La fallida venganza de Poseidón

Para cada nombre hay una historia. Y en el caso del de la capital griega tiene que ver mucho con los Dioses.

Parte 1. Doce metros de mármol y oro

El agua estaba fría, gélida, no parecía el Mediterráneo. Poseidón emergió de ella y se enrolló en una toalla mientras contemplaba como la espuma se evaporaba sobre la arena. Solo un barco, todavía lejano, remaba hacia tierra firme. La tripulación lo desconocía, pero estaba de suerte. El mar seguiría calmado: el Dios al que dejaran de venerar con carros y caballos condenados a desvanecerse en las profundidades de esas aguas era incapaz de controlar la sonrisa. Vivía uno de esos días que se marcan en el calendario una vez concluyen. De esos que uno espera sin mayores pretensiones y, en cuanto llegan, generan una enorme agitación. Días que te muestran un mundo nuevo. Irreconocible.

Era el día aplaudir al refranero popular: A la tercera va la vencida o la venganza es un plato que se sirve frío. No sabía cual elegir. Pronunció pausadamente las sílabas: ven-gan-za. Le pareció una palabra maravillosa

El enfrentamiento venía de lejos. De cuando Atenas todavía no era Atenas y sus ciudadanos podían acogerlo como Dios protector a cambio de un reconocimiento que consideraba merecido: convertirse en su patrón y darles un nombre para la capital del país que concebiría la cultura que sirvió de base a la civilización occidental.

Ven-gan-za. Contra su propia sangre. No dejaba de masticar las sílabas. Cogió el tridente, el arma que los telquines, nueve hermanos con cabeza de perro y cola de pez, crearan para él cuando se refugiara con su hermano Zeus en la isla de Rodas, y puso rumbo al punto de partida: la Acrópolis. La noticia llegó hasta el fondo de las aguas con el paso de los años: la Atenea Parthenos, la escultura de doce metros de alto acabada en marfil y oro realizada por Fidias para homenajear a su sobrina, había desaparecido. Doce metros que podían haberlo elevado a él del mar al cielo. Algo tenía que significar.

Parte 2. De cuando el olivo eclipsó a la fuente

Poseidón conoció a Atenea cuando ésta ya era adulta. No es síntoma de una mala relación familiar: la Diosa de la sabiduría nunca fue niña. Aunque existen varias tradiciones, la mayoritaria tiene mucho de normal. Atenea se convirtió en los dolores de cabeza de su padre. También cuenta con ese cariz grandioso de la mitología: brotó de la testa de Zeus después de que este engullese a su primera esposa, Metis, por profetizar que alumbraría hijos más poderosos que él. Atenea no destronó a su padre, pero sí a Poseidón.

Ojos de tío y sobrina se posaron sobre el mismo punto del mapa: una ciudad situada estratégicamente y cuyo poderío no dejaba de crecer. Ambos la quisieron para ellos y dejaron la elección en las manos de sus habitantes. Obligación de venerar, pero no a quien. Hay dos teorías predominantes y una tercera que las aúna: incrementan las probabilidades de acertar. El Dios que mejor regalo hiciese a la ciudad se convertiría en su patrón. Poseidón golpeó el suelo con su tridente e hizo manar una fuente de agua. Salada, como la de sus mares, para su desgracia. Atenea se proclamó vencedora con un olivo que ofrecía a los atenienses la posibilidad de alimentarse de su fruto o de elaborar aceite. La segunda oportunidad de Poseidón tuvo forma de Democracia: los hombres le votaron a él y las mujeres a Atenea. Ganó la Diosa, pero sus ciudadanas no volvieron a votar durante un largo tiempo. Ven-gan-za. Como las inundaciones provocadas por el agua que Poseidón hizo derramar de la fuente.

Parte 3. Veneraciones que cambian con el tiempo

Hay un factor con el que no contaba. No hay venganza si no hay de quien vengarse. Ni adoraciones que duren para siempre. Aunque imponente, el Partenón, la joya de la Acrópolis de Atenas, está desnudo por dentro. Así lo encontró Poseidón cuando emergió de las aguas una eternidad después: ni rastro de la escultura ni de Atenea. A los pies de las ruinas, una ciudad difícil de reconocer. Tardó en darse cuenta. Gritó a su sobrina, pero su voz retumbó entre las columnas del Partenón hasta rebotar en el Teatro de Herodes Ático. Solo el eco contestó a sus rugidos: Atenea no estaba allí porque ya nadie la espera. Tampoco a él. Fue al volver al mar y observar como el barco que había visto a lo lejos atracaba en puerto cuando entendió que volverían a navegar sin ofrendas. Los observó curioso, iban con prisa. Vestían la misma camiseta y cantaban los mismos coros. Entraban en masa a lo que le pareció un templo. Se asomó y no dio crédito: humanos adorando a humanos.

Nunca olvidó ese día. Todo cambió para que nada cambiase.