El cronista y su villa

El cronista y su villa

Leer es vivir otras vidas.

Leer es conocer la nuestra.

No conocí a mi bisabuelo, al padre de mi abuelo, murió dos años antes de que yo naciese y hasta hace no mucho solo sabía de él que escribió una infinidad de páginas de periódico e historias. Páginas que pude leer en los últimos meses gracias a ese cuidado con el que solo se guardan aquellos objetos que poseen valor sentimental, que, al fin de cuentas, es el único que tiene el poder de volverlos sempiternos.

No conocí a mi bisabuelo. O sí, lo conocí leyéndole. Y reescribiéndole. El libro al que da título este post es la forma de inmortalizar su trabajo y el prólogo la demostración de que por las ramas del árbol genealógico también circulan los gustos. Las aficiones. La de trazar renglones ahora ya sé de donde viene.

Prólogo del libro El cronista y su villa

Dicen que no hay mayor amor que el de los padres a sus hijos, y así lo demostró José Docampo Vazquez, Casagrande, a cada uno de sus ocho sucesores. Pero, ¿qué pasa con el amor de los hijos hacia los padres? Este libro habla de A Estrada pero también de ese apego infinito que va en la otra dirección. Un afecto que se transforma en admiración por la integridad con la que Casagrande vivió su vida y que le acompañó siempre en el transcurso de su carrera profesional como cronista oficial de la tierra en la que nació y para la que siempre buscó lo mejor. Con palabras, miles de palabras entrelazadas unas a otras con habilidad pasmosa, y con hechos. Este libro, que recoge parte de su trayectoria en el periódico Faro de Vigo, es el regalo que le hace Manuel Docampo Pego a su padre y a la villa por la que le contagió unas dosis de querencia proporcionales a las suyas.

Palabras. José Docampo, amante de la escritura, comenzó a trabajar para el periódico decano de la prensa española en 1914 y allí seguiría escribiendo durante más de cincuenta años, en los que fue los ojos y oídos de sus vecinos para después convertirse en altavoz. Ya anteriormente había expuesto la realidad del municipio en El Estradense, El Emigrado y la Vanguardia. Maestro de profesión, encontró en las páginas de periódico la forma de dedicarse a su pueblo y a la literatura.

 A la radio le reservó su imaginación. Xente que vai e ven es el primer libro que Manuel Docampo, con la colaboración de Álvaro Cunqueiro, dedicó a su padre. Por sus cuartillas corretean las palabras que en su día volaron por las ondas. Si la información cumple una función esencial, el entretenimiento tiende la posibilidad de bajarse del mundo por un instante: los cuentos que narró diariamente, entre los años 1960 y 1964, en Radio Estrada para publicitar el comercio local fue la forma más amena e ingeniosa de apostar por su tierra. Pola súa Estrada.

Hechos. Dedicó muchas horas al periodismo pero no fue su única profesión. José Docampo ejerció de cantero, de sastre y de profesor. Es en el marco educativo en el que llevó a cabo buena parte de sus reivindicaciones. Primero, en el año 1933, intervino para que el centro académico de la villa obtuviese la titulación completa, y, cuando éste cerró, participó en la creación del Instituto de Ensino Medio. También en la del Colegio Inmaculada. Enseñaba Geografía e Historia en el aula para, después fuera, dibujar A Estrada en el mapa.

El salto de José Docampo a la política parecía inevitable. Dijo John F. Kennedy que “si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor”. Si Manuel Docampo es el vivo retrato de su padre no cabe duda alguna de que Benito Vigo Munilla no pudo encontrar mejor teniente de alcalde y concejal. Así lo creen también quienes le conocieron. Todo buen liderazgo requiere de su dosis de sensibilidad. Y del dinamismo que Casagrande demostró en tantas ocasiones: fue uno de los fundadores del Recreo Cultural de A Estrada, del que fue presidente durante mucho años, y cofundador de la Masa Coral Estradense.

