Vandalismo

Catedral de Santiago
Catedral de Santiago / Turgalicia

El pasado fin de semana hicimos una escapada fugaz a Valladolid. Una de las visitas la bautizaron unos amigos como la de la no catedral. A pesar de que solo se construyó hasta el crucero y le falta una torre, la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Valladolid es imponente. Uno se la queda mirando como se mira todo lo que no se tiene al lado de casa. Cuanto más lejano, más exótico, a lo próximo se acostumbra la mirada. Pensé en eso el fin de semana como ya lo había pensado visitando el Duomo de Milán. Muy posiblemente tenga más fotografías en la catedral de la capital italiana que en la gallega, quien sabe si volveré, pero cada vez que paso por la plaza del Obradoiro veo como sobrevuelan los flashes y termino levantando la cabeza para admirar el gigante hacia el que peregrinan personas de todo el mundo.

Esta imagen grandiosa se interrumpió hoy. Las personas que atravesaron temprano el casco antiguo compostelano se encontraron con unas pintadas absurdas que buscaban disfrazarse de protesta. La más llamativa de todas, por su ubicación, “yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño” convertía la fachada que esconde la escalinata de la catedral en el folio en blanco de quien no tiene nada relevante que decir.

En la comunicación es tan importante el mensaje como el canal, y la elección del patrimonio de todos para lanzar consignas solo demuestra que la información que se está enviando es lo de menos. No existen diferencias entre escribir “gritaremos hasta quedarnos sin Vox” y pintarrajear una de las figuras de la fachada de las Platerías, como ocurrió el pasado agosto. No se puede ver otra cosa que vandalismo, que un desprecio hacia el legado y la economía de todos. No hace falta disfrazarlo.

La radio va por dentro

Radio de válvulas

No recuerdo la primera vez que escuché la radio. Tampoco soy consciente de la primera vez que apreté el botón para encenderla. Esto debe significar que está presente en mi vida desde siempre, marcando los movimientos de esos primeros deslizamientos a ras de suelo. No poseo una gran colección de sintonizadores, pero conservo, en plenas facultades de funcionamiento, uno de válvulas de los años 50. También guardo con cariño los que me van acompañando en el camino; cada uno me teletransporta a un momento distinto. Ya te mantienes en pie, y vas corriendo a todos lados con la misma compañía.

La radio es, para mí, algo más que un medio de comunicación. Disculpen que haga este matiz, diferenciándola de la prensa escrita o la televisión, pero su esencia aporta mucho más que noticias. La radio es una compañera, una amiga e, incluso, una confidente que escucha esas palabras que nunca confesarías a nadie. Es capaz de hacerte sonreír y llorar. De enfadarte o hacerte reflexionar. Puedes despertarte con ella, trabajar con su murmullo de fondo, comer a su lado y acostarte con ella para comenzar un nuevo ciclo. Ninguna otra presencia sobrevive a tal intensidad.

Es una compañera, pero también una gran intermediaria. La radio fue el primer teléfono móvil. Cuando las comunicaciones no eran lo que son hoy en día, muchas familias de marineros que pasaban meses en alta mar se aferraban a cada boletín informativo como si la vida transcurriese de hora en hora, a la espera de que el mar no se encaprichase en contar una mala noticia. A través de la Onda Corta y la Onda Media, estos hombres de mar también se agarraban a la radio como lo más cercano a sus seres queridos.

La suerte, el azar o el destino quisieron que acabase formando parte de una gran familia que no conoce límites. Un elenco de locutores, técnicos y redactores hacen posible que la radio tenga voz propia cada día. Independientemente de la cabecera, es un medio que evoluciona con las nuevas tecnologías y se adapta a los cambios más punteros para ampliar los canales con los que seguir formando parte de la vida de millones de personas.

