Vidas enjauladas

Estatua de la Libertad entre rejas

La imagen no puede ser más gráfica. Una fila de barrotes. ¿Detrás de ellos? El sueño de unos y el miedo de otros.

El día que Mario preguntó a su padre qué era la libertad, éste le describió un lugar que le pareció sacado de otro planeta. Estaba repleto de rascacielos, oportunidades y, lo mejor de todo, solo unos kilómetros hacia el norte. Soñó con ese paraje con la misma ingenuidad que los niños del paraíso deseado lo hacían con una nave espacial y pisar Marte. La única diferencia era la promesa de que él lo alcanzaría: partirían hacia allí, a un lugar mejor, que es lo que cualquier padre quiere para sus hijos. Ambos habían comprado el sueño. Es difícil atinar quien lo ansiaba más.

No había dudas en el plan. Empezarían de cero. Juntos. Al fin y al cabo los sueños están para cumplirse.

El camino fue largo. Comenzó antes de partir: ahorrar para combustible y prepararlo todo para no volver, que fue mucho más difícil de lo que podía parecer en un inicio. Solo entonces se dieron cuenta de que se iban porque no les quedaba más remedio. El resto del mundo, su mundo, seguiría allí, en un lugar que podría tenerlo todo para quedarse. En el que les recibió se encontraron con un problema conocido: una sociedad repleta de instituciones incapaces de gestionar los problemas que contribuyen a formar.

El resto de la historia seguro que la saben. Y es que, al menos, escandaliza. Los barrotes separaron a miles de Marios de sus padres y de ese sueño. A unos metros de las jaulas, la incoherencia: esa estatua que alza su antorcha al cielo y exhibe una cadena rota a sus pies.

Papá, ayúdame a entender.