Hay un episodio de su biografía que hace perceptible la frase de Kennedy. José Docampo fue una de las personas que, en 1962, se comprometió en traer los restos del poeta Xosé Manuel Cabada Vázquez desde Linares (Jaén) hasta la parroquia estradense de Codeseda. Era una de esas personas que aparecen justo donde se les necesita. Este libro recoge sus palabras. Textos comprometidos con su tierra en los que ya se puede entrever que el cronista oficial de A Estrada era un hombre de hechos. De esos que hacen un poco mejor la vida de los lugares en los que residen.

Bienvenidos a un recorrido por A Estrada.

Marina Santaló

Vandalismo

Catedral de Santiago
Catedral de Santiago / Turgalicia

El pasado fin de semana hicimos una escapada fugaz a Valladolid. Una de las visitas la bautizaron unos amigos como la de la no catedral. A pesar de que solo se construyó hasta el crucero y le falta una torre, la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Valladolid es imponente. Uno se la queda mirando como se mira todo lo que no se tiene al lado de casa. Cuanto más lejano, más exótico, a lo próximo se acostumbra la mirada. Pensé en eso el fin de semana como ya lo había pensado visitando el Duomo de Milán. Muy posiblemente tenga más fotografías en la catedral de la capital italiana que en la gallega, quien sabe si volveré, pero cada vez que paso por la plaza del Obradoiro veo como sobrevuelan los flashes y termino levantando la cabeza para admirar el gigante hacia el que peregrinan personas de todo el mundo.

Esta imagen grandiosa se interrumpió hoy. Las personas que atravesaron temprano el casco antiguo compostelano se encontraron con unas pintadas absurdas que buscaban disfrazarse de protesta. La más llamativa de todas, por su ubicación, “yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño” convertía la fachada que esconde la escalinata de la catedral en el folio en blanco de quien no tiene nada relevante que decir.

En la comunicación es tan importante el mensaje como el canal, y la elección del patrimonio de todos para lanzar consignas solo demuestra que la información que se está enviando es lo de menos. No existen diferencias entre escribir “gritaremos hasta quedarnos sin Vox” y pintarrajear una de las figuras de la fachada de las Platerías, como ocurrió el pasado agosto. No se puede ver otra cosa que vandalismo, que un desprecio hacia el legado y la economía de todos. No hace falta disfrazarlo.

Chispazo en Dublín

 

Hay charlas que siempre concluyen con el mismo gesto. Una mano se desliza por el bolsillo en búsqueda del teléfono. Cuando conoces a alguien de quien merece la pena hablar hay una pregunta que apunta directamente a su físico y uno termina antes buscando en sus redes sociales que en describir a la persona. Es tan difícil convencer a nuestros interlocutores de que una persona es atractiva como de que una ciudad merece una visita. Pero lo que no consiguen las palabras tampoco lo logran las imágenes. Lo complicado de describir a alguien está en ese chispazo que se encuentra en la mirada de quien habla. Con Dublín pasa lo mismo. Una fotografía no le haría justicia: la separaría de ese encanto irresistible en el cara a cara.

La capital de Irlanda seduce por su ambiente. No importa que abunden los días grises o que el frío apriete, las calles están repletas de gente sonriente dispuesta a hablar el tiempo que le haga falta al visitante a acostumbrarse al acento. Cuando el sol se pone, las cervezas no dejan de desfilar por las mismas barras en las que distintos idiomas se entremezclan con la música que suena de fondo. Sabemos que es martes pero podría ser viernes. Una rubia y otra tostada, guinness por supuesto, en una de esas mesas que mantienen una estética similar a la de pubs vecinos. Son más de setecientos en la ciudad, pero The Temple Bar se reconoce rápidamente por su fachada roja vibrante y por la estatua de James Joyce que se encuentra en su interior. No es el único compañero, pronto se termina compartiendo mesa.

