Una ventana con vistas

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Belén siempre lo tuvo claro. El segundo mejor regalo que se le puede pedir a la vida es una ventana con vistas.

Estrenaban vida juntos. Alberto y ella habían decidido dar un paso más –hacia adelante, pues no aceptaba darlos en ninguna otra dirección – en la construcción de un proyecto común. Ese plan cobraba forma de casa y, aunque se negaba a reconocerlo, el despliegue de las cosas de ambos en un mismo espacio le producía esa mezcla de sensaciones que genera todo lo nuevo: ilusión y miedo sobreponiéndose uno sobre el otro en función de cuál fuese la idea que le rondaba por la cabeza.

Estrenar vida era, para ella, como comprarse unos zapatos que llevan tiempo tentándote pero que, llegadas las cuestas o los diluvios tan habituales del invierno, pueden lastimarte un poco o dejarte totalmente empapada. Asumía que pocas cosas duran para siempre y había leído por ahí que es el fracaso del segundo amor, cuando la decepción se convierte en costumbre, el que más duele.

Solo tenía una exigencia. La casa podía no ser muy grande ni demasiado nueva pero debía permitirle asomarse al mundo cuando así lo desease.

Belén solía decir que una se enamora de personas, pero también de lugares. Quizá por eso su mayor tesoro era la caja de fotografías en la que había evolucionado la lista en donde, más joven, había anotado paisajes exuberantes: los fiordos noruegos, el Gran Cañón del Colorado, la meseta de Guiza y su famosa necrópolis, las ruinas incas de Perú o la selva amazónica… Fue explorando como, sin irse muy lejos de su Madrid natal, llegó a la que sería su tierra de adopción.

De Galicia le conquistó un color. El de la esperanza.

Verde esmeralda de la playa de Rodas, en las islas Cíes

Verde alga de los arenales de las Rías Baixas y Altas

Verde castaño como el del bosque de Rozabales

Verde laurel como el de la isla de Cortegada

Verde musgo de las Fragas do Eume y A Marronda

Tonalidades que predominan en unos rincones u otros pero que como muestra la mayor reserva verde gallega, la sierra de O Caurel, nunca permanecen aisladas, sino que se fusionan entre sí, ofreciendo los mismos matices que provocan que a lo largo y ancho del mundo se necesiten distintas palabras para definir acciones que en un principio podrían no diferenciarse.

De sus viajes aprendió que detrás de culturas y ritos tan diferentes, de convicciones que hacen ver la vida de formas contrapuestas, existen necesidades comunes. El consuelo de tener algo en lo que creer le parecía tan universal como los acontecimientos que generan aflicción y la evolución de los idiomas – decía – transcurre en paralelo. No habría entendido que en inglés (see y look) o en francés (voir y regarder) no diferenciasen entre acciones completamente distintas: “Es una pena que gente que puede ver no haya sido bendecida con la capacidad de mirar, de observar y valorar la belleza que hay a su alrededor”.

Belén siempre lo tuvo claro. El segundo mejor regalo que se le puede pedir a la vida es una ventana con vistas. El primero, saber mirar.

Exprimir con los ojos todo aquello que tenía delante era para ella la mejor forma de reconciliarse con el mundo. Disfrutaba maravillándose y le obsesionaba almacenar en su memoria todos esos paisajes que fotografiaba para subsanar una futura pérdida de nitidez. Observaba con detenimiento y se obligaba a cerrar los ojos para comprobar si, a oscuras, era capaz de reconstruir aquello que la había  hipnotizado. Temía tener que recurrir algún día a esas escenas y no saber perfilarlas. Con cada paisaje, recuperaba una sensación y era momentáneamente feliz. No sabía que le depararía su nueva vida pero sí que una ventana con vistas le recordaría que, aunque no siempre lo sea, hay un mundo hermoso ahí fuera.

El chico de las listas

Cascada de Godafoss, Islandia - Fotografía de David Aguilar
Cascada de Godafoss, Islandia – Fotografía de David Aguilar

Ignoro cómo definir este texto. Le he dado ya unas cuantas vueltas, con el objetivo de describirlo de la forma más oportuna, pero soy incapaz de acertar con la terminología adecuada. ¿Es una carta? ¿Quizás un diario? Escribo a alguien, a una persona importante, pero no lo leerá. Puede que, entonces, esta retahíla de palabras se asemeje más a un cuaderno personal, en el que los acontecimientos se describen sin el temor a que algún curioso, ávido de chismorreo, juzgue mi forma de sentir. Mi forma de vivir.

