Domingos

Playa de A Lanzada

Si alguna vez me suicido será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o las diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo. 

Es domingo y mi última adquisición literaria me lleva a abrir en numerosas ocasiones la libreta en la que anoto esas frases, que siempre son versos cuando es Mario Benedetti quien escribe, sobre las que divagar e inspirarse en días holgazanes. Las palabras ofrecen la complicidad de saber que otros ya sintieron lo que uno siente y que les supusieron quebraderos de cabeza suficientes como para definirlo mejor.

Los tesoros que ahora encuentro en Primavera con una esquina rota derivaron en un repaso de los de La Tregua y de todas esas sensaciones que vinculan a los domingos. Son como la Navidad. Se pueden hacer tantas cosas, además de dormir la moña, como recrearse en las que ya no se vivirán. Es terrible pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque lo fuese, y ansiar el comienzo de la semana. Ya lo anunciaba un letrero bien vistoso en mi primer trabajo: si eres feliz un lunes eres imbécil.

Salgo de casa entre bostezos. Este domingo es de los buenos, brilla el sol y hace un calorcito que sería una pena desaprovechar. Dudo hacia dónde dirigirme y sin darme cuenta termino en la playa de A Lanzada. Calzado fuera, pies al agua. Son los del otro lado del charco quienes deberían hacerse publicidad gritando Galifornia. El verano todavía queda lejos pero la arena es ya testigo de que hay ganas de playa y de paseos.

De pequeño uno se entretiene tirando de imaginación. Mirar al cielo y descubrir animales en las nubes es la primera pista para aprender que variando el ángulo se encuentran nuevas perspectivas. La infinidad de huellas yendo y viniendo por el arenal son el reflejo de ese tráfico de gente que pasa por nuestras vidas. Personas con las que no nos llegamos a cruzar o que pasan de largo y personas con quienes compartimos parte del camino.

No tengo muy claro cuánto hay de azar y cuánto de elección. Quiero creer que escojo mucho más de lo que realmente lo hago y pienso en las personas con las que habría estado bien que el recorrido fuese más largo y si quedó algo en mi mano por hacer. Pocas cosas me parecen más difíciles que saber diferenciar entre si uno está haciendo lo suficiente o si está haciendo demasiado.

Cuando no se sabe hacia dónde seguir puede que se termine en otra parte. Es posible, también, que haya varios lugares en los que estar bien. La zona del Aldán es mi otro sitio favorito de las Rías Baixas. Acabar la jornada playera en el chiringuito de A de Diego es algo que repito todos los años, y ya empiezan a ser unos cuantos los que tengo. Descubrí este domingo, ya más nublado, que tras medio siglo de historia el local ha cerrado sus puertas a causa del remate de concesión portuaria.

No habrá más xureliños, ni pulpo con cachelos ni pimientos de padrón con vistas a las islas Ons y al parpadeo de un faro que iluminó tantos atardeceres. Da miedo estar haciendo algo por última vez y no saberlo. Dudo en cuál fue mi última visita y con quién. El que empezó siendo un punto de encuentro familiar se convirtió en el lugar del que presumir con personas importantes. De esas que, a veces, como A de Diego, se van sin darnos cuenta y dejándonos un vacío que ni otros chiringuitos ni otros compañeros de viaje pueden llenar.

De entre todas las últimas veces inesperadas, siempre hay algún hasta pronto atravesado, que se cree o se quiere creer y trae consigo cicatriz. Nada es tan nuestro como lo que dejamos en libertad y no se va y nada dice tanto de alguien como su forma de marcharse. De seguir por otro camino. Solo hay una partida peor: en la que las huellas ya no van en ninguna dirección. Retomando a Benedetti, nadie nos advirtió que extrañar es el costo que tienen los buenos momentos. Lo difícil no son los domingos, sino la nostalgia para la que tenemos menos tiempo en los días frenéticos que componen el resto de la semana.

El reto del café

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Un pequeño giro de los pies hacia la derecha y después todo recto durante algo menos de cinco minutos. El primer desplazamiento del día acostumbra a llevarme hacia el bar en el que tomo café con leche grande y tostadas con mantequilla y mermelada de melocotón para acompañar la lectura del periódico. En papel, no en el móvil, las noticias se leen con la pausa que permite acariciar las palabras y alejarse de la distracción que llevamos en el bolsillo, que, no es otra, que toda nuestra vida dando tono sin descanso. No solo se me conquista por el estómago.