The Brazen Head, el pub más antiguo de Dublín; y The Church, la iglesia reconvertida en un local que aprovecha la parte superior, junto al órgano, como restaurante son también la prueba de esa conexión que se produce con la ciudad. No es de extrañar que sean muchos los dublineses que se animan a formar parte de City of a Thousand Welcome, la iniciativa con la que los turistas pueden conocer la ciudad de la mano de un lugareño de forma gratuita. Ya lo hacen en los pubs mientras se resguardan del frío.

El encanto de Dublín reside ahí, en el ambiente que le rodea. Vuelvo con imágenes emblemáticas. De Trinity College y su espectacular biblioteca, en la que se conserva el Libro de Kells, la iglesia de Saint Andrew o la Guinness Storehouse. Estampas que la convierten en una ciudad más entre un millón. Son sus puntos fuertes, bien merecen ser descubiertos, pero no consiguen por sí solos esa necesidad de hablar de la ciudad. De escribirle estas líneas. Su encanto reside en esa parte que es más difícil de describir: cuando decidimos que alguien es atractivo lo hacemos desde nuestra percepción. No debería haber nada más subjetivo que las sensaciones que una persona o un lugar nos despiertan. El chispazo lo cambia todo.

Canciones que emocionan

Bohemian Rhapsody
Bohemian Rhapsody

En un año hay muchas canciones, en una vida solo unas pocas. Son las que devuelven a lugares y alteran el ánimo de quien las escucha. Las que pasa el tiempo y siguen grabadas en la memoria como ese ¡Hola, hola! con el que Pepe Domingo Castaño recibía a sus oyentes en la radio y conseguía ponerme la piel de gallina cuando era niño. Es la misma sensación que se produce cuando suenan esos temas que demuestran que no hace falta el factor sorpresa para causar asombro. Es difícil recuperarlos todos para una pequeña publicación pero vamos a intentarlo. Empecemos por el final.

¿Habéis visto la película Bohemian Rhapsody, que repasa, con mayor o menor acierto, la vida de Freddie Mercury? La recomiendo encarecidamente. La última vez que esa emoción recorrió mi cuerpo fue cuando empezaron a sonar los primeros acordes de la canción que da nombre al filme. Mi mente voló a los JJ.OO. de Barcelona 92’. Con Mercury ya fallecido, se recreó su actuación con Montserrat Caballé en Montjuic interpretando Barcelona. Veintiséis años después la potencia del tema me sigue resultando fascinante.

Hay otra canción que no puede faltar en mi lista, Fix You, de Coldplay. Comparte la misma virtud que la de Queen: cuánto más la escucho más me gusta. Y eso tiene verdadero mérito. Tanto como conseguir trasladarme a la adolescencia de la mano de series como The OC.  Sonó en una escena entre Seth Cohen y Summer Roberts y formó parte de la banda sonora de Scrubs, The Newsroom y Cinco Hermanos.

A las canciones que resultan grandiosas por su temática o estilo musical hay que sumarle aquellas que, sin saber muy bien porqué, nos marcaron en algún momento. En mi caso se trata de Sister Golden Hair, de América, que me devuelve a la infancia. Cuido las veces que la escucho, como si con cada reproducción se fuese consumiendo la mecha que la hace especial para mí. Parece que la música te devuelve momentos dentro y fuera de la pantalla. Se empareja sin esfuerzos con todo lo que la envuelve al tiempo que regala nuevos instantes.

¿Y si solo pudiese escoger una? La elegida, sin duda, sería Mama, de Il Divo. No hay en el mundo muestras de cariño suficientes para devolver a las madres todo lo que hacen por sus hijos, pero su carta en forma de canción pone palabras a ese agradecimiento infinito que va en la otra dirección. Es el claro ejemplo de la capacidad que tiene la música para emocionar.