Informa, acompaña y, también, educa. En este punto tengo que nombrar a mi hermana Lorena, con quien empecé, cuando ya había dejado de gatear, a hacer “mis pinitos” en este medio grabando cuñas, como se denomina a los anuncios en la radio. La campaña publicitaria que más me marcó por su contenido y que ambos recordamos cada vez que viajamos a nuestra infancia es una de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), que concienciaba a los jóvenes sobre el consumo de drogas en los años noventa. Incontables las veces que imité estas voces. ¿La recuerdan?

 Madre: Ah, ¿ya te vas?, si me esperas te acerco y hablamos un rato.

Voz en Off: Tal vez sea cierto eso de que los jóvenes de hoy no escuchan. ¿Has probado a decirles algo?

Puedo asegurar que la radio goza de gran salud. Las tres funciones de las que hablo eran tan importantes ayer como lo son hoy. Estoy convencido de que los lectores que han llegado hasta estas líneas finales le conceden a este enlace con el mundo la misma envergadura que yo. Si la profesión va por dentro, la radio también. Tanto o más como oyente. Si hay algo interesante que decir, siempre habrá quien escuche. Incluidos los más jóvenes.

¡Larga vida a la RADIO!

Educar despertando intereses

Jean-Pierre Sauvage, Nobel de Química, con el alumnado ganador del premio de investigación Stephen Hawking que organiza el instituto compostelano Rosalía de Castro con la colaboración de Abanca / Foto de Santi Alvite

De siete, solo pueden quedar tres. En una de las primeras clases del máster que estoy cursando, Mario Weitz, consultor del Banco Mundial, nos hizo elegir entre una lista de elementos que serán fundamentales para el desarrollo de cualquier país en los próximos veinte años. Después nos dio la respuesta de la organización para la que trabaja: tecnología, energía y en el que coincidimos todos, educación. El desarrollo de las facultades intelectuales condiciona el de sus compañeras de viaje hacia el progreso.

Apenas unos días después tenía lugar, en Santiago de Compostela, la entrega del segundo premio Stephen Hawking que organiza el instituto Rosalía de Castro con la colaboración de Abanca. El acto tuvo lugar en el mismo auditorio en el que el científico fallecido este 2018 ofreció un breve pero contundente mensaje hace ya una década: “El mundo depende cada vez más de la tecnología y de la ciencia. Es muy importante que la gente las comprenda, y la mejor manera de conseguirlo es hacer que se interesen por ellas cuando son jóvenes”.

Eso es educar. Despertar el interés por aprender. Por sacar conclusiones. Conclusiones como la de Esther Revenga, ganadora del primer premio de un concurso que pone el foco en la investigación y del que Stephen Hawking afirmó estar feliz de que lleve su nombre.

El tema sobre el que profundizar era las moléculas y la joven compostelana se adentró en el mundo de las nanopartículas y su susceptibilidad magnética. Variando la relación molar del hierro y otros elementos químicos como el cobalto y el níquel, pudo extraer conclusiones sobre qué combinaciones producen más magnetismo. La investigación de Revenga, que comenzó a principios del verano y concluyó el pasado octubre, se ganó el reconocimiento del comité. Permitió también alcanzar el objetivo de Hawking: que la joven que cursa segundo de Bachillerato Internacional en el Rosalía de Castro asegure que son un tipo de actividades que “requieren bastante dedicación, pero son realmente motivadoras, cada día me apetece conocer más”. En su caso, habla del mundo científico, pero ese querer saber es esencial en cualquier disciplina.

El objetivo está cumplido porque Revenga no es un caso aislado. La iniciativa a la que dio vida Ubaldo Rueda, exdirector del Rosalía de Castro, y que continúa bajo la supervisión de Xavier Mouriño incluye a otros centros de Galicia que comparten el interés por la cultura investigadora. Los dos segundos premios se lo llevaron el trabajo de Iago Carballo sobre la determinación cuantitativa de moléculas perjudiciales para la salud en el humo del tabaco y el proyecto de cuatro alumnas del instituto Pintor Colmeiro, de Silleda, sobre celdas orgánicas solares. Xoana Rivas, Ángela Quintáns, Lara Silva y Encarna Oleiro ya están pensando en volver a presentarse el año que viene. Estas estudiantes de primero de Bachillerato señalan que se enriquecieron tanto de las horas de laboratorio para crear electricidad como de la experiencia de presentar su análisis ante un comité en el que figuró un premio Nobel. Sí, un Nobel.

