Réquiem por el comercio local

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La imaginación mueve el mundo. Lo impulsa. El paso previo a cualquier avance es haberlo soñado antes. “Imagine all the people sharing all the world”, que cantaba John Lennon, pone sobre la mesa un escenario. Igual que lo hizo Clara Campoamor al defender el sufragio femenino. Lo mismo pasa con los viajes en el tiempo, esos que catapultaron películas como Regreso al futuro, y que nos muestran hacia donde no queremos ir, alertando sobre futuros nada deseables como el que dibuja V de Vendetta. Imaginar también es eso: viajar hacia delante para volver al presente y elegir el camino a construir.

El comercio local grita que se muere. Y no puedo imaginarme mi ciudad sin algunos de sus establecimientos. O, quizás puedo, y ahí surge mi preocupación. Me gusta la mercería de mi calle, en la que conocen mi talla mejor que yo. Nada más entrar por la puerta, si es invierno, me reciben con las distintas opciones de calcetines abrigosos sobre la mesa: los pies fríos no se curan de un año para otro. Valoro los consejos de esas tiendas en las que, a pesar de tener espejos inclinados, para hacerte más alta y delgada, te dicen cuando algo no te favorece. Uno también va por eso: para que le digan las verdades a la cara. Se llama confianza.

La lista es larga. Mi abuelo no tiene que pedir el periódico y eso que ha cambiado de cabecera con frecuencia. En la librería, saben que va a leer el que escriba su nieta. También conocen que en total tiene cinco nietos. Y un comercio, con más de cien años de vida y desde el que vemos la cabalgata en Navidad, al que acuden a comprar sábanas y manteles. Juntos, el librero y él, mueven la economía: con lo ganado van al bar. La vida son dos días. Y, cuando uno puede, vive. La ferretería, la panadería, la tienda de decoración… lo que está en juego no es un negocio que no funciona, es el espacio social. Si, como decía Aristóteles, “el hombre es un ser social por naturaleza”, vamos a seguir necesitando que las interacciones fluyan más allá del Whatsapp. Salir a la calle, solo por el placer de hacerlo.

Las ventas a través de Internet superaron en España los 30.000 millones de euros en 2017, lo que arroja un incremento del 25,7 % con respecto al ejercicio anterior. Los datos de la Comisión Nacional de los Mercados y Competencia sobre el comercio minorista son positivos pero la distancia que lo separa es inmensa: continúa teniendo un peso considerable en la economía pero el crecimiento fue de un tímido 1,2 %. La Red ofrece un sinfín de posibilidades, ya nada es exótico ni lejano, salvo el vecino al que tenemos el riesgo de dejar de conocer. Y ahí es donde vuelve a entrar en juego la imaginación. Conociendo el escenario se pueden dibujar las medidas que reactiven un comercio que tiene que abrazar, fuerte, la innovación. A la velocidad que gira el mundo puede que no tardemos en hacer realidad esos viajes en el tiempo que tantos años llevamos relatando en la ficción. Puede que, también, David y Goliat no sean incompatibles.

Perú: de Cuzco al Valle Sagrado

Cuzco, Cusco
Plaza de Armas, Cuzco

La tarde sobre los tejados cae y cae… ¿quién le dio para que viniera alas de ave? Sin alas no hay cielo, y Cuzco casi lo acaricia. Cualquier otra opción se vuelve eterna: el recorrido por tierra, desde Lima, no baja de las veinte horas. Nuevamente, el dilema del camino: desandamos lo andado para sobrevolar un paisaje que invita a custodiar la ventanilla. Aunque sea desde el pasillo. Picos y más picos de montañas desnudas en las que se entremezclan los marrones dan forma a la nada. Se ven con nitidez; si el avión asciende, parecen acompañarlo. Una hora después, es preferible no correr: cansa el doble.

El mate de coca se convierte en aliado. También las pastillas con las que hacer frente al soroche. El mal de altura no fue una invención para intentar frenar la conquista española, cuya pegada no se ve solo en la lengua: plazas y edificios coloniales hacen de Cuzco (o Cusco) una de las ciudades más bonitas de Perú. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983, se vio afectada por un terremoto mucho antes: fue en 1650 cuando quedó constancia de que los incas sabían bien donde vivían. Los cimientos de sus construcciones se mantuvieron en pie. Otra certeza: llegada la invasión, fueron fieles a su cultura. Es Germán, compañero de viaje durante dos días, quien desvela secretos como los que se ocultan tras los cuadros de la imponente catedral: las santas no son santas sino montañas, dibujadas con cuerpo triangular; la réplica de la Última Cena incluye un conejillo de indias (o cuy) en los platos; y ni rastro de Judas. En el que debería ser su rostro, puede intuirse el de Pizarro. Ante la obligación de pintar, optaron probablemente por la mejor opción: dar rienda suelta a la imaginación.

