El cronista y su villa

El cronista y su villa

Leer es vivir otras vidas.

Leer es conocer la nuestra.

No conocí a mi bisabuelo, al padre de mi abuelo, murió dos años antes de que yo naciese y hasta hace no mucho solo sabía de él que escribió una infinidad de páginas de periódico e historias. Páginas que pude leer en los últimos meses gracias a ese cuidado con el que solo se guardan aquellos objetos que poseen valor sentimental, que, al fin de cuentas, es el único que tiene el poder de volverlos sempiternos.

No conocí a mi bisabuelo. O sí, lo conocí leyéndole. Y reescribiéndole. El libro al que da título este post es la forma de inmortalizar su trabajo y el prólogo la demostración de que por las ramas del árbol genealógico también circulan los gustos. Las aficiones. La de trazar renglones ahora ya sé de donde viene.

Prólogo del libro El cronista y su villa

Dicen que no hay mayor amor que el de los padres a sus hijos, y así lo demostró José Docampo Vazquez, Casagrande, a cada uno de sus ocho sucesores. Pero, ¿qué pasa con el amor de los hijos hacia los padres? Este libro habla de A Estrada pero también de ese apego infinito que va en la otra dirección. Un afecto que se transforma en admiración por la integridad con la que Casagrande vivió su vida y que le acompañó siempre en el transcurso de su carrera profesional como cronista oficial de la tierra en la que nació y para la que siempre buscó lo mejor. Con palabras, miles de palabras entrelazadas unas a otras con habilidad pasmosa, y con hechos. Este libro, que recoge parte de su trayectoria en el periódico Faro de Vigo, es el regalo que le hace Manuel Docampo Pego a su padre y a la villa por la que le contagió unas dosis de querencia proporcionales a las suyas.

Palabras. José Docampo, amante de la escritura, comenzó a trabajar para el periódico decano de la prensa española en 1914 y allí seguiría escribiendo durante más de cincuenta años, en los que fue los ojos y oídos de sus vecinos para después convertirse en altavoz. Ya anteriormente había expuesto la realidad del municipio en El Estradense, El Emigrado y la Vanguardia. Maestro de profesión, encontró en las páginas de periódico la forma de dedicarse a su pueblo y a la literatura.

 A la radio le reservó su imaginación. Xente que vai e ven es el primer libro que Manuel Docampo, con la colaboración de Álvaro Cunqueiro, dedicó a su padre. Por sus cuartillas corretean las palabras que en su día volaron por las ondas. Si la información cumple una función esencial, el entretenimiento tiende la posibilidad de bajarse del mundo por un instante: los cuentos que narró diariamente, entre los años 1960 y 1964, en Radio Estrada para publicitar el comercio local fue la forma más amena e ingeniosa de apostar por su tierra. Pola súa Estrada.

Hechos. Dedicó muchas horas al periodismo pero no fue su única profesión. José Docampo ejerció de cantero, de sastre y de profesor. Es en el marco educativo en el que llevó a cabo buena parte de sus reivindicaciones. Primero, en el año 1933, intervino para que el centro académico de la villa obtuviese la titulación completa, y, cuando éste cerró, participó en la creación del Instituto de Ensino Medio. También en la del Colegio Inmaculada. Enseñaba Geografía e Historia en el aula para, después fuera, dibujar A Estrada en el mapa.

El salto de José Docampo a la política parecía inevitable. Dijo John F. Kennedy que “si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor”. Si Manuel Docampo es el vivo retrato de su padre no cabe duda alguna de que Benito Vigo Munilla no pudo encontrar mejor teniente de alcalde y concejal. Así lo creen también quienes le conocieron. Todo buen liderazgo requiere de su dosis de sensibilidad. Y del dinamismo que Casagrande demostró en tantas ocasiones: fue uno de los fundadores del Recreo Cultural de A Estrada, del que fue presidente durante mucho años, y cofundador de la Masa Coral Estradense.

Hay un episodio de su biografía que hace perceptible la frase de Kennedy. José Docampo fue una de las personas que, en 1962, se comprometió en traer los restos del poeta Xosé Manuel Cabada Vázquez desde Linares (Jaén) hasta la parroquia estradense de Codeseda. Era una de esas personas que aparecen justo donde se les necesita. Este libro recoge sus palabras. Textos comprometidos con su tierra en los que ya se puede entrever que el cronista oficial de A Estrada era un hombre de hechos. De esos que hacen un poco mejor la vida de los lugares en los que residen.