Perderse en Escocia

Abadía de Inchcolm

Perderse. Hay mil maneras de interpretar una palabra. O una única forma que se ve afectada por el contexto en el que se produce. La apreciación varía cuando viajamos y dejamos las prisas en casa: perdernos por los lugares que visitamos es la mejor forma de descubrirlos. Pero toda pérdida implica elegir previamente esos rincones que queremos conocer y reservarles el tiempo suficiente para olvidarnos de la hora. C’est la vie. Incluso la liberación requiere un acto de preparación previa.

Pasamos cerca de 168 horas en Escocia. Los días saben a poco cuando el calendario indica vacaciones. Tachar el primero es ponerle caducidad.

Los alrededores de Edimburgo merecen la misma atención que la capital. Los autobuses salen con frecuencia hacia pueblos como Stirling y St Andrew, en los que sobrevive esa construcción tan típica escocesa: los castillos. Mientras que el de Stirling, donde tuvo lugar la coronación de María Estuardo con solo unos días de vida, mantiene toda su estructura en lo alto de una colina volcánica, del de St Andrew solo pueden verse sus ruinas. Regala, igualmente, una panorámica enigmática en la que el mar del Norte cobra protagonismo. Un pequeño paseo conduce hasta los restos de la catedral que se construyó en honor a San Andrés, patrón de Escocia y de la Iglesia ortodoxa. Todo ello envuelto en un ambiente universitario. Al explorar los caminos de la ciudad aparecen las facultades de la que es una de las mejores universidades del Reino Unido.

No hace falta alejarse de Edimburgo para descubrir otros lugares con encanto. A Dean Village, a las afueras de la capital, se llega dando un paseo. Seguir el recorrido del río Water of Leith es encontrarse con una pequeña aldea en la que viviendas pintorescas se camuflan entre la vegetación. Una vegetación intensa como la que puede contemplarse en mi lugar favorito del viaje: la isla de Inchcolm y su misteriosa abadía medieval. Recuperamos el significado intrínseco de perderse: extraviarse. Basta el primer pasadizo para volver de golpe a la infancia.

Cogimos el barco que nos llevó a la isla en Suth Queensferry. No es un viaje directo. Las embarcaciones se adentran en el fiordo de Forth para ofrecer una panorámica de los tres puentes que conectan Edimburgo con el norte de Reino Unido. Es el ferroviario el que acapara todas las miradas: su imponente estructura roja de vigas en ménsula le valió para colarse en la película Los 39 escalones de Alfred Hitchcock. Perderlo de vista es imposible. Ni cuando el barco se acerca a peñones repletos de morsas. Hace frío.

La última vistita nos llevó hacia el sur. Fue el desplazamiento más largo y no solo concluyó en Inglaterra: nos hizo retroceder hasta el año 122 dC. La montaña rusa en la que se convierte la carretera adelanta que estamos llegando a nuestro destino. Se puede leer Slow en el asfalto. La vía de acceso a Vindolanda, el fuerte romano más espectacular del Muro de Adriano, transcurre por el mismo camino que lo hacía hace 2.000 años. Y, los romanos no eran de andarse con rodeos. Siempre línea recta hacia destino. Pronto divisamos un tramo del muro que ordenó levantar el emperador Adriano para defender el territorio britano sometido de las tribus de los pictos. Un total de 120 kilómetros de muro, con una altura media de cinco metros, que los ganaderos aprovechan para demarcar sus parcelas. Reduciendo su altura se hicieron muchas delimitaciones laterales. Son los vestigios de la Britania romana.

Por el camino hay varias paradas interesantes. A aproximadamente quince kilómetros de Edimburgo se encuentra la capilla de Rosslyn, una de las edificaciones más misteriosas de Escocia por estar vinculada con los Caballeros Templarios y otras hermandades secretas. Su conexión con la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, y el Santo Grial ha multiplicado el número de visitantes. Mientras uno lo busca puede contemplar el mejor ejemplo de piedra tallada de Escocia. Continuando el viaje hacia el sur hay otras dos visitas recomendables: Temple, un pueblo que no llega a los cien habitantes y se oculta entre las montañas, y la abadía de Jedburgh, uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica escocesa. Son, junto a las lecciones, los regalos de la historia. Y Escocia es mucha historia.

