Malabarismos diarios

Hay una belleza cautivadora en las acrobacias. Es la armonía en cada uno de esos movimientos que parecen imposibles. La precisión con la que un cuerpo que acaba de girar hasta tres veces en el aire se posa sobre el suelo en el momento exacto para levantar la pierna y recoger esa ficción de trozo de kiwi que arroja un compañero. Es tan impecable el engranaje que consigue el Cirque du Soleil en su espectáculo OVO que cuesta disfrutar de su elegancia sin temer el fallo. El día a día está repleto de sus particulares malabarismos y es bien sabido que esa precisión es milagrosa. De madre. Los lanzamientos de fruta dan paso a personas volando de un lado al otro del escenario para hacer todavía más grande la función.

Los niños de la fila de delante miran embobados. Ya solo el vestuario merece que se le pongan los ojos como platos. Lo que seguro que desconocen es que a su lado se sienta otra acróbata. Les acompaña una mujer que alterna la mirada entre ellos y el espectáculo. Pienso que la vida es eso, un juego de equilibrio, en el que entrenamos cada día para mantenernos en la cuerda en la que ahora baila una bicicleta. Llegar a final de mes y conciliar vida profesional y personal son las dos acrobacias que más quebraderos traen consigo para salir victorioso. Y eso que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) vuelve a recordar un mes más que el paro continúa a la cabeza de las inquietudes ciudadanas. Ya no se baila. Se está en la cuerda, pero inmóvil.

Hay equilibrios que se hacen en pareja. Si uno se cae, el juego continúa, pero ya por separado. Y con amistades. A veces hay que hacer muchos malabarismos individuales para que los grupales lleguen a buen puerto: las cenas de Navidad en las que no falta nadie son tan inusuales como en las que el cuñado no llega tarde y se queda a fregar los platos. Por salir del tópico del chiste que nadie pilla o no termina de hacer gracia. Seguro que donde unos ven ironía, otros tontería, pero una acrobacia perfecta es aquella en la que somos capaces de imaginar malabarismos ajenos y tener la fiesta en paz. Es el mejor contrapeso para que la mesa se mantenga estabilizada. Confío en que los Reyes Magos lo compensasen hoy.

El espectáculo continúa y las cabriolas se adueñan de la pista. Son el nuevo reto al que se enfrentan los artistas mientras el público observa. Pierden la atención de uno de los niños que antes permanecía hipnotizado. Se dirige a la mujer que intuyo es su madre y le susurra que ya sabe que quiere ser de mayor. Ella se limita a sonreír y a devolver la atención de su hijo a donde, en realidad, nunca dejó de estar. Me la imagino pensando que los malabarismos que le esperan son otros e invirtiendo su tiempo en mostrarle que después de tres saltos por el aire se puede recoger el kiwi.

Escupir al corazón

Corazón de Midlothian, en Edimburgo

Sin aceite ni vinagre. Ni tan siquiera sal. Trato de no añadirle ningún tipo de aliño que me deje un mejor sabor de boca. Las cosas son como suceden. Procuro ajustarme a la realidad para sortear esa tentación tan reconfortante de cambiar el decorado de nuestra discusión. Añadiendo detalles aquí y allá uno tiende a liberarse de los remordimientos.

El día fue largo y nos recibimos con todo lo que quedaba por hacer, que es en lo último que uno quiere pensar cuando se le escurren las horas. El volcán en el que todos nos convertimos cuando se caldea el ambiente entró en erupción y te culpé de todos esos males que callé ante otros. Después de un largo silencio te limitaste a decir que pasamos la vida acumulando presiones que solo descargamos con quienes más queremos.

Vamos directos al corazón. En línea recta. Como el que puede verse incrustado en la Royal Mile de Edimburgo si uno camina observando donde va a colocar los pies.

Mucho se ha escrito sobre corazones. Y mucho se ha borrado. Hay palabras que dejan más al desnudo que otras. Cuenta Pedro Mairal, en su novela La Uruguaya, que es el término que más tachó Jorge Luís Borges en sus correcciones literarias. “Mi corazón resbala por la tarde como el cansancio por la piedad de un declive” se transformó en “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive” en el poema dedicado a Montevideo.