Fortaleza de Sacsayhuamán
Fortaleza de Sacsayhuamán

Precisamente, de imaginación hay que nutrirse para comprender como movieron y encajaron los bloques de piedra que conforman Sacsayhuamán. Compuesto por pedruscos que alcanzan los cinco metros de altura y 350 toneladas de peso, acoplados de tal forma que los cronistas españoles aseguraban que entre las uniones no se podía introducir ni siquiera el filo de un cuchillo, este espacio militar podría haber refugiado a toda la población de Cuzco en caso de necesidad. La construcción sigue siendo impresionante, pero ya no es lo que era: como en tantas otras ocasiones en otros tantos lugares, las piedras de esta fortaleza fueron utilizadas como cantera para otro fin, construir edificios en la ciudad.

Camino al Valle Sagrado

En las cercanías de Cuzco pueden visitarse también las ruinas de Tambomachay. A partir de ahí, uno se aleja del ombligo del mundo, para adentrarse en el Valle Sagrado. Si en Europa, todos los caminos llevan a Roma; Cuzco se ganó este sobrenombre por la inmensa red de caminos que le unen con buena parte de América del Sur. El recorrido escogido no pudo ser más acertado: El mercado de Chinchero, conocido como la cuna del arco iris, el laboratorio agrícola de Moray, las salinas de Maras y la ciudad inca viviente de Ollantaytambo van preparando al viajero para Machu Picchu. Es difícil elegir cual de estos lugares es más encantador.

Si la construcción de Sacsayhuamán ya parecía imposible, la fortaleza de Ollantaytambo, punto estratégico en las comunicaciones del reino inca y puerta de entrada, aún hoy, a la ciudad perdida, se eleva sobre el pueblo en una construcción de vértigo. Hay que subirla para conocer sus secretos y disfrutar de las vistas: la percepción del pueblo cambia al verlo refugiado entre las montañas. También se divisa con mayor claridad el templo del sol. A la misma altura, justo enfrente, seis monolitos fueron diseñados para reflejar los rayos del sol naciente. Se encuentran perfectamente alineados. No muy lejos, Moray y Maras muestran unos encantos diferentes y las mejores imágenes de los Andes. Ya no se siente la brisa del Pacífico. Este Perú tiende al marrón y despierta una de esas valiosas cualidades que dicen que se pierde con los años: la curiosidad. Por los incas, y todo los que los rodeaba.

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Lima, el bullicio del Pacífico

Perú: Lima, el bullicio del Pacífico

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Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. El tiempo, al igual que el dinero, es limitado. Hay que tomar decisiones, sinónimo, a veces, de complicaciones, que determinan los pasos a dar: una vez elegida la ruta solo queda disfrutarla. Como en la vida, cada parada cuenta. La primera huella en Perú deja olor a mar y el recuerdo de la placidez de quien se queda embobado mirando al infinito y jugando a acertar el punto exacto al que uno llegaría si se lanza a nadar en línea recta. Ya estás en Australia, pasando por la República de Fiyi. Nada viaja tan rápido como la mente. Y la paz que produce mirar como rompen las olas es un estímulo maravilloso.

Uno llega a Lima obligado. El aeropuerto Jorge Chávez, que recuerda al piloto peruano y ese viaje que le costó la vida y le convirtió en el primero en cruzar los Andes por el aire al mismo tiempo, es la gran puerta de entrada al país. Y de salida. No hace falta más que fijar un nuevo rumbo, pero no es recomendable hacerlo de inmediato: La Bajada de los Baños, desde Barranco hasta el mar, es, gracias a las casas que la flanquean, tan atractiva como el paseo por los acantilados de Miraflores. Donde parques como Amor, con su serpenteante banco de mosaicos y escultura de David Delfín, acompañan a un recorrido que parece no tener fin. De fondo, el Pacífico. Y la gigante pared rocosa que lo separa de la ciudad y produce esas imágenes que hacen de la capital peruana un lugar azul.

“Levante la mano del claxon”. No todo es tranquilidad. Los carteles son explícitos pero solo quien tenga una experiencia previa conoce si son de utilidad. “Los bocinazos impacientes de un tráfico vespertino y perdido en las caóticas rutas siempre improvisadas” que describe Eduardo Benavides en El año que rompí contigo hacen sospechar que no solo se apaciguó el país. Los bocinazos, sin embargo, siguen siendo parte de la melodía de la ciudad. También el caos. Cuatro ojos son mejor que dos para cruzar esas calles que transcurren entre la plaza Mayor, donde Francisco Pizarro fundó la ciudad y se encuentran edificios tan importantes como el palacio arzobispal, la catedral y el palacio de gobierno; la plaza San Martín, que conmemora la independencia de España y abriga la estatua del liberador, el general argentino José de San Martín; y el complejo colonial de San Francisco, decorado por los mejores artistas de los siglos XVI y XVII. Miraflores, desde el parque Kennedy hasta al complejo de Huaca Pucllana, es otro buen lugar para perderse. Ya eres parte de ese caos que todo lo envuelve. Para recorrer parte del camino que queda atrás hay que, en algún momento, rendirse a él: 2.672 kilómetros cuadrados y más de nueve millones de habitantes complican la vida en tranquilidad. Pero, siempre quedará el Pacífico. Cerrar los párpados  y sentir la brisa del mar.