No solo los días pasan volando. También las horas. Es curioso ver como al perdernos dejamos de preocuparnos por el tiempo. De perderlo. Las tierras altas y sus lagos quedarán para la próxima visita sin reloj.

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Dominados por el tiempo

sol

Hay conceptos que son eternos. La vida transcurre en paralelo a ellos, tratando de cuantificarlos. Desde los inicios de la humanidad, las personas buscamos un eje que nos sirva de referencia y nos guíe en nuestro paso por la Tierra. Si bien las distintas religiones fueron, y siguen siendo, un pilar referente para ello, el sol, las estrellas y los planetas vecinos también tuvieron gran importancia. El tiempo, tal y como hoy lo percibimos, no es más que un concepto al que el ser humano le dio un sentido. La cuestión es ¿cómo medirlo?, ¿cómo entenderlo?

Los primeros en darle forma a este sinsentido fueron, como no, los egipcios. En lugar de utilizar el actual sistema de medida decimal, se basaban en uno duodecimal muy fácil de explicar: con su dedo pulgar contaban cada falange de los otros cuatro dedos de la mano, que suman un total de doce. De esta manera, atribuyeron al intervalo de luz de un día doce divisiones. Una para la salida del sol, otra para su ocaso y diez restantes que se repartían de forma poco exacta. La noche se dividía, de igual modo, en otras doce horas tomando como referencia las estrellas. Dando lugar así al concepto que hoy entendemos de un día de 24 horas. Y a mí, sin duda, no me llegan.

Como las horas de luz se medían con el reloj solar, estas no siempre duraban lo mismo, ya que dependían de la época del año. Fueron los griegos quienes se propusieron dividir el día en 24 horas exactas, basándose en los equinoccios, cuando el día y la noche tienen la misma duración. Aunque no fue hasta el siglo XIV, después de que aparecieran los primeros relojes mecánicos en Europa, cuando todo el mundo empezó a utilizar este sistema.

Los griegos utilizaron técnicas astronómicas que fueron desarrolladas anteriormente por los babilonios, quienes realizaban cálculos usando una base sexagesimal. Estas técnicas fueron mejoradas para dividir un círculo en sesenta partes horizontales, paralelas y ordenadas, ideando un sistema geográfico de latitud que obedece a la geometría de la Tierra. También idearon un sistema de líneas de longitud que abarcaron 360 grados y que recorrieron el planeta de norte a sur, desde un polo hasta el otro. La primera división llegó a ser conocida como el minuto. La segunda como el segundo.

Hoy en día, la definición estándar de tiempo ya no se basa en la rotación de la Tierra alrededor del Sol, sino en el tiempo atómico. Como curiosidad, en 1998, la empresa suiza Swatch introdujo el concepto de Swatch Internet Time, que divide al día en 1000 beats. La empresa ha vendido relojes que indican el “Tiempo de Internet”, aunque no ha gozado de gran trascendencia.

Egipcios, babilonios, griegos… No importa la época ni el lugar. Nos basamos en el tiempo para ordenar y dar sentido a nuestras vidas. Hablamos de perder tiempo, ahorrarlo o malgastarlo, pero lo único cierto es que no lo podemos almacenar. Y, de momento, también estamos muy lejos de la propuesta novelística de Herbert George Wells, cuando en 1895 ilusionó al mundo con la posibilidad de poder desplazarse a través de él. Aunque algunos lo intentaron, como Marty McFly, a día de hoy sigue siendo una quimera. Siempre nos quedarán los cambios de hora, o no, y aprovechar el tiempo todo lo posible. Cada uno, a su manera.