Sigo siempre el mismo orden. De internacional a local porque el mundo se ve de fuera para dentro: nos fascina lo lejano pero es en lo propio donde residen las preocupaciones más inmediatas. Antes de devolver cada página a su sitio y cerrar el periódico, me detengo ante un espacio que hace poco ha cautivado mi atención, los pasatiempos. Tanto el autodefinido como el crucigrama están siempre cubiertos, a tinta azul, sin titubeos ni tachones, como quien camina por el mundo con la certeza de no estar equivocándose. Repaso las casillas en busca de una letra hábilmente reconvertida en otra. Nada, día tras día, ningún atisbo de error.

Canasta que usan los pescadores para guardar sus aparejos. Albarsa. No puedo evitar preguntarme si será siempre la misma persona quien rellena las casillas y si ese hacer tan impecable se trasmite a sus demás facetas. Por lo pronto madruga lo suficiente como para no cruzarnos. Seguro que va a correr primero y de ahí tanta lucidez. Empiezo a tenerle la manía que se tiene a las personas que queremos ser. Repaso las palabras que adivinó antes que yo y llegan los tropiezos. Me levantaré más temprano. Ya no quiero leer historias ni saborear tostadas. Doblo la esquina de mi calle hacia la derecha con un bolígrafo en la chaqueta.

Es un señor mayor, de unos ochenta, con gafas estrechas y de patillas finas, que se envuelve cada mañana en una bufanda y una boina que siempre combinan entre sí. En el bar fueron pragmáticos y ahora compran dos periódicos idénticos: vamos a la misma hora y competimos por ver quien concluye antes. Quien acaba los pasatiempos primero, pero acabándolos bien. Y es que no debería haber, en la vida, otra forma de finalizar. Me lo dice él, que sabe mucho más de todo, pero que en esta ocasión ha hecho un tachón para que yo no me preocupe por los míos.

Pescando momentos

Pesca en Estambul

Podría decirse que, a primera vista, es una escena de perfecta convivencia. Los ferris cruzan el Bósforo, entre Europa y Asia, y buques de todas las dimensiones atraviesan los treinta kilómetros que componen la única vía natural navegable entre ambos continentes. Mientras tanto, intuimos, que son miles de peces los que también exploran el ancho y el largo del que es tu lugar favorito en el mundo. Estoy seguro de que lo seguiría siendo si hubieras salido de Estambul.

Lanzas la pregunta y yo la recojo como la llevo recogiendo tantas tardes, con una mezcla de desconcierto y fascinación. Aprendí a escudriñar aquello que nos rodea, a llevarlo a debate perpetuo, gracias a esa querencia tuya de hacerme contestar a cuestiones para las que nunca tendré más que respuestas improvisadas.

Más barcos o más peces fue, en esta ocasión, la incógnita a resolver.

Alrededor de 45.000 barcos en el último año. Crecimiento sin parangón. Quizá no sea de extrañar que se quiera abrir un canal artificial. ¿Cómo saber cuántos peces le hemos arrebatado al mar?

Lo más difícil  de escribirte, papá, es elegir la conjugación verbal adecuada. Me inclino por el presente, borro, reescribo en pasado, y vuelvo a evidenciar que quiero leerte esta historia como si estuviera sucediendo mientras hablo. Sustituir los nuevos días por aquellos en los que fuimos felices: transitar por cada recoveco de tu vida para escoger momentos y teclearlos.

Siempre te fascinaron la pesca sostenible y el mar. Tenías una caña en la mano cuando me ofreciste tu respuesta. Erase una vez, dijiste, tan dado a los buenos principios para conseguir mejores finales, bancos de peces aleteando desde el Mediterráneo al Mar Negro para criar en sus profundas y saladas aguas y gente caminando sobre ellos para desplazarse entre ambas orillas. Yo era adolescente y escuchaba mientras mis ojos se desviaban hacia el cubo en el que apenas había una caballa. El lüfer, o pescado azul,  sigue siendo la especie más valorada del estrecho. Es lo único que pervive de la vieja leyenda.