El principal valor de esta iniciativa es que para educar, estrecha lazos. Recuerda que el mundo es global y no está divido en pequeños compartimientos que funcionan por separado. Une la educación secundaria, la universitaria y la comunidad científica. Y es así como se consiguió que Jean-Pierre Sauvage, Nobel de Química en 2016, entregase el premio a Esther Revenga. La colaboración del director del CIQUS, José Luís Mascareñas, fue tan determinante para su presencia como la de la profesora de Medicina Rosa Señarís para que Ignacio Martínez Mendizábal, premio Príncipe de Asturias por sus hallazgos en Atapuerca, fuese el coordinador del comité en la primera edición.

Esta iniciativa es un ejemplo, en un ámbito concreto, de la educación en mayúsculas. De la que desbloquea el potencial del alumnado y lo impulsa  y casa con otra de las grandes frases de Hawking: “Los humanos necesitamos un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir”. Y es que fue, precisamente, un desafío lo que logró que la relación que comenzó hace diez años con la presencia del reputado científico en Santiago para recoger el premio Fonseca y presentar su libro La clave secreta del universo se convirtiese en una nueva forma de educar. Sin adoctrinar, adiestrar, condicionar y manipular. Solo despertando intereses que, de algún modo u otro, ya están ahí.

Y, esto, si funciona para difundir ciencia, funciona para todo.

 

El valor de la prudencia

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Hay conversaciones que retomamos cada cierto tiempo para darles nuevos matices. Debates que la actualidad sirve en bandeja para acompañar la sobremesa y redescubrir que hay tantos puntos de vista como versiones. El problema, como dice una buena compañera, es de dónde salen. Otra periodista a la que admiro, cada vez que se abre una encrucijada, tiende el mejor de los consejos: es preferible quedarse un paso por detrás que uno por delante si corres el riesgo de pillarte los dedos. El tema recurrente no es otro que la prudencia. Como informador, sí, pero también como personas dispuestas a emitir juicios de valor.

La noticia que vuelve a traer a mi cabeza la controversia que genera la prudencia es el fallecimiento de una niña de casi dos años en el interior de un coche después de que su padre olvidase haberla dejado allí. Un terrible descuido, según apuntan por el momento las pesquisas policiales, seguro que mucho mejor informadas que esta que escribe o cualquiera de las personas que apenas leyeron los titulares para ponerle mil etiquetas al padre en las redes sociales: olvidando que cuando nos apresuramos a juzgar tendemos a errar. Cualquier coincidencia posterior acostumbra a ser casualidad.

La prudencia es, en el cristianismo, una de las cuatro virtudes cardinales, de las cuales derivan todas las demás. Es moderación al actuar o al hablar. No se trata de omitir una opinión, bendita libertad de expresión, sino de ejercerla con conocimiento y mesura: evaluando las consecuencias de los mensajes que, como en este caso, van dirigidos a personas concretas, que nos lo parezca o no, pueden estar sufriendo una auténtica tragedia. Leídos múltiples comentarios lo veo claro. Hay veces que no basta con quedarse un paso por detrás: qué bueno puede llegar a ser el silencio si uno no está dispuesto a profundizar en lo que juzga.

¿Reservas gratis o pagando?

