“Porque me gusta”

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Dice la escritora australiana Helen Garner que “siempre viene una idea a salvarme justo cuando estoy a punto de sentarme ante el abismo de comenzar una novela”. Esa idea que rompe con el folio en blanco me la acaba de dar a mí un texto sobre la actividad organizada por el estudio de arquitectura Foster + Partners y Apple para ayudar a los inscritos a diseñar su casa del árbol soñada. No hay mejor forma de recordar una palabra que sufrirla. Conocí la existencia del músculo supraespinoso en una de las muchas ocasiones que intenté hacer de uno de los árboles de la finca de mis abuelos mi dormitorio. Nunca se pareció a la creación de Punky Brewster. Fue un esfuerzo infructuoso, que derivó en una caída y una visita al hospital.

Hace ahora un año que creamos este blog y quería escribir sobre ello pero no sabía por dónde comenzar. La iniciativa de la casa del árbol me recordó que siempre quise una, pero también los versos que me escribió mi abuelo durante u20190304_181433nas vacaciones en las que no nos vimos y que guardo en el cajón de las cosas importantes. “O grande e fermoso loureiro está morriñoso e apenado, non se sube ó seu poleiro a garza que é do seu agrado”. No recuerdo que edad tenía pero me quedé embobada leyéndole como en otras ocasiones lo hacía de las historias infantiles. Luego intenté escribir. Y al regreso del viaje a Perú pensé que era un buen momento de dejar de acumular renglones en una carpeta y crear este espacio. Volví tan fascinada que quería que las fotografías contasen con ese apoyo que solo conceden las palabras.

Hoy, junto al álbum que recoge los versos de mi abuelo, guardo la recopilación de los textos que me regalaron por mi treinta cumpleaños. Convive con artículos y libros que me dejaron colgada de sus páginas y de muchos otros que están por comenzar. Hay una tendencia a aplazar las cosas que uno hace voluntariamente. Creo que por eso celebro estar aquí, escribiendo, un año después. Releí hoy un reportaje publicado por El País en 2011 en el que se recogen los motivos por los que cincuenta autores de renombre dedican sus vidas a la escritura. Hay respuestas brillantes, que son una combinación espléndida de ingenio y literatura, pero me quedo con la de Umberto Eco, la más escueta de todas. “Escribo porque me gusta”. Y no hay nada mejor que dedicarle tiempo a las personas y a las actividades que nos gustan.

Chispazo en Dublín

 

Hay charlas que siempre concluyen con el mismo gesto. Una mano se desliza por el bolsillo en búsqueda del teléfono. Cuando conoces a alguien de quien merece la pena hablar hay una pregunta que apunta directamente a su físico y uno termina antes buscando en sus redes sociales que en describir a la persona. Es tan difícil convencer a nuestros interlocutores de que una persona es atractiva como de que una ciudad merece una visita. Pero lo que no consiguen las palabras tampoco lo logran las imágenes. Lo complicado de describir a alguien está en ese chispazo que se encuentra en la mirada de quien habla. Con Dublín pasa lo mismo. Una fotografía no le haría justicia: la separaría de ese encanto irresistible en el cara a cara.

La capital de Irlanda seduce por su ambiente. No importa que abunden los días grises o que el frío apriete, las calles están repletas de gente sonriente dispuesta a hablar el tiempo que le haga falta al visitante a acostumbrarse al acento. Cuando el sol se pone, las cervezas no dejan de desfilar por las mismas barras en las que distintos idiomas se entremezclan con la música que suena de fondo. Sabemos que es martes pero podría ser viernes. Una rubia y otra tostada, guinness por supuesto, en una de esas mesas que mantienen una estética similar a la de pubs vecinos. Son más de setecientos en la ciudad, pero The Temple Bar se reconoce rápidamente por su fachada roja vibrante y por la estatua de James Joyce que se encuentra en su interior. No es el único compañero, pronto se termina compartiendo mesa.

The Brazen Head, el pub más antiguo de Dublín; y The Church, la iglesia reconvertida en un local que aprovecha la parte superior, junto al órgano, como restaurante son también la prueba de esa conexión que se produce con la ciudad. No es de extrañar que sean muchos los dublineses que se animan a formar parte de City of a Thousand Welcome, la iniciativa con la que los turistas pueden conocer la ciudad de la mano de un lugareño de forma gratuita. Ya lo hacen en los pubs mientras se resguardan del frío.

El encanto de Dublín reside ahí, en el ambiente que le rodea. Vuelvo con imágenes emblemáticas. De Trinity College y su espectacular biblioteca, en la que se conserva el Libro de Kells, la iglesia de Saint Andrew o la Guinness Storehouse. Estampas que la convierten en una ciudad más entre un millón. Son sus puntos fuertes, bien merecen ser descubiertos, pero no consiguen por sí solos esa necesidad de hablar de la ciudad. De escribirle estas líneas. Su encanto reside en esa parte que es más difícil de describir: cuando decidimos que alguien es atractivo lo hacemos desde nuestra percepción. No debería haber nada más subjetivo que las sensaciones que una persona o un lugar nos despiertan. El chispazo lo cambia todo.

