Romanticismo nocturno: de las discotecas a los festivales

Discoteca Pont Aeri

La falta de luz provoca, en el ser humano, sensaciones encontradas. Cuando los días acrecientan, el alboroto se apodera de las ciudades. El sur lo invaden los del norte en busca de días despejados. Influyen las temperaturas, pero también la claridad: al buen tiempo no hay que fingirle buena cara. La oscuridad, sin embargo, es la que regala los momentos de liberación. Lo hace cuando uno la escoge. La luz se apaga y se enciende la música: bienvenidos a las discotecas. Al hogar de las luciérnagas. Locales gigantescos que esconden puñados de secretos por barba o por pelo engominado. Sí, engominado. Hoy, que me voy de festival, no puedo evitar recordar que la oscuridad que triunfaba antes era otra.

Es la morriña por lo que, hace no tanto, fue el ocio nocturno. La curiosidad por el recorrido de unos espacios que pasaron de cobijar a miles de personas a reinventarse como restaurantes o supermercados. “Nos mantenemos en pie porque el resto del mundo nos sujeta”. Trasladémonos a Santiago de Compostela, ciudad universitaria gallega por excelencia. Tenía razón Ana, en Liberty, reina de la noche desde los ochenta, no cabía un alfiler más. Nadie se retiraba antes de que Silvio Rodríguez diese permiso con su Ojalá. Coincidía con el amanecer. Un amanecer que terminó por ser eterno.

La luz desdibuja los encantos de los antros. Entre córneas que se aclimataban a la nueva situación llegaba la comprobación de lo evidente: ni los movimientos de cadera iban al son de la música ni las confesiones inconfesables reportaban beneficio alguno. De haberla, la vergüenza diaria quedaba aparcada. Era parte del encanto. Hasta que se empezaron a apagar. LP45, en Ordes; Carabás, en Pontevedra; Zoo (y sus casi 18.000 metros cuadrados abarrotados) en Sanxenxo. ¿Y si salimos de Galicia? También los gigantes dan paso a los recuerdos. Scorpia y Pont Aeri, en Barcelona; Gabana, en Madrid, y Puzzle, en Valencia. El fin, sin duda, de una era.

¿Qué pasa con la oscuridad? Me pierdo en el festival. Reconozco sensaciones y aparecen otras nuevas. Vuelvo a ser un alfiler. Un alfiler con cerveza en la mano y que se mueve, igual de mal, mientras la música lo acapara todo. Es esa amiga sin la que la noche noFestival Armadiña Rock debe salir. El ingrediente que consuma la evasión y que te permite disfrutar con el prójimo aunque no le veas la cara. La córnea es sabia y capta la luz del escenario: ahí el primer cambio. Tampoco hace falta apagar ningún interruptor. Nuevos recuerdos de un ocio cambiante en un mundo que no deja de girar.