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Es por la mañana, temprano, suena el despertador y te levantas. Remoloneas un instante pero no dudas: ducha rápida, ropa cómoda, café y cinco galletas. El resto de la caja será muy valiosa para el camino. Partes a las islas Cíes y la travesía en barco está cerrada de antemano. Estás cansado. No hay nada como las noches de verano. Pero, allá, en el medio de las aguas, un paisaje insólito ayuda a desperezarse. Eso, y haber rascado el bolsillo: los 18,50 euros pagados duelen si no se disfrutan. Llegas a puerto, con la lengua fuera y descamisado, pero llegas. No vamos a ponernos pejigueros con las formas.

Es por la noche, no muy tarde, la embarcación llega a tierra y en Vigo/ Baiona/ Cangas no se está mal. La verdad es que no importa ni el lugar de llegada ni en el que se ha hecho la reserva para cenar, la historia podría repetirse en cualquier parte: toca coger coche y reaparece la vagancia. La hora se viene encima, pero basta una llamada. “Quería cancelar la cita”. ¿Cuál es la diferencia? El dinero lo pierden otros. Es llamativo como lo gratis lo cambia todo. Ante la misma situación, distintas conductas: es la depreciación del servicio solicitado de antemano hasta menospreciar el dinero ajeno, que no deja de importar tanto como el nuestro, a valor cero.

Quien habla de un restaurante, lo hace de un hotel. Y lo dice alguien que ve en las cancelaciones gratuitas toda una tranquilidad. El ser humano, además de imprevistos, está lleno de temores: no hay mayor aliciente a la hora de formalizar una reserva que la posibilidad de echarse atrás si algo viene a perturbar nuestra calma. Hablamos de acontecimientos inesperados y de plazos. Los motivos cuentan tanto como lo hacen las fechas. Cuando se estrujan los márgenes solo quedan pérdidas al otro lado: también de quien no pudo ocupar nuestro lugar. La respuesta a la que se están sumando algunos restaurantes, entonces, no puede sorprender: cargos de garantía que, más que suplir la ausencia, evitan que ésta se produzca.

La tendencia, aunque no mayoritaria, afecta a todos los ámbitos. La sufren los fisioterapeutas y los centros de estética. También los acontecimientos musicales. Este verano me dieron una noticia de esas que liberan las noches: al festival que tenía marcado en el calendario podría ir en autobús. Gratis. La entrada incluía un extra, pero con límite de plazas. Unos amigos, previsores donde los haya, me dieron la noticia: de vuelta había más asientos vacíos que ocupados. En este caso, no fue la pereza, si no todo lo contrario. Pero, la conclusión es la misma. Lo gratis no duele. Aún siendo lo mismo, nunca vale igual que lo pagado.

Palabras

Niños leyendo

Palabras. No se les da el valor que tienen. Perdón. Gracias. Te quiero. Lo cambian todo: la forma de sentirnos ante quien las desliza ante nosotros y ante un mundo que las relega a una posición que merma su función. Pueden ser esclarecedoras. Reconfortantes. Hacerte vibrar. Soñar. Deja de importar quien las encadena unas a otras cuando cambiamos del singular al plural. Son las palabras que son para todos, para quien quiera cogerlas y escucharlas o repasarlas con los dedos. Son un libro. Y también una canción. Non son nada y lo son todo.

Tenía la edad de Harry Potter cuando le conocí. Fue una gran obligación escolar: crecer con un mago siendo un muggle resultó fantástico. Ya antes me preguntaran si quería jugar al fútbol mientras corría de espaldas. La fascinación por Los Cinco, esa maravillosa creación de Enid Blynton, acabó con mi melena. Jorgina solo contestaba por Jorge. Fue la única vez que no puse límite al peluquero en una de esas visitas cobardes. La valentía se quedaba en los sótanos de cualquier casa que los tuviese: armarse de linternas y paciencia para buscar tesoros era parte de Los Cinco. No hubo palabras mejor hiladas o, al menos, que permanezcan con tanta nitidez, pero tuvieron buenas compañeras: Ámbar y sus aventuras, Manolito Gafotas, Molly Moon y su reloj para hipnotizar o esa apuesta de la editorial SM por convertirnos en navegantes del humor, del misterio o de la ciencia ficción en una colección que guarda títulos como “La ciudad de las estrellas”, que poco o nada tiene que ver con el musical del mismo nombre, pero que también caería al vacío si nadie quisiese jugar con las palabras.

