelve a la vida: un médico recomienda a la tripulación que bajen a los pasajeros. Ha desaparecido una pieza de la pista, y la parada en la sala de espera va para largo. Primer contacto. “Relájense, todo está bien, si no salen hoy, saldrán mañana”. No hay mucho que hacer y contemplar el habitáculo se convierte en un buen entretenimiento. Hay dos tipos de pasajeros: los turistas y los que vuelven a casa. Son estos últimos quienes se acomodan en los asientos, sonríen y no pierden fuerzas en protestas. Quieres hacer lo mismo, total no hay nada que esté en tus manos, pero no puedes. Al menos, lo de relajarte. El vuelo ha sido largo y mañana suena demasiado lejos.

Finalmente, el avión calienta motores de nuevo y sale esa misma noche. Se te olvida todo el desorden y los retrasos. Estás en La Habana. Vas intuyendo su silueta mientras el taxi cambia de carril con frecuencia para sortear unos socavones que debe conocer a la perfección: apenas hay luz, pero, bajo la penumbra, la ciudad comienza a conquistarte. La decadencia en la que sigue envuelta no borra ese encanto que invita a perderse en los caminos que llevan desde la plaza Vieja hasta la de la Revolución. Pasa lo mismo que con esa forma de entender el tiempo. Aumenta el número de impulsos nerviosos que se transmiten entre neuronas. La paciencia se agota en cada casa de cambio de moneda. A la espera de cada plato. De cada autobús: de la Habana a Cayo Santamaría. De ahí a Trinidad… Compruebas el horario y el reloj seguro de que hay algún error. No lo hay. “No pasa nada, están de vacaciones”. Ya no hace falta autoconvencerse: es el encargado de comprobar los billetes quien te lo recuerda. Subes. Y se te olvida la espera. Es el propio país y esas mismas gentes quienes te compensan en cada parada.

Estás al otro lado del charco y recuerdas ese chiringuito gallego, que es cita obligatoria cada verano, y que avisa con un cartel de que es hora de relajarse: “Prohibido tener prisa”. Obedeces. Subes de ese paraíso que son las playas de Nerga y Barra para disfrutar de una de las mejores vistas del mundo y esperas lo que haga falta por un bocadillo de atún con tomate. En Cuba pasa lo mismo: te roba tiempo en cada paso, pero te regala una experiencia inolvidable.