Es enigmático. Puede que omitirlo sea la mejor manera de protegerlo de los esputos que le esperan. Una forma de resguardo. Pienso en ello mientras mis pies se detienen ante el mosaico en forma de corazón que se encuentra integrado en el pavimento de una de las calles más concurridas de la capital escocesa. No se pisa, se le escupe. Da suerte. Los motivos no terminan de estar claros pero las historias hablan de la importancia de la ubicación en la que se encuentra adoquinado. Todo lo que hoy rodea al corazón fue en su día una cárcel y los presos que conseguían abandonarla lo hacían salivando a su salida como prueba de desprecio a un sistema penitenciario ligado a las ejecuciones públicas. También se dice que era una forma de protesta contra los altos impuestos. Pero, yo solo pienso que no hay estampa que explique mejor la riña que tuvimos.

En Edimburgo se escupe al corazón de Midlothian porque es el único sitio en el que no está prohibido y en la vida se apunta al de las personas que más nos importan porque es con quienes parece que nos lo podemos permitir. Cómo iba Borges a consentir que el suyo resbalase sin pensárselo dos veces.    

Dominados por el tiempo

sol

Hay conceptos que son eternos. La vida transcurre en paralelo a ellos, tratando de cuantificarlos. Desde los inicios de la humanidad, las personas buscamos un eje que nos sirva de referencia y nos guíe en nuestro paso por la Tierra. Si bien las distintas religiones fueron, y siguen siendo, un pilar referente para ello, el sol, las estrellas y los planetas vecinos también tuvieron gran importancia. El tiempo, tal y como hoy lo percibimos, no es más que un concepto al que el ser humano le dio un sentido. La cuestión es ¿cómo medirlo?, ¿cómo entenderlo?

Los primeros en darle forma a este sinsentido fueron, como no, los egipcios. En lugar de utilizar el actual sistema de medida decimal, se basaban en uno duodecimal muy fácil de explicar: con su dedo pulgar contaban cada falange de los otros cuatro dedos de la mano, que suman un total de doce. De esta manera, atribuyeron al intervalo de luz de un día doce divisiones. Una para la salida del sol, otra para su ocaso y diez restantes que se repartían de forma poco exacta. La noche se dividía, de igual modo, en otras doce horas tomando como referencia las estrellas. Dando lugar así al concepto que hoy entendemos de un día de 24 horas. Y a mí, sin duda, no me llegan.

Como las horas de luz se medían con el reloj solar, estas no siempre duraban lo mismo, ya que dependían de la época del año. Fueron los griegos quienes se propusieron dividir el día en 24 horas exactas, basándose en los equinoccios, cuando el día y la noche tienen la misma duración. Aunque no fue hasta el siglo XIV, después de que aparecieran los primeros relojes mecánicos en Europa, cuando todo el mundo empezó a utilizar este sistema.

Los griegos utilizaron técnicas astronómicas que fueron desarrolladas anteriormente por los babilonios, quienes realizaban cálculos usando una base sexagesimal. Estas técnicas fueron mejoradas para dividir un círculo en sesenta partes horizontales, paralelas y ordenadas, ideando un sistema geográfico de latitud que obedece a la geometría de la Tierra. También idearon un sistema de líneas de longitud que abarcaron 360 grados y que recorrieron el planeta de norte a sur, desde un polo hasta el otro. La primera división llegó a ser conocida como el minuto. La segunda como el segundo.

Hoy en día, la definición estándar de tiempo ya no se basa en la rotación de la Tierra alrededor del Sol, sino en el tiempo atómico. Como curiosidad, en 1998, la empresa suiza Swatch introdujo el concepto de Swatch Internet Time, que divide al día en 1000 beats. La empresa ha vendido relojes que indican el “Tiempo de Internet”, aunque no ha gozado de gran trascendencia.