Bienvenidos a un recorrido por A Estrada.

Marina Santaló

Maruja Casagrande, una madre con agallas en la posguerra

maruja foto

Parar de hablar y empezar a escuchar. Especialmente, a nuestros mayores, que esconden historias como la de María Otilia Campos, Maruja Casagrande para los vecinos del municipio gallego de A Estrada. Su relato es la prueba de que, en numerosas ocasiones, es mejor ser receptor que emisor del mensaje. Tan elocuente como elegante, se quita el mérito que tantos otros se echarían encima: trabajó duro para sacar a su familia adelante. Tan duro que llegó a convertirse en jefa en un tiempo en el que todos eran jefes. Transcurrían los años 1966 y 1967 cuando la oficina de Correos de su pueblo natal tuvo a una mujer como máxima responsable. Era lo nunca visto.

Maruja desgrana su historia con gran precisión. Es difícil intuir que en apenas un año dará la bienvenida al centenario. Lo cuenta ella: viaja en el tiempo para disparar fechas con holgura. Fue en 1937, con dieciocho primaveras, cuando comenzó a trabajar para Correos. Llevaba ya dos años en la ciudad del Apóstol. Al finalizar Bachillerato y aprobar la reválida optó por no correr riesgos y no dejar su fututo laboral en manos de una única opción. Se matriculó en Filosofía y Letras al tiempo que opositaba para Correos. No tardó en empezar a trabajar.

Prosiguió con su vida en Santiago y los planes empezó a organizarlos para dos. Él tenía treinta y dos años y ella dieciocho. Pronto intuyó que sería el amor de su vida, ahora, que echa la vista atrás, puede confirmarlo. Se fue demasiado pronto, cuando Maruja había cumplido veintinueve y tenía tres hijos, la mayor de solo tres años, a los que criar. Ya había abierto la oficina de Correos de A Estrada y procuraba conciliar. Para salir adelante se obligó a agarrarse a lo positivo. Y a no soltarlo. “Era el momento de apoquinar, pero tuve mucha suerte. Cuando no era una beca, era un atraso o un aumento”. Quien dice suerte, dice tesón. Fortaleza. Contó también con el apoyo de su familia: su padre, José Docampo, quiso regalarle un comercio, pero Maruja siempre tuvo claro que su sitio estaba en Correos.

No eran buenos tiempos para una mujer viuda. Para cobrar tenía que ir una vez al mes a Pontevedra y “estaba mal visto que una mujer cogiese sola el coche de línea”. Siempre le acompañaba una amiga en el trayecto en autobús. De vuelta al trabajo, había mucho que hacer: “No había horario y la oficina estaba siempre en movimiento, con muchos envíos internacionales de  países como Francia”. Habla tanto de giros de las personas emigradas como de correspondencia. “Antes se escribían muchas cartas, es una pena que se esté perdiendo, la juventud de ahora está obsesiona con el móvil e Internet”. Ensalza la libertad ganada, pero pone el punto de mira en la dependencia que está acarreando tanta tecnología.

Maruja es una mujer crítica. En parte, gracias a sus aficiones, a las que pudo dedicarse plenamente cuando se jubiló. Al encender el televisor se decanta por las tertulias políticas y lee mucho. Devora. Un repaso por las estanterías de su casa desvela sus gustos: es una apasionada de la historia, especialmente de la egipcia. Así lo reconoce. Y lo confirman títulos como Ramsés. La dama de Abu Simbel. También dedicó muchas horas a la pintura. En su hogar, solo los cuadros hacen sombra a los libros. “Tengo contabilizados más de doscientos lienzos”. Decoran un sinfín de paredes, pero guarda un pequeño inventario en forma de fotografías perfectamente ordenadas. Hay desde óleo y pastel hasta plumilla, pasando por tinta china.

Cuando una se encuentra con una persona como Maruja no puede querer otra cosa que seguir escuchando. Aprendiendo. Y retarla a una partida al Rummikub, ese juego de lógica y estrategia en el que hay que hacer grupos de números y en el que gana el participante que antes se quede sin fichas. Todas las tardes de invierno acude a casa de una amiga a jugar. Aunque, reconoce, que se decanta por el verano, cuando el tiempo invita a los paseos y a pasar más tiempo en la calle. Pero, sea la estación que sea, esta mujer que también fue catequista durante años abre el armario y se viste con elegancia. “Hay que arreglarse siempre”. Da gusto verla.