Digamos que es un diario. Sí, un diario que comencé a escribir hace unos años y que hoy retomo para cerrarlo: incorporarle un último capítulo que permita desprenderme de las historias que nos quedaron pendientes. Siempre fuiste el más organizado de los dos. El chico de las listas. Plan. Fecha. Check al terminar. No puedo evitar sonreír al hacer este trazado yo también. Una línea descendente, que luego se eleva simulando una V, pero continuando la escalada más allá del punto de partida. Lo dibujo siempre a mano, como cuando los profesores daban el visto bueno a los deberes, que ya entonces tú guardabas en riguroso orden mientras yo acumulaba folios por aquí y por allí sin llegar nunca a encontrarlos en el primer intento. Hoy trazo el check, tu check, por última vez.

Cascada de los dioses, Islandia. 28 de septiembre de 2019

Es el último día del viaje. No lo mencioné antes, pero escogí las fechas para recorrer Islandia ciñéndome a lo que siempre habíamos hablado. Hoy compruebo que cualquier época es buena para visitar este país mágico, pero que toda la información recabada en esas ensoñaciones en las que te sumergías y me arrastrabas estaban bien encaminadas. Era solo una anotación más en la lista, en mi parte favorita de la lista. Películas, libros, actividades y viajes. Cuatro categorías que no paraban de engordar y que culminan con el alquiler de la caravana en la que recorrer el lugar en el que ahora me encuentro. Decías que vendríamos en marzo o en septiembre, por el incremento de la actividad solar que se da en los equinoccios, sin que los días se coman las noches: todavía no son blancas y es en la oscuridad donde surge la magia. Nuestras ansiadas auroras boreales.

Me encuentro en el norte de la isla. Comencé el nuevo día con un final; pasando las últimas páginas de La transparencia del tiempo, en el que Leonardo Padura vuelve a dar vida al detective Mario Conde, y quedándome un rato en silencio, con el libro, ya cerrado, en las manos. El hecho de concluir algo siempre me produce un poco de nostalgia. Encandilada con el escritor, cuando terminé El señor que amaba a los perros me invadió la sensación de que necesitaba un personaje que no me abandonase tan pronto, y por eso compré los ocho tomos en los que este curioso detective, con nombre de empresario, realiza sus pesquisas. Lo guardé en el fondo de la mochila, aprovechando para sacar de su interior la cámara y el trípode con los que inmortalizar el amanecer en Kirkjufell. La montaña de la iglesia tiene forma de campanario pero también de sombrero de bruja o de cucurucho de helado, que en esto de sacar parecidos siempre hay quien encuentra uno nuevo que se aproxima más. Varío varias veces de encuadre y pongo la casa andante en marcha.

Me esperaban cerca de cuatrocientos kilómetros por delante. Más de cinco horas por una carretera, buena parte por la Ring Road – que pronto podría protagonizar tantos souvernis como la Ruta 66 – en la que cada parada merece la consideración de destino final: la cascada de Godafoss, con orientación norte, me dejó muda cuando funcionó de espejo de la aurora boreal que tanto imaginamos. Mutaron los colores de la noche y el brillo que lo invadió todo fue el de tus ojos verdes justo antes de cerrarse y dejarme una lista por completar.

La diferencia entre lo que leo y lo que escribo está en quién decide que ha llegado la hora de elegir un final. Siempre hay la opción de dejar una lectura a medias, incluso de no pasar más allá de la primera página, pero es el escritor quien le busca un desenlace que, por muy prematuro que nos resulte, no podemos postergar. De mi historia, que hasta ahora no es otra que la nuestra, nadie puede decir que haya intentado  precipitar el final. En el más absoluto silencio islandés, recordé como bajabas la voz en los desencuentros, convencido de que para captar la atención es más útil susurrar que alzar el volumen. No sabía lo difícil que era mantener los recuerdos sin anclarse en el pasado. He necesitado completar una lista – con sus cuatro correspondientes apartados – para comprender que llevo demasiado tiempo haciendo planes como si todavía estuvieses: ver una aurora boreal. Septiembre 2019. Check.