Egipcios, babilonios, griegos… No importa la época ni el lugar. Nos basamos en el tiempo para ordenar y dar sentido a nuestras vidas. Hablamos de perder tiempo, ahorrarlo o malgastarlo, pero lo único cierto es que no lo podemos almacenar. Y, de momento, también estamos muy lejos de la propuesta novelística de Herbert George Wells, cuando en 1895 ilusionó al mundo con la posibilidad de poder desplazarse a través de él. Aunque algunos lo intentaron, como Marty McFly, a día de hoy sigue siendo una quimera. Siempre nos quedarán los cambios de hora, o no, y aprovechar el tiempo todo lo posible. Cada uno, a su manera.

Alfredo Gómez, un puente entre Cuba y Galicia

20170317_130406

Es primera hora de la mañana y ya son cuatro o cinco cubanos los que han aludido a nuestra fortuna. Es algo así como el Día del puro y se ofrecen a mostrarnos el camino hacia el nirvana por un precio muy inferior al que costaría el acceso al souvernir por excelencia en cualquier otro momento. Es una casualidad imposible de esquivar: ya lo fue ayer y lo volverá a ser mañana. La suerte, en La Habana, aparece en cada esquina, y se multiplica en el Parque Central, a unos pasos del edifico al que nos dirigimos. A pesar de encontrarse junto al Capitolio, el Gran Teatro Nacional Alicia Alonso es una de esas construcciones que se quieren analizar desde todos los ángulos. Hay uno que acapara nuestra atención: se erigió para acoger la sede del Centro Gallego en la Habana, entidad que sigue ocupando un espacio importante dentro del edificio.

Su presidente, Alfredo Gómez Gómez, nos abre la puerta a la historia de los gallegos emigrados a Cuba. Lleva dos tercios de vida al otro lado del Atlántico, pero no ha perdido eso, tan de su tierra, de responder con una pregunta. “¿Dé dónde soy? A ver si lo adivináis, crecí donde la catedral se apoya encima de cuatro nabos”. Habla de Lugo, para luego detenerse a 45 kilómetros, en Becerreá, donde vivió hasta el año 57, cuando concluyó el servicio militar y decidió emigrar. Tenía 27 años. “España estaba muy empobrecida. Galicia, por su parte, era un región preciosa, pero con poquísima industria. Todo el mundo intentaba marcharse para crear riqueza”. Acostumbrado a estar rodeado de gente, en su casa convivían diez personas, inició un largo viaje en solitario. En Cuba le esperaba su tío.

Hay una palabra que no tarda en salir en la conversación. Morriña. Alfredo Gómez no solo responde con algún que otro interrogante, también describe este sentimiento a la perfección. Escritor por vocación, le ha dedicado varios poemas de gran belleza. Sabe bien de lo que habla. “Desde que existe el mundo, las personas que emigran no dicen la verdad. Escribes a tu casa, a tu familia, contándoles que estás bien. Pero lo que realmente sientes se queda contigo. Te invaden los recuerdos de la niñez, en tu tierra y con tus seres queridos, pero te los guardas para ti. Omites todo aquello que pueda entristecerles”. Siente un enorme cariño por la que ahora es su tierra –“el pueblo cubano lo merece”, asegura- pero vuelve a casa cuando puede. A una casa y a unas fincas que ahora están abandonadas. “Cuando una tierra produce, no necesita importar. Cuando una tierra produce, crea puestos de trabajo”. Alfredo lo tiene claro: el rural gallego es un mundo de oportunidades al que no se le está sabiendo sacar rentabilidad.

Sentado en su despacho, frente a la biblioteca que lleva el nombre de Fraga, habla también de las oportunidades que encontró en Cuba. Y de las que se desvanecieron. “En el año 60 ya tenía un negocio propio, una tienda de víveres”. Cuando lo intervinieron, continuó trabajando por un salario fijado por el Estado. Dejó de ser su supermercado. Ocupó también cargos administrativos: secretario general del sindicato, elegido por los trabajadores; y juez lego de un municipio, para resolver sanciones de tipología exclusivamente laboral. En paralelo, su vínculo con el Centro Gallego de la Habana, una institución que cuenta, actualmente, con cerca de 2.030 socios de número. Lo que supone una atención a 9.000 personas aproximadamente. “El reglamento de la sociedad dice que, cuando el asociado tiene menos de 45 años y lleva dos o más años inscrito, ampara a sus padres, cónyuge e hijos de catorce años o menos”, explica.

