Sonrisas de Instagram

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Viajar a Marte

o al cuarto de la plancha.

Pero contigo.

Los versos no eran suyos, sino de Luís Alberto de Cuenca, pero no importaba. Propios o ajenos, sonaban igual de bien al otro lado de la pantalla. Tampoco estaban en el cuarto de la plancha, pero seguro que la habitación del hotel en el que se alojaban, allá en el otro lado del mundo, su mundo, tenía uno con el que lucir camisas impecables. A juego con sus sonrisas.

Ver vidas ajenas es, a veces, desolador. Uno tiende a comparar, a buscar relaciones de semejanza pero solo encuentra diferencias. Se confrontan victorias con derrotas, sin definir que son las unas o las otras. La elección de los elementos a hostigar puede impregnar la balanza de irrealidad.

Me mostraron la fotografía feliz y después los versos. Con el calor que hacía, mis ojos se fueron directamente hacia la piscina. Tenía vistas al horizonte, a esa fina línea en la que el mar acaricia el cielo y regala una combinación de azules que invita a contemplar el agua de cerca. Y a meter en ella los pies. Es solo en la orilla, con la proximidad que concede, cuando torna transparente. Nuestros ojos perciben la luz en función de cómo la absorben los cuerpos que miramos de la misma forma que ese ente infinito que es Internet difumina realidades.

Es disparatado resumir una vida en tres versos.

Réquiem por el comercio local

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La imaginación mueve el mundo. Lo impulsa. El paso previo a cualquier avance es haberlo soñado antes. “Imagine all the people sharing all the world”, que cantaba John Lennon, pone sobre la mesa un escenario. Igual que lo hizo Clara Campoamor al defender el sufragio femenino. Lo mismo pasa con los viajes en el tiempo, esos que catapultaron películas como Regreso al futuro, y que nos muestran hacia donde no queremos ir, alertando sobre futuros nada deseables como el que dibuja V de Vendetta. Imaginar también es eso: viajar hacia delante para volver al presente y elegir el camino a construir.

El comercio local grita que se muere. Y no puedo imaginarme mi ciudad sin algunos de sus establecimientos. O, quizás puedo, y ahí surge mi preocupación. Me gusta la mercería de mi calle, en la que conocen mi talla mejor que yo. Nada más entrar por la puerta, si es invierno, me reciben con las distintas opciones de calcetines abrigosos sobre la mesa: los pies fríos no se curan de un año para otro. Valoro los consejos de esas tiendas en las que, a pesar de tener espejos inclinados, para hacerte más alta y delgada, te dicen cuando algo no te favorece. Uno también va por eso: para que le digan las verdades a la cara. Se llama confianza.

La lista es larga. Mi abuelo no tiene que pedir el periódico y eso que ha cambiado de cabecera con frecuencia. En la librería, saben que va a leer el que escriba su nieta. También conocen que en total tiene cinco nietos. Y un comercio, con más de cien años de vida y desde el que vemos la cabalgata en Navidad, al que acuden a comprar sábanas y manteles. Juntos, el librero y él, mueven la economía: con lo ganado van al bar. La vida son dos días. Y, cuando uno puede, vive. La ferretería, la panadería, la tienda de decoración… lo que está en juego no es un negocio que no funciona, es el espacio social. Si, como decía Aristóteles, “el hombre es un ser social por naturaleza”, vamos a seguir necesitando que las interacciones fluyan más allá del Whatsapp. Salir a la calle, solo por el placer de hacerlo.

Las ventas a través de Internet superaron en España los 30.000 millones de euros en 2017, lo que arroja un incremento del 25,7 % con respecto al ejercicio anterior. Los datos de la Comisión Nacional de los Mercados y Competencia sobre el comercio minorista son positivos pero la distancia que lo separa es inmensa: continúa teniendo un peso considerable en la economía pero el crecimiento fue de un tímido 1,2 %. La Red ofrece un sinfín de posibilidades, ya nada es exótico ni lejano, salvo el vecino al que tenemos el riesgo de dejar de conocer. Y ahí es donde vuelve a entrar en juego la imaginación. Conociendo el escenario se pueden dibujar las medidas que reactiven un comercio que tiene que abrazar, fuerte, la innovación. A la velocidad que gira el mundo puede que no tardemos en hacer realidad esos viajes en el tiempo que tantos años llevamos relatando en la ficción. Puede que, también, David y Goliat no sean incompatibles.