Me resulta difícil continuar con la historia. Me deshago en halagos a los paseos en el embarcadero de Üsküdar, que tantos buenos atardeceres regala cuando el sol se baña en el Mármara para continuar su camino hacia el oeste, y de la lonja de pescado en la que nosotros vendíamos y otros compraban. La parte técnica se me torna, en cambio, complicada. Leo de pesca. Páginas y páginas. Me pierdo. Hay la técnica del spinning, del surfcasting, del jigging y del curricán. También la pesca a mosca. Ansío que la historia que cuento sea real. Ahora que casi no estás no me perdono las excusas y haber dejado de acompañarte demasiado pronto.

 

 

 

 

Mi cita turca

Globos de Capadocia
Foto de Claudia Ernica Vogel

La primera vez que lo vi eran las cuatro y media de la madrugada. Era verano, pleno mes de julio, pero hacía un frío de esos que, a pesar de no calar hasta los huesos, se mete en el cuerpo y deja a uno trastocado. Un fresco que iría despareciendo con la salida del sol hasta regalar un caluroso mediodía en el que las cazadoras daban paso a los sombreros. Pero, eso, es anticiparse: en nuestro primer encuentro tuve que recurrir a la linterna del móvil, bendito invento. La noche lo difuminaba todo, obligando a plegar bien los párpados, a hacer un esfuerzo con el que encontrarle en el medio de lo que diría que es la nada.

Era una cita concertada. Me dijeron hora y lugar y allí me planté, con cara de sueño pero entusiasmada. Sería injusto no reconocer que no fui a ciegas porque a ciegas ahora no se va a casi ningún lado: a los comentarios asegurando que sería el encuentro de mi vida le siguió el material gráfico. Fotografías y vídeos. Vídeos y fotografías. Una espiral de tentaciones que, sin dejar de girar alrededor del centro de la racionalidad, te aleja de ese punto de partida en el que el homo sapiens piensa.

No fue un flechazo, ya estaba advertida de que la magia tardaría unos minutos en aparecer. Quedamos a oscuras para descubrir lo bonito que es ver amanecer. Lo vi inflarse poco a poco, convirtiéndose en lo que me habían asegurado. Con el fuego los colores de mi cita empezaron a cobrar intensidad y, en el ambiente, la excitación vino de la mano de los nervios. Quien lo hizo lo recomienda: volar en globo es la atracción turística más importante de Capadocia. Paisajes de cuento, como las chimeneas de hadas, dan forma a la nada tan pronto el amanecer ilumina esta región de Anatolia Central de Turquía con tonos rojizos y rosáceos.

Los globos aerostáticos no despegan, se elevan. Lo hacen lentamente gracias a una mezcla de aire frío y caliente. Tan pronto el aire del interior de la vela se calienta para que sea menos denso que el del exterior, el globo inicia un recorrido que nunca se repite. La dirección la determina el viento y la hora de viaje se hace corta. Con la distancia, la perspectiva, y a la hora del descenso ya no importa que haya que agarrarse fuerte a las cuerdas de la cesta, que termina directamente en el remolque en el que transportarla. Apretar y mirar son la mar de compatibles cuando uno permanece hipnotizado. Al momento, todos felices en tierra firme, con botella de champán y un diploma para presumir.

La fotografía de este post es, sin embargo, cedida. Tampoco hay diploma alguno. Llegué a la cita puntual, pero solo pude imaginar cómo sería lo que no llegó a suceder. Cómo tendría que haber sido. La magia estuvo ahí hasta que dejó de estarlo. El globo se fue inflando con la ilusión de los presentes, recién levantados y acomodados a su lado, pendientes de algo que se nos escapa de las manos. Finalmente sopló. No mucho. A poco más de nueve kilómetros por hora. Lo suficiente para vivir el proceso de hinchamiento a la inversa y quedarnos compungidos viendo un amanecer que también es fantástico desde lo alto de Göreme.

Sonrisas de Instagram

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Viajar a Marte

o al cuarto de la plancha.

Pero contigo.

Los versos no eran suyos, sino de Luís Alberto de Cuenca, pero no importaba. Propios o ajenos, sonaban igual de bien al otro lado de la pantalla. Tampoco estaban en el cuarto de la plancha, pero seguro que la habitación del hotel en el que se alojaban, allá en el otro lado del mundo, su mundo, tenía uno con el que lucir camisas impecables. A juego con sus sonrisas.

Ver vidas ajenas es, a veces, desolador. Uno tiende a comparar, a buscar relaciones de semejanza pero solo encuentra diferencias. Se confrontan victorias con derrotas, sin definir que son las unas o las otras. La elección de los elementos a hostigar puede impregnar la balanza de irrealidad.