La cifra de socios puede no parecer elevada. Y, si se compara con la de antaño no lo es. Ya lo adelanta Alfredo antes de bucear en los números. “Se redujo mucho porque las cosas tornaron, la gente ahora no viene, se marcha. Los que quedamos, somos mayores”. Pero, la sociedad más antigua formada por gallegos fuera de Galicia tuvo un gran poderío económico e hizo menos amarga la emigración a miles de personas. Hay que retroceder hasta el año 1871 para conocer su historia: se fundó nada más y nada menos que el 31 de diciembre, con el objetivo de ofrecer su ayuda a los recién llegados que no dejaban de llegar. “Viajaban a Cuba en barco, muchos como polizones, y eran retenidos durante cuarenta días en el Centro de Internamiento de Triscornia, el equivalente a las isla de Illis, en Nueva York, por si padecían enfermedades infecciosas. La función de la sociedad era sacar de allí a todos los gallegos e instalarlos en hoteles con todos los gastos pagados, con la condición de avisar a las autoridades cubanas si enfermaban”.

Con la Sociedad de Beneficiencia de Naturales de Galicia como base, en 1879 nace la idea de constituir el Centro Gallego. La entidad compró el Teatro Tacón, construido entre 1834 y 1838 por encargo del gobernador Miguel Tacón, para derribarlo y darle nueva forma: las primeras piedras, como símbolo, se llevaron a La Habana desde Pontevedra. La inauguración fue en 1915: desde entonces fue ahí, al otro lado del Atlántico, donde cogieron forma algunos símbolos clave de la Galicia actual. Las partituras originales del himno gallego están guardadas en este centro, donde se entonó por primera vez. También la Real Academia Galega se constituyó en La Habana. Y el periódico Ecos de Galicia. Hay veces que hay tanto dentro de la tierra como fuera. Con la morriña pasa como con el amor: es realmente fuerte cuando uno, además de sentir, demuestra. Bien lo sabe Alfredo Gómez, que escribe a su tierra como ya antes lo hicieron otros. Y dedica, con toda la amabilidad del mundo, el tiempo que haga falta a sus paisanos.

Mientras busca la documentación en la que se recogen los datos que permiten hacerse una idea del poderío económico del que gozó la entidad, conversamos de la política española. Alfredo sigue la actualidad de cerca, y habla de ella con más soltura que de la cubana. Lanza una queja. Es por uno de esos derechos que se conceden en la teoría pero no en la práctica: “Pedimos el voto pero cuando llega ya han pasado las elecciones. Lo normal en otros países es acudir al consulado, pero en el caso de España el voto rogado complica muchísimo el proceso”. Como emigrante, siente ver las oleadas de personas que corren hacia Europa y lamenta no divisar una solución viable: “Es lógico que la gente quiera emigrar pero España tiene una de las tasas de desempleo más alta de la Unión Europea”.

Los datos ya están sobre la mesa. Nos quedamos con uno. En la primera mitad del siglo XX, entre los años 1900 y 1950, las remesas de dinero enviadas a Galicia desde Cuba ascienden a más de 216 millones de pesetas. Lo equivalente a 1,3 millones de euros. “En aquellos años era muchísimo dinero”. También elegimos una declaración final. “Para poder hablar de Galicia hay que conocer la historia de esos hombres y mujeres que dejaron su tierra sin saber leer ni escribir. Que se despidieron de sus familias para luchar por un futuro mejor. Y que, cuando lo lograron, aquí y en otras partes de América, se acordaron de las personas que habían dejado al otro lado del Atlántico y que no tenían nada. Lo que es hoy Galicia se le debe, en gran parte, a las personas que se fueron”.

