Nueva York en perspectiva

Coges aire, comienza la subida. Sin carrerilla, solo un brinco, los pies se elevan del suelo y todo empieza a pesar menos. Abres bien los ojos, para no volver a cerrarlos: hay veces que parpadear se vuelve innecesario. Solo ha pasado un minuto y todo está empezando a cambiar. O no. Todo sigue igual, todo menos tú.

Lo que era una inmensidad ya no lo es. Se afloja el cuello, dejas de mirar hacia arriba para hacerlo en perspectiva. Los rompecabezas se empequeñecen como esos rascacielos que, en realidad, no rascan nada. Dejan de ser enormes si uno se asoma sobre ellos desde donde deben contemplarse. No es huir, se llama marcar distancia. Hay que subir en su justa medida: lo suficientemente lejos de las olas como para no mojar las alas, pero sin acariciar sol. Algo hemos aprendido de Ícaro. Escapar no funciona, el objetivo es volver, con la cabeza despejada y la melena al viento.

Libertad, dicen que se llama. Tan anhelada y difícil de alcanzar. Ocho años de búsqueda que en, realidad, son toda una vida, aunque se haya firmado el Tratado de París. Un sondeo infinito que te regala momentos como este. Va a ser cierto eso de que volar te hace libre. Libre para encender esa antorcha que se apaga o para dejarla ir y cambiarla por un candil. Hubo que alejarse para tenerla cerca, es el momento de volver. Los ojos bien abiertos. Si no lo habías hecho ya, es hora de disfrutar del viaje, de dejarse llevar y obviar el traqueteo. De mirar de frente a los gigantes de hormigón mientras los pies vuelven a tocar tierra firme.