Me mostraron la fotografía feliz y después los versos. Con el calor que hacía, mis ojos se fueron directamente hacia la piscina. Tenía vistas al horizonte, a esa fina línea en la que el mar acaricia el cielo y regala una combinación de azules que invita a contemplar el agua de cerca. Y a meter en ella los pies. Es solo en la orilla, con la proximidad que concede, cuando torna transparente. Nuestros ojos perciben la luz en función de cómo la absorben los cuerpos que miramos de la misma forma que ese ente infinito que es Internet difumina realidades.

Es disparatado resumir una vida en tres versos.

Conversas no tren 3

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De volta a casa, o corazón láteme a mil por hora. Saúdo a Carlos e vou directa ó escritorio para dar xeito ós renglóns que fun escribindo no traxecto de volta. Foi a primeira vez que me puxen os cascos co firme propósito de illarme do mundo. De tanto buscar ás musas parecía que rematara por atopalas. Vaia subidón de enerxía. Dixen non a saír. A ver unha película. A cear algo que levase máis tempo ca un minuto de microondas. As normas na casa son claras. Se un cociña, o outro frega, e eu só quero ver como a historia que se me escorrega entre os dedos ó teclear cobra vida propia.

Chego a un punto. Debería ser un punto e aparte. O principio dunha nova acción, o comezo do final. E non o teño. Invéntome a vinganza? Estou en branco. Comprobo o último apuntado e véxoo claro: teño que aparecer nesa cea para poder darlle ó relato o final que merece e saciar toda esta curiosidade que me ten o estómago revolucionado. Engano a Carlos. Faltarei ao encontro de Nadal dos seus amigos para escabulirme no duns descoñecidos. Non podo dicirlle a verdade. Asómase ó portátil. Péchoo. Mañá será outro día, e terei que achegarme á casa na que está previsto o encontro para estudar de que xeito podo saber o que sucede no seu interior. Quizá teña razón o meu noivo e comezo a tolear.

Estou comesta polos nervios. Apostei por vestirme de negro de arriba a abaixo. Era iso ou a miña querida gabardina da cor das abeleiras que case me chega ata os pés. Vin demasiadas películas de detectives cando era unha nena. Aparquei nunha rúa paralela á vivenda, unha casa de dúas alturas con paredes brancas medio esfareladas. Comezo a pensar que estar aquí non foi a mellor idea da miña vida. Procuro un libro ou emocións? Estou a piques de volver pór o coche en marcha, pero unha atracción inexplicable lévame ata a porta. Pego a orella, hai un silencio absoluto, tampouco vexo luz a través das xanelas. Ó apoiarme na porta, ábrese. Non parece haber ninguén no interior. Agora comprendo porque o chaman amigo invisible. Dubido. Entro. Non entro. Entrei.

Unha lousa. E escrito a man: “Iván, estamos abaixo”

Contei cada chanzo. Foron un total de dezasete. Dende o soto a vivenda parece igual de baleira. Hai unha porta ó fondo, é a única opción posible, tiro do tarabelo. O aviso non era para Iván, pero aínda tardo uns minutos en caer na conta. Iván atópase no interior do habitáculo, anoado a unha cadeira e amordazado. Deben ser os bos os que aparecen sempre atados porque non dubido en lanzarme ó rescate. Outra idea nefasta. E van moitas en pouco tempo. A porta pecha tras de min e escoito pasar a chave. Estou arrepiada. Tremendo. Non lle dixen a ninguen a onde viña. Só ó comezar a respirar vexo que hai un sobre branco enriba da cadeira. Ábroo.

“Hai outra chave no baúl. A cea é mañá, goza escribindo, de nada”

Non volvín velos. Ó saír, correndo, xa marcharan da casa ou permanecían agachados nalgún lugar. Comecei a gastar o diñeiro destinado ó tren na páxina web na que agora amoso ó mundo o meu traballo. As miñas historias. Esta é a primeira e non sei se atinarei co final, pero imos intentalo, aposto a que Tamara non era a moza da fotografía nin a protagonista dos ruxerruxe. Por iso, Iván e Manuel, este relato está dedicado a vós en exclusiva. Estou segura de que conseguistes volver mangonear ós vosos amigos e a aprobar a oposición. Grazas.