Llega la hora de despedirse. El final de la conversación transcurre mientras caminamos por la calle San José. Alfredo Gómez volverá a su despacho por la tarde. A una entidad que se organiza a través de cuatro comisiones principales y para la que ha escrito muchas de las conferencias sobre la historia de Galicia y de personajes como Concepción Arenal que imparten. No les faltaba razón a los cubanos. Estuvimos de suerte. Por encontrarnos a Alfredo disponible y dispuesto a divagar por la historia de La Habana más gallega.

Edimburgo, un paseo entre leyendas

IMG_6958

Pocas ciudades desprenden tanta intriga como Edimburgo. La capital de Escocia está envuelta en una bruma que se convierte en la aliada perfecta de unas construcciones que nos trasladan en el tiempo. Es un viaje a un pasado repleto de leyendas que todavía persisten hoy en día y le conceden ese halo misterioso que invita a explorar cada uno de sus oscuros closes (callejones) y a sumergirse en las historias que esconden. Ahí están, ocultas en esos caminos que se abren paso desde Royal Mile, la avenida que discurre colina abajo desde el castillo de Edimburgo hasta el palacio de Holyroodhouse y que está flanqueada por viviendas medievales.

Basta recorrer la columna vertebral de la ciudad vieja para que la curiosidad se vaya apoderando del visitante. Las edificaciones, sombrías pero cautivadoras, adquieren colorido al continuar el recorrido por la calle Victoria, que sirvió de inspiración a J. K. Rowling para idear al famoso Callejón Diagón en el que Harry Potter y demás alumnos de Hogwarts compraban todo lo necesario para el comienzo del curso. La pintoresca calle, repleta de guiños al mundo mágico, desemboca en un espacio más tétrico: Grassmarket se utilizó en el medievo para celebrar ejecuciones públicas. Una piedra señala la ubicación de la antigua horca y conmemora a los convenanters (defensores del presbiterianismo) mártires.

Este espacio que se extiende bajo la roca del castillo fue también el lugar en el que se ahorcó a Maggie Dickson, una joven que se mudó a un pueblecito de los Borders de Escocia después de que su marido la abandonase y que optó por ocultar su posterior embarazo para evitar un escándalo. Las cosas fueron de mal a peor para ella. Tras dar a luz en clandestinidad, fue descubierta intentando deshacerse del cadáver del bebé, que aseguró que había nacido muerto, en un río. Fue condenada a muerte: la ley escocesa penaba entonces la ocultación del embarazo.

La historia rompe con la tónica general de las leyendas que se forjaron en la ciudad y ofrece un final feliz. Los gritos desde el ataúd confirmaron que Maggie Dickson, ahora Maggie la  medio colgada, seguía viva. Y así seguiría mucho tiempo: ya se le había aplicado su pena y no podían volver a ahorcarla. Un pub, con su nombre, rememora su historia. A unos metros, Last Drop hace alusión a la estrategia optada a posteriori por las autoridades. Todos los condenados a muerte eran invitados a un último trago. Cargadito. Nada como el alcohol para destensar el cuello y evitar nuevas sorpresas. Hoy, son dos de los muchos locales de la zona en los que catar la cerveza o el whisky escocés.

Toda visita a Edimburgo debe incluir un recorrido por sus cementerios, que hacen a la vez de parques y en los que no es extraño encontrarse a los lugareños leyendo un libro o disfrutando de un espacio al aire libre. El  más céntrico es el de Greyfriars, que tiene acceso al prestigioso (e imponente) colegio George Heriot y al espacio que ocupó la prisión en la que en 1679  fueron encarcelados los covenanters de la ciudad. Siglos más tarde pasaría a convertirse en uno de los lugares más encantados: cuenta la leyenda que un vagabundo, que buscaba protegerse del frío, abrió el mausoleo del sanguinario Mackenzie, responsable de muchas de las sentencias de muerte de estos prisioneros, desencadenándose desde entonces una serie de sucesos paranomarles: cortes, quemaduras y marcas entre los visitantes. Hoy en día, el ayuntamiento mantiene cerrada esta parte del cementerio por precaución, pero puede recorrerse en pequeñas visitas guiadas en la que el intruso se hace responsable de lo que allí pueda pasarle.