Alfredo Gómez, un puente entre Cuba y Galicia

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Es primera hora de la mañana y ya son cuatro o cinco cubanos los que han aludido a nuestra fortuna. Es algo así como el Día del puro y se ofrecen a mostrarnos el camino hacia el nirvana por un precio muy inferior al que costaría el acceso al souvernir por excelencia en cualquier otro momento. Es una casualidad imposible de esquivar: ya lo fue ayer y lo volverá a ser mañana. La suerte, en La Habana, aparece en cada esquina, y se multiplica en el Parque Central, a unos pasos del edifico al que nos dirigimos. A pesar de encontrarse junto al Capitolio, el Gran Teatro Nacional Alicia Alonso es una de esas construcciones que se quieren analizar desde todos los ángulos. Hay uno que acapara nuestra atención: se erigió para acoger la sede del Centro Gallego en la Habana, entidad que sigue ocupando un espacio importante dentro del edificio.

Su presidente, Alfredo Gómez Gómez, nos abre la puerta a la historia de los gallegos emigrados a Cuba. Lleva dos tercios de vida al otro lado del Atlántico, pero no ha perdido eso, tan de su tierra, de responder con una pregunta. “¿Dé dónde soy? A ver si lo adivináis, crecí donde la catedral se apoya encima de cuatro nabos”. Habla de Lugo, para luego detenerse a 45 kilómetros, en Becerreá, donde vivió hasta el año 57, cuando concluyó el servicio militar y decidió emigrar. Tenía 27 años. “España estaba muy empobrecida. Galicia, por su parte, era un región preciosa, pero con poquísima industria. Todo el mundo intentaba marcharse para crear riqueza”. Acostumbrado a estar rodeado de gente, en su casa convivían diez personas, inició un largo viaje en solitario. En Cuba le esperaba su tío.

Hay una palabra que no tarda en salir en la conversación. Morriña. Alfredo Gómez no solo responde con algún que otro interrogante, también describe este sentimiento a la perfección. Escritor por vocación, le ha dedicado varios poemas de gran belleza. Sabe bien de lo que habla. “Desde que existe el mundo, las personas que emigran no dicen la verdad. Escribes a tu casa, a tu familia, contándoles que estás bien. Pero lo que realmente sientes se queda contigo. Te invaden los recuerdos de la niñez, en tu tierra y con tus seres queridos, pero te los guardas para ti. Omites todo aquello que pueda entristecerles”. Siente un enorme cariño por la que ahora es su tierra –“el pueblo cubano lo merece”, asegura- pero vuelve a casa cuando puede. A una casa y a unas fincas que ahora están abandonadas. “Cuando una tierra produce, no necesita importar. Cuando una tierra produce, crea puestos de trabajo”. Alfredo lo tiene claro: el rural gallego es un mundo de oportunidades al que no se le está sabiendo sacar rentabilidad.

Sentado en su despacho, frente a la biblioteca que lleva el nombre de Fraga, habla también de las oportunidades que encontró en Cuba. Y de las que se desvanecieron. “En el año 60 ya tenía un negocio propio, una tienda de víveres”. Cuando lo intervinieron, continuó trabajando por un salario fijado por el Estado. Dejó de ser su supermercado. Ocupó también cargos administrativos: secretario general del sindicato, elegido por los trabajadores; y juez lego de un municipio, para resolver sanciones de tipología exclusivamente laboral. En paralelo, su vínculo con el Centro Gallego de la Habana, una institución que cuenta, actualmente, con cerca de 2.030 socios de número. Lo que supone una atención a 9.000 personas aproximadamente. “El reglamento de la sociedad dice que, cuando el asociado tiene menos de 45 años y lleva dos o más años inscrito, ampara a sus padres, cónyuge e hijos de catorce años o menos”, explica.