Conversas no tren 2

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Tiven que agardar polo novo luns para seguir afondando nas súas vidas. Son opositores e van cantar os temas á academia co comezo da semana, pero a cabeza téñena noutra parte. Nesa celebración que xa está a chegar. Hai menos movemento do habitual no tren e opto por seguilos ata o vagón catro. Sento xusto diante e comezo a tomar apuntamentos dos seus agasallos. Gústame. Rinse de todo. Deles mesmos o primero. Iván, que ten unha voz moi radiofónica, fala de cando o ano pasado agasallou ó seu amigo invisible un corno de reno. Non só foi unha chiscadela cara ao nadal.  Era sobradamente coñecido que a noiva do amigo, agora ex, paseara o seu novo amor moito antes de que rematase o anterior.

  A foto acaramelados igual xa foi pasarse

  Nada como ver a realidade de fronte. A rei morto, rei posto

  Ó final había oculta unha boa intención

  Vas falar ti, dez tabletas de turrón de chocolate a un tipo que está a dieta e que boa falta lle fai

  Boa conta lle destes todos, deberías estarme agradecido

Xa non disimulo. Escoito libremente e miro á miña contorna. Os demais viaxeiros tamén estarán coa orella posta? A meirande parte parecen absorbidos polos seus teléfonos intelixentes. Perdemos a cobertura cada tres minutos pero, aí os tes, buscando entretemento na outra banda da rede. Queremos tempo libre para enchelo de quefaceres. É o terror do silencio. Os meus amigos baixan na mesma parada ca min. Botarei toda unha semana sen velos, paréceme unha eternidade.

Busco ao Zipi e o Zape pola estación. É luns 24 de decembro e a gran noite debe estar ó caer. Pregúntome cantos capítulos perdín durante estes días e se Iván xa convenceu a Manuel para que lle revele o nome do seu amigo fantasma. Non aparecen. Descansarán en Noite Boa? Non é ata que o tren se detén cando comprobo que, no fondo da plataforma, Manuel fala cunha lisísima melena castaña. Resúltame familiar. Corro cara eles pero xa polo interior do tren. Están nos últimos dous asentos do derradeiro vagón, busco a praza libre máis próxima e acomódome. Desexo que a viaxe sexa longa; a moza da cabeleira interminable é Tamara. Lonxe de Felisa non protesta.

A situación descolócame. Xuraría que en todo este tempo que levamos coincidindo non vin un chisco de complicidade entre ambos e, así e todo, parecen máis que coñecidos. Ó chegarmos a Vilagarcía queda libre un asento máis próximo. Non o dubido, é o momento de acurtar distancias.

  Podo contar contigo, vas axudarme?

  A cea é o vernes, non temos moita marxe para andarmos con historias

  Entón é un problema de tempo ou de vontade?

  Penso que igual é mellor que pases páxina

  O teu amigo Iván foi un cabronazo, sábelo ben

O revisor non puido ser máis inoportuno. Tendinlle o billete case sen miralo e non lle debín parecer moi amable. Rifa á vista. A piques estivo de facerme percorrer o tren de novo para ocupar o meu asento. Agora eran os observados os que contemplaban curiosos a escena que acaban de orixinar sen decatárense.  Sentinme incómoda no punto de mira, pero agradecida de que deixaran de falar para prestar atención ó revisor, que axiña chegou a altura deles. Non me perdín nada.

Os cartos e o tempo investido comezaron, nese intre, a pagar a pena. Cambiei o portátil por un caderno de follas en branco para riscar monicreques e frechas que me valesen de esquema.

  • Tamara é a moza que sae na fotografía que Iván agasallou ó seu amigo.
  • Tamara é a protagonista dun dixomedíxome que sabían case todos.
  • Tamara recibiu unha chamada do seu mozo para dicirlle que a deixaba. Él era o case de case todos.
  • Tamara renunciou ó traballo que compartían porque o fronte a fronte cotián resultáballe insoportable.
  • Tamara fala dun malentendido. Dunha imaxe sacada de contexto. De vinganza.

Manuel aceptou unha proposta baleira. Acordaron estar en contacto os próximos días para concretar como a axudaría. Sería o gran día. Volvín coller apuntamentos: venres día 28 ás 21.00 horas nunha parroquia de Pontevedra.

 

Fin do segundo capítulo…