Cuando, en 1766, la ciudad vieja se quedó pequeña debido al aumento de la población, se convocó un concurso para construir la ciudad nueva. El puente del norte une las dos principales partes de la ciudad y regala una nueva historia. Se vino abajo durante su construcción, en 1760, muriendo varias personas. El miedo a cruzarlo era generalizado, tanto que el alcalde apostó por obligar a los funcionarios a dar el paso para demostrar que los temores eran infundados. No era su primera opción: la vecina más longeva iba a ser la conejilla de indias, pero ni la jugada ni la tapadera salieron bien. Murió poco antes. La prepararon, igualmente, para la ocasión, pero el pueblo se percató del engaño. El miedo no hizo más que crecer. El lago sobre el que se alzaba era también en lugar en el que se arrojaba a las mujeres acusadas de brujas para comprobar si realmente lo eran.

El agua del lago fue drenada y, hoy, a los pies del puente se encuentra la estación de tren de Waverley. Pero, el lugar sigue siendo controvertido por el elevado número de suicidios. Se probaron hasta tres medidas de persuasión: dar mayor altura al muro e instalar una red que frenase el salto, de la que hubo que rescatar a decenas de borrachos que la utilizaron como atracción. Ahora se mantienen una serie de pequeñas inscripciones con el número del “teléfono de la esperanza”.

La ciudad nueva, ejemplo de urbanismo georgiano, que representa la vuelta de formas clásicas, tienen como arteria principal la calle Princes Street, dedicada en exclusiva a la actividad comercial. Es al final de esta avenida donde se encuentra Calton Hill, una colina que ofrece una vista fantástica de Edimburgo y que ha sido bautizada como “la Atenas del norte” por los monumentos que allí pueden divisarse: doce columnas inspiradas en el Partenón demuestran que, en ocasiones, lo que iba a ser no es lo que es en realidad y que el despilfarro público no solo es cosa de España. La obra pretendía ser un monumento en honor a los marineros y soldados escoceses caídos en las guerras napoleónicas pero los fondos se agotaron antes de que comenzase a coger forma.

No muy lejos se encuentra otro cementerio, el de Old Calton, protagonista de innumerables fábulas y donde pueden visitarse las tumbas del filósofo David Hume y el pintor David Allan. La parte trasera de la lápida de este último se asocia a la multitud de casos de catalepsia que se produjeron en la ciudad durante la época victoriana y que, al parecer, se debían a la filtración de cobre en el agua corriente. Cuenta la leyenda que el miedo a terminar enterrado en vida era todavía mayor que el que había para cruzar el puente del norte y, por ese motivo, se optó por atar las manos de los difuntos a una cuerda ligada a una campana para que en caso de despertar pudieran alertar de su regreso al mundo de los vivos. El viento, que sopla con fuerza en la capital escocesa, echó por tierra el plan e impediría percatarse de que David Allan estaba vivo: en lugar de los arañazos que se encontraron en otros ataúdes, en el suyo hay quien ve su autorretrato, horrorizado por un final que también es el comienzo de un millar de historias más.

Leyendas, mezcla de mito y realidad, abundan en Edimburgo. Una ciudad con historia que supo modernizarse sin dar la espalda a un pasado fascinante.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Añoranzas

FB_IMG_1536212942825

Nueva interrupción. Y con esa ya iban nueve en media hora. Se preparó para llevar la cuenta en el momento en el que Ana empezó a fruncir el ceño y a jugar inquieta con las manos: sabía que no podría evitarlo. Decidió darle un margen y no replicar hasta que llegase el décimo corte. La verdad es que esperaba que no se produjese. Evitaba el enfrentamiento a cualquier coste, incluso si eso suponía que le tomasen el pelo, pero una interrupción cada tres minutos le parecía toda una desconsideración hacia su discurso. Cogió aire, ahí venía la décima.

       –  Lo sé, lo sé, ningún lugar como aquel, pero déjame que te cuente.

     –  Era increíble, como si una brocha gigante se secase en la fachada de cada casa después de sumergirse en….

       –  En una paleta de repleta de colores.