La cifra de socios puede no parecer elevada. Y, si se compara con la de antaño no lo es. Ya lo adelanta Alfredo antes de bucear en los números. “Se redujo mucho porque las cosas tornaron, la gente ahora no viene, se marcha. Los que quedamos, somos mayores”. Pero, la sociedad más antigua formada por gallegos fuera de Galicia tuvo un gran poderío económico e hizo menos amarga la emigración a miles de personas. Hay que retroceder hasta el año 1871 para conocer su historia: se fundó nada más y nada menos que el 31 de diciembre, con el objetivo de ofrecer su ayuda a los recién llegados que no dejaban de llegar. “Viajaban a Cuba en barco, muchos como polizones, y eran retenidos durante cuarenta días en el Centro de Internamiento de Triscornia, el equivalente a las isla de Illis, en Nueva York, por si padecían enfermedades infecciosas. La función de la sociedad era sacar de allí a todos los gallegos e instalarlos en hoteles con todos los gastos pagados, con la condición de avisar a las autoridades cubanas si enfermaban”.

Con la Sociedad de Beneficiencia de Naturales de Galicia como base, en 1879 nace la idea de constituir el Centro Gallego. La entidad compró el Teatro Tacón, construido entre 1834 y 1838 por encargo del gobernador Miguel Tacón, para derribarlo y darle nueva forma: las primeras piedras, como símbolo, se llevaron a La Habana desde Pontevedra. La inauguración fue en 1915: desde entonces fue ahí, al otro lado del Atlántico, donde cogieron forma algunos símbolos clave de la Galicia actual. Las partituras originales del himno gallego están guardadas en este centro, donde se entonó por primera vez. También la Real Academia Galega se constituyó en La Habana. Y el periódico Ecos de Galicia. Hay veces que hay tanto dentro de la tierra como fuera. Con la morriña pasa como con el amor: es realmente fuerte cuando uno, además de sentir, demuestra. Bien lo sabe Alfredo Gómez, que escribe a su tierra como ya antes lo hicieron otros. Y dedica, con toda la amabilidad del mundo, el tiempo que haga falta a sus paisanos.

Mientras busca la documentación en la que se recogen los datos que permiten hacerse una idea del poderío económico del que gozó la entidad, conversamos de la política española. Alfredo sigue la actualidad de cerca, y habla de ella con más soltura que de la cubana. Lanza una queja. Es por uno de esos derechos que se conceden en la teoría pero no en la práctica: “Pedimos el voto pero cuando llega ya han pasado las elecciones. Lo normal en otros países es acudir al consulado, pero en el caso de España el voto rogado complica muchísimo el proceso”. Como emigrante, siente ver las oleadas de personas que corren hacia Europa y lamenta no divisar una solución viable: “Es lógico que la gente quiera emigrar pero España tiene una de las tasas de desempleo más alta de la Unión Europea”.

Los datos ya están sobre la mesa. Nos quedamos con uno. En la primera mitad del siglo XX, entre los años 1900 y 1950, las remesas de dinero enviadas a Galicia desde Cuba ascienden a más de 216 millones de pesetas. Lo equivalente a 1,3 millones de euros. “En aquellos años era muchísimo dinero”. También elegimos una declaración final. “Para poder hablar de Galicia hay que conocer la historia de esos hombres y mujeres que dejaron su tierra sin saber leer ni escribir. Que se despidieron de sus familias para luchar por un futuro mejor. Y que, cuando lo lograron, aquí y en otras partes de América, se acordaron de las personas que habían dejado al otro lado del Atlántico y que no tenían nada. Lo que es hoy Galicia se le debe, en gran parte, a las personas que se fueron”.

Llega la hora de despedirse. El final de la conversación transcurre mientras caminamos por la calle San José. Alfredo Gómez volverá a su despacho por la tarde. A una entidad que se organiza a través de cuatro comisiones principales y para la que ha escrito muchas de las conferencias sobre la historia de Galicia y de personajes como Concepción Arenal que imparten. No les faltaba razón a los cubanos. Estuvimos de suerte. Por encontrarnos a Alfredo disponible y dispuesto a divagar por la historia de La Habana más gallega.