Perú: de Cuzco al Valle Sagrado

Cuzco, Cusco
Plaza de Armas, Cuzco

La tarde sobre los tejados cae y cae… ¿quién le dio para que viniera alas de ave? Sin alas no hay cielo, y Cuzco casi lo acaricia. Cualquier otra opción se vuelve eterna: el recorrido por tierra, desde Lima, no baja de las veinte horas. Nuevamente, el dilema del camino: desandamos lo andado para sobrevolar un paisaje que invita a custodiar la ventanilla. Aunque sea desde el pasillo. Picos y más picos de montañas desnudas en las que se entremezclan los marrones dan forma a la nada. Se ven con nitidez; si el avión asciende, parecen acompañarlo. Una hora después, es preferible no correr: cansa el doble.

El mate de coca se convierte en aliado. También las pastillas con las que hacer frente al soroche. El mal de altura no fue una invención para intentar frenar la conquista española, cuya pegada no se ve solo en la lengua: plazas y edificios coloniales hacen de Cuzco (o Cusco) una de las ciudades más bonitas de Perú. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983, se vio afectada por un terremoto mucho antes: fue en 1650 cuando quedó constancia de que los incas sabían bien donde vivían. Los cimientos de sus construcciones se mantuvieron en pie. Otra certeza: llegada la invasión, fueron fieles a su cultura. Es Germán, compañero de viaje durante dos días, quien desvela secretos como los que se ocultan tras los cuadros de la imponente catedral: las santas no son santas sino montañas, dibujadas con cuerpo triangular; la réplica de la Última Cena incluye un conejillo de indias (o cuy) en los platos; y ni rastro de Judas. En el que debería ser su rostro, puede intuirse el de Pizarro. Ante la obligación de pintar, optaron probablemente por la mejor opción: dar rienda suelta a la imaginación.

Fortaleza de Sacsayhuamán
Fortaleza de Sacsayhuamán

Precisamente, de imaginación hay que nutrirse para comprender como movieron y encajaron los bloques de piedra que conforman Sacsayhuamán. Compuesto por pedruscos que alcanzan los cinco metros de altura y 350 toneladas de peso, acoplados de tal forma que los cronistas españoles aseguraban que entre las uniones no se podía introducir ni siquiera el filo de un cuchillo, este espacio militar podría haber refugiado a toda la población de Cuzco en caso de necesidad. La construcción sigue siendo impresionante, pero ya no es lo que era: como en tantas otras ocasiones en otros tantos lugares, las piedras de esta fortaleza fueron utilizadas como cantera para otro fin, construir edificios en la ciudad.

Camino al Valle Sagrado

En las cercanías de Cuzco pueden visitarse también las ruinas de Tambomachay. A partir de ahí, uno se aleja del ombligo del mundo, para adentrarse en el Valle Sagrado. Si en Europa, todos los caminos llevan a Roma; Cuzco se ganó este sobrenombre por la inmensa red de caminos que le unen con buena parte de América del Sur. El recorrido escogido no pudo ser más acertado: El mercado de Chinchero, conocido como la cuna del arco iris, el laboratorio agrícola de Moray, las salinas de Maras y la ciudad inca viviente de Ollantaytambo van preparando al viajero para Machu Picchu. Es difícil elegir cual de estos lugares es más encantador.

Si la construcción de Sacsayhuamán ya parecía imposible, la fortaleza de Ollantaytambo, punto estratégico en las comunicaciones del reino inca y puerta de entrada, aún hoy, a la ciudad perdida, se eleva sobre el pueblo en una construcción de vértigo. Hay que subirla para conocer sus secretos y disfrutar de las vistas: la percepción del pueblo cambia al verlo refugiado entre las montañas. También se divisa con mayor claridad el templo del sol. A la misma altura, justo enfrente, seis monolitos fueron diseñados para reflejar los rayos del sol naciente. Se encuentran perfectamente alineados. No muy lejos, Moray y Maras muestran unos encantos diferentes y las mejores imágenes de los Andes. Ya no se siente la brisa del Pacífico. Este Perú tiende al marrón y despierta una de esas valiosas cualidades que dicen que se pierde con los años: la curiosidad. Por los incas, y todo los que los rodeaba.

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Perú: Machu Picchu y sus templos

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Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas. Cuando uno piensa en Perú, lo primero que asoma a la mente es Machu Picchu. La montaña vieja. La ciudad perdida de los incas. Una de las siete maravillas del mundo. Ya lo adelanta Germán mientras descifra los misterios de su gran puerta de entrada, el Valle Sagrado, y observa como otros observan con los ojos desorbitados: “Falta la guinda del pastel”. No yerra. La más grata compañía de esa expresión es la boca bien abierta. Machu Picchu lo consigue: la cara se armoniza. Y uno recuerda a Lorca. Ese verde, que se columpia entre el amarillo y el azul, y simboliza la esperanza. La esperanza que los incas depositaban en Wiracocha, el dios creador; o en la Pacha Mama, patrona de la fertilidad, para que la lluvia regase sus cultivos. Unos cultivos que, en el gran legado de los incas, proporcionaban alimentos para mil personas. El verde, además de esperanza, es vida.

Como lugar sagrado que fue, los templos a los dioses son la construcción predominante. Se cuentan hasta cinco. El del sol, el de la luna, el del cóndor, el de las tres ventanas y el templo principal. Cada uno guarda su por qué y sus misterios. Si en el del cóndor uno puede imaginar al “mensajero de los dioses” con tan solo tomar un poco de distancia, el templo de las tres ventanas alude probablemente al número sagrado de los incas y muestra el más fatigoso de los puzzles: los bordes de las piedras, cortadas con herramientas de piedra o bronce, se pulían hasta que encajaban a la perfección. A lo largo, tres respiros, para que la estancia se llene de luz durante el solsticio de invierno. A pocos metros, se encuentra el templo principal. No es distancia, pero se tarda en recorrerla. A cada paso, el esfuerzo de memorizar aquello que los ojos disfrutan. El espacio en el que adorar a Wiracocha posee una estructura wayrana: cuenta con solo tres paredes, construidas con bloques rectangulares de piedra que, en algunos casos, pesan decenas de toneladas. Eso es Machu Picchu. Unas construcciones imposibles, para las herramientas que poseían, en un entorno que cobra vida propia: 2.350 metros de altura. De vértigo. Con una vista al valle de Urubamba en la que, repentinamente, el verde no es verde, sino gris. Hay que admirarlo como parte del encanto. Las montañas vecinas desaparecen: solo queda la ciudad perdida. Un lugar de culto, de acariciar las estrellas; o de residencia de Pachacútec, el noveno inca. Quién sabe. Queda mucho por descubrir.

Pero, en Perú no es todo verde.

Es azul. Como el Pacífico, que de pacífico no tiene nada y se llena de surferos; o como el lago Titicaca, que comparten con Bolivia y en el que las truchas tienen un sabor especial. Es marrón. Como el desierto de la costa sur, en el que se encuentra la Reserva Nacional de Paracas. O gris. Como el Altiplano. Como su punto más alto, La Raya, donde llamas y alpacas logran sobrevivir. Tiene mérito. Cerca de los 4.000 metros de altura nada queda del verde de la Reserva Amazónica. El arcoíris se hace pequeño para un país en el que abundan los contrastes. En el que es difícil, muy difícil, escoger qué visitar.

Comencemos por donde se debe. Por el principio: Lima, el bullicio del Pacífico.