Ahora es Lucía quien interrumpe. Cada vez que le cuenta a su amiga una de sus peripecias por el mundo, las pintorescas casas de un pueblo sin nombre ni ubicación salen a la luz. Era el gran misterio por resolver. En el grupo que se formó en torno a las dos llegaron a sospechar que Ana se inventara ese lugar como distracción para esos viernes en los que escaseaban las cervezas o la paciencia que requerían los acertijos que se lanzaban unos a otros para avivar el ingenio.

       –   Estuve releyendo los garabatos y creo que he descifrado las indicaciones que hay bajo el lamparón  de cerveza.

       –  No me digas…

–  Sí, creo que sí, voy un segundo a buscarlas y me dices que ves tú.

      –  Quieta ahí. El lugar del que te hablaba es importante. En una de esas diminutas, pero encantadoras, casas es donde nació mi abuelo. No vas a creértelo, encontré la dirección.

Mientras Lucía hablaba, Ana seguía ensimismada, dando vueltas a sus propias palabras. A las que anotó muchos años antes en una libreta que, en ese momento, pasaba a ser el objeto de mayor valor que llevaba encima. Su propio mapa para volver al lugar con el que soñaba desde entonces. Era la primera vez de tantas cosas: las vistas desde el avión o los gestos para entenderse con desconocidos. Su familia, que ahorrara para la causa las propinas de los clientes más generosos, tenía claro que ya no hacia falta esperar más. Ana era niña, pero empezaba a ser mayor. La edad perfecta para flotar con la experiencia, convertirlo todo en una ola de emoción, sin riegos a que lo vivido no quedase almacenado entre sus recuerdos. No cabe duda de que dieron en el clavo. Nunca olvidaría aquel lugar.

El primer viernes que Ana habló a sus amigos de ese sitio generó entre ellos una enorme expectación. Preparaban unas vacaciones y ella no dudó a la hora de proponer destino: tenía que ser aquel pequeño pueblo, de casas coloridas y gentes amables, al que el mar le comía terreno, pero le compensaba ofreciendo unas aguas templadas que invitaban al baño. La descripción fue tan convincente que, de haberlo situado en el mapa, se hubieran lanzado sin pestañear. Creyeron encontrarlo un millón de veces, pero cada vez que alguien llegaba con descripciones e imágenes que parecían encajar con el relato de Ana, esta negaba bruscamente con la cabeza. Todos esos destinos encuadraban en la zona en la que buscar y ninguno de los atlas examinados indicaban que les quedase algún rincón por rastrear: era, sin duda, el mayor de los acertijos por resolver, y eso que había algunos que suponían verdaderos rompecabezas.

      –  Espabilad. Son 45 minutos de camino, si queremos llegar para comer, hay que salir inmediatamente,  panda de holgazanes.

El plan no se realizó en aquel momento, pero cuando Ana cumplió veinticinco, la sorprendieron con el mejor de los regalos. Un coche, cinco amigos y unos cuantos kilómetros de costa por recorrer: si la tierra no se había tragado aquel lugar, en una semana deberían encontrarlo. Ella había estado solo cinco días y conocía el aeropuerto de llegada. Bastaría que lo viese con sus propios ojos para reconocer que ese pueblo que idolatraba correspondía con algunas de esas imágenes que tantas veces les había mostrado cuando trataban de encontrarlo.

Pero, fue solo una gran experiencia.

Visitas, risas, empachos, baños, confidencias, una rueda pinchada y cervezas que no sabían a las de los viernes. Lo mismo le pasó a Ana. No reconoció en ninguna de las paradas esa escapada que había idealizado. Nunca nadie dijo nada, ni cuando le volvió a mostrar a Lucía sus garabatos de la infancia, pero el enigma había quedado resuelto para todos: hay sensaciones que permanecen más que los lugares donde se tienen. Y ese primer y último viaje en familia se había convertido para Ana en el rincón donde refugiarse.