“Deja a la niña que lea, que algo bueno saldrá de ahí”. Isabel Coixet, Premio Goya 2018 a la mejor dirección, subió al escenario y recordó la frase que su madre le decía a su padre en su niñez. Soñó y se entretuvo para hacer soñar y entretener. ¡Qué poderosa función!. Nos regalan ocio, información y discursos que cambian el rumbo de la historia. Las palabras nos vuelven humanos. Lo hacen desde que, siendo niños, nos encontramos con ellas. Algo más se les debería de reconocer.

Iniesta de mi vida!

Andrés Iniesta

Érase una vez un niño de Fuentealbilla paliducho, delgadito y no muy alto que soñaba con ser jugador de fútbol mientras crecía en las categorías inferiores del Albacete. Un día, a sus doce años, recibió la llamada de un gigante, el FC Barcelona, requiriéndole para formar parte de su cantera. En ese momento la vida de Andrés Iniesta y la de sus padres cambió para siempre.

Sencillo, humilde, honesto y, por encima de todo, compañero,  Iniesta fue creciendo como jugador a lo largo de su estancia en La Masía. Lejos de su familia, sus amigos y su tierra natal, Andrés entrenaba cada día con un objetivo claro: vestir la camiseta del primer equipo del Barsa. No tardó mucho en lograr esa meta. A los dieciocho años, mientras uno pensaba en salir de fiesta cada sábado sin saber a qué dedicarse en la vida, Iniesta debutaba en primera división.

Innumerables títulos, premios, y, en definitiva, éxitos deportivos son los conseguidos por Iniesta con el club de su vida y con la camiseta de la Selección. También momentos difíciles y derrotas dolorosas, como la sufrida en Roma en la actual edición de la Champions League. Dieciséis años en la élite deportiva que, no solo le hicieron crecer como jugador de fútbol, sino que sirvieron para grabar a fuego en su personalidad aquellos valores que ya mostraba de niño.  Valores de los que también pueden presumir compañeros de plantilla como Carles Puyol, y jugadores que han sido el referente del eterno rival. Por ejemplo, Íker Casillas.

Precisamente fue este elenco de futbolistas el que, con un gol de Andrés,  consiguió para España su primera y única Copa del Mundo aquella calurosa tarde del 2010 en la que, tras su remate con la pierna derecha en el minuto 116, el país registró un seísmo de magnitud incalculable. No solo por lo que suponía a nivel deportivo, sino porque sirvió de desahogo y de vía de escape para una sociedad sumida en una puñetera crisis económica donde lo más comentado era la prima de riesgo o el rescate bancario. ¿Qué tal si recordamos el momento?

Esta semana Andrés se despidió del fútbol de primer nivel. Lo hizo entre lágrimas, consciente de que ponía punto y aparte a una importante etapa de su vida. Si algo le debe el fútbol a Iniesta es un Balón de Oro. Pero, eso no importa, tiene el respeto y la admiración de todo un país. Y es que estamos hablando del mago de Fuentealbilla, ese que cuando los niños buscaban ansiosos a Ronaldinho para hacerse la foto, se acercaba amablemente para premiarles con su posado. Quién les diría a estos benjamines que el destino daría un valor incalculable a esa instantánea, la que casi no revelan porque aquel jugador no era el cromo más buscado.

Para muestra un botón. Esto lo escribe uno que también soñaba con ser jugador de fútbol profesional cuando era niño, pero se conforma con ser del Real Madrid y presumir de haber visto jugar a Andrés Iniesta Luján. El Iniesta de nuestras vidas.