Maruja Casagrande, una madre con agallas en la posguerra

maruja foto

Parar de hablar y empezar a escuchar. Especialmente, a nuestros mayores, que esconden historias como la de María Otilia Campos, Maruja Casagrande para los vecinos del municipio gallego de A Estrada. Su relato es la prueba de que, en numerosas ocasiones, es mejor ser receptor que emisor del mensaje. Tan elocuente como elegante, se quita el mérito que tantos otros se echarían encima: trabajó duro para sacar a su familia adelante. Tan duro que llegó a convertirse en jefa en un tiempo en el que todos eran jefes. Transcurrían los años 1966 y 1967 cuando la oficina de Correos de su pueblo natal tuvo a una mujer como máxima responsable. Era lo nunca visto.

Maruja desgrana su historia con gran precisión. Es difícil intuir que en apenas un año dará la bienvenida al centenario. Lo cuenta ella: viaja en el tiempo para disparar fechas con holgura. Fue en 1937, con dieciocho primaveras, cuando comenzó a trabajar para Correos. Llevaba ya dos años en la ciudad del Apóstol. Al finalizar Bachillerato y aprobar la reválida optó por no correr riesgos y no dejar su fututo laboral en manos de una única opción. Se matriculó en Filosofía y Letras al tiempo que opositaba para Correos. No tardó en empezar a trabajar.

Prosiguió con su vida en Santiago y los planes empezó a organizarlos para dos. Él tenía treinta y dos años y ella dieciocho. Pronto intuyó que sería el amor de su vida, ahora, que echa la vista atrás, puede confirmarlo. Se fue demasiado pronto, cuando Maruja había cumplido veintinueve y tenía tres hijos, la mayor de solo tres años, a los que criar. Ya había abierto la oficina de Correos de A Estrada y procuraba conciliar. Para salir adelante se obligó a agarrarse a lo positivo. Y a no soltarlo. “Era el momento de apoquinar, pero tuve mucha suerte. Cuando no era una beca, era un atraso o un aumento”. Quien dice suerte, dice tesón. Fortaleza. Contó también con el apoyo de su familia: su padre, José Docampo, quiso regalarle un comercio, pero Maruja siempre tuvo claro que su sitio estaba en Correos.

No eran buenos tiempos para una mujer viuda. Para cobrar tenía que ir una vez al mes a Pontevedra y “estaba mal visto que una mujer cogiese sola el coche de línea”. Siempre le acompañaba una amiga en el trayecto en autobús. De vuelta al trabajo, había mucho que hacer: “No había horario y la oficina estaba siempre en movimiento, con muchos envíos internacionales de  países como Francia”. Habla tanto de giros de las personas emigradas como de correspondencia. “Antes se escribían muchas cartas, es una pena que se esté perdiendo, la juventud de ahora está obsesiona con el móvil e Internet”. Ensalza la libertad ganada, pero pone el punto de mira en la dependencia que está acarreando tanta tecnología.

Maruja es una mujer crítica. En parte, gracias a sus aficiones, a las que pudo dedicarse plenamente cuando se jubiló. Al encender el televisor se decanta por las tertulias políticas y lee mucho. Devora. Un repaso por las estanterías de su casa desvela sus gustos: es una apasionada de la historia, especialmente de la egipcia. Así lo reconoce. Y lo confirman títulos como Ramsés. La dama de Abu Simbel. También dedicó muchas horas a la pintura. En su hogar, solo los cuadros hacen sombra a los libros. “Tengo contabilizados más de doscientos lienzos”. Decoran un sinfín de paredes, pero guarda un pequeño inventario en forma de fotografías perfectamente ordenadas. Hay desde óleo y pastel hasta plumilla, pasando por tinta china.

Cuando una se encuentra con una persona como Maruja no puede querer otra cosa que seguir escuchando. Aprendiendo. Y retarla a una partida al Rummikub, ese juego de lógica y estrategia en el que hay que hacer grupos de números y en el que gana el participante que antes se quede sin fichas. Todas las tardes de invierno acude a casa de una amiga a jugar. Aunque, reconoce, que se decanta por el verano, cuando el tiempo invita a los paseos y a pasar más tiempo en la calle. Pero, sea la estación que sea, esta mujer que también fue catequista durante años abre el armario y se viste con elegancia. “Hay que arreglarse siempre”. Da gusto verla.