La radio va por dentro

Radio de válvulas

No recuerdo la primera vez que escuché la radio. Tampoco soy consciente de la primera vez que apreté el botón para encenderla. Esto debe significar que está presente en mi vida desde siempre, marcando los movimientos de esos primeros deslizamientos a ras de suelo. No poseo una gran colección de sintonizadores, pero conservo, en plenas facultades de funcionamiento, uno de válvulas de los años 50. También guardo con cariño los que me van acompañando en el camino; cada uno me teletransporta a un momento distinto. Ya te mantienes en pie, y vas corriendo a todos lados con la misma compañía.

La radio es, para mí, algo más que un medio de comunicación. Disculpen que haga este matiz, diferenciándola de la prensa escrita o la televisión, pero su esencia aporta mucho más que noticias. La radio es una compañera, una amiga e, incluso, una confidente que escucha esas palabras que nunca confesarías a nadie. Es capaz de hacerte sonreír y llorar. De enfadarte o hacerte reflexionar. Puedes despertarte con ella, trabajar con su murmullo de fondo, comer a su lado y acostarte con ella para comenzar un nuevo ciclo. Ninguna otra presencia sobrevive a tal intensidad.

Es una compañera, pero también una gran intermediaria. La radio fue el primer teléfono móvil. Cuando las comunicaciones no eran lo que son hoy en día, muchas familias de marineros que pasaban meses en alta mar se aferraban a cada boletín informativo como si la vida transcurriese de hora en hora, a la espera de que el mar no se encaprichase en contar una mala noticia. A través de la Onda Corta y la Onda Media, estos hombres de mar también se agarraban a la radio como lo más cercano a sus seres queridos.

La suerte, el azar o el destino quisieron que acabase formando parte de una gran familia que no conoce límites. Un elenco de locutores, técnicos y redactores hacen posible que la radio tenga voz propia cada día. Independientemente de la cabecera, es un medio que evoluciona con las nuevas tecnologías y se adapta a los cambios más punteros para ampliar los canales con los que seguir formando parte de la vida de millones de personas.

Informa, acompaña y, también, educa. En este punto tengo que nombrar a mi hermana Lorena, con quien empecé, cuando ya había dejado de gatear, a hacer “mis pinitos” en este medio grabando cuñas, como se denomina a los anuncios en la radio. La campaña publicitaria que más me marcó por su contenido y que ambos recordamos cada vez que viajamos a nuestra infancia es una de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), que concienciaba a los jóvenes sobre el consumo de drogas en los años noventa. Incontables las veces que imité estas voces. ¿La recuerdan?

 Madre: Ah, ¿ya te vas?, si me esperas te acerco y hablamos un rato.

Voz en Off: Tal vez sea cierto eso de que los jóvenes de hoy no escuchan. ¿Has probado a decirles algo?

Puedo asegurar que la radio goza de gran salud. Las tres funciones de las que hablo eran tan importantes ayer como lo son hoy. Estoy convencido de que los lectores que han llegado hasta estas líneas finales le conceden a este enlace con el mundo la misma envergadura que yo. Si la profesión va por dentro, la radio también. Tanto o más como oyente. Si hay algo interesante que decir, siempre habrá quien escuche. Incluidos los más jóvenes.

¡Larga vida a la RADIO!

Médica por perseverancia

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Viajar es más que ver los lugares que tenemos delante. Es recorrer sus historias como se recorren las calles en las que éstas sucedieron. Las grandes construcciones lo son por lo que guardan en su interior. Detrás de la instantánea están los acontecimientos que las hacen memorables. Y personajes, como Sophia Jex-Blake, líder de Las siete de Edimburgo. El primer grupo de mujeres en matricularse en una universidad británica no lo tuvo fácil.

Sophia nació en la ciudad de Hastings en 1840. Fue una niña inquieta, demasiado para el tiempo en el que le tocó nacer. A los diez años ya había rellenado sus cuadernos con su primera historia, en la que dio forma al imaginario reino de Sackermena. Escribiría más, pero el libro que mejor representa su vocación y su espíritu inconformista es el que recoge el papel de la mujer en la historia de la medicina: Medical women. Un viaje a Estados Unidos le mostró su vocación definitiva. Después de ayudar en el trabajo administrativo en England Hospital for Women and Children intentó acceder a la facultad de Medicina de Harvard con el objetivo de recibir la misma enseñanza universitaria  que los hombres.

Tanto lo intentó que, aunque no consiguió su objetivo, se trasladó de Bostón a New York para matricularse en el Women’s Medical College de las hermanas Blackwell. La muerte de su padre puso fin a esta etapa. Regresó a casa y cursó todas las materias requeridas para optar al título de Medicina de la universidad de Edimburgo. Las horas que no dedicaba al estudio las invertía en esquivar las barreras que le impedían a sus compañeras y a ella acceder a  la facultad y, posteriormente, al ejercicio de la profesión. Gestiones administrativas, consultas a abogados y conversaciones con profesores para convencerles de que las dejasen asistir a las clases y a las prácticas hospitalarias robaban tiempo a los libros. No sorteó el último obstáculo: los exámenes finales.

Tenacidad. Esa capacidad de mantenerse firme por muy fuerte que sople.  La entereza de Sophia y sus compañeras les llevó a solicitar admisión al examen del Colegio de Cirujanos para obtener la licenciatura como Comadronas. Los requisitos eran los mismos que hacían falta para presentarse a la prueba que les hubiera permitido optar al título de doctoras en medicina. Volvían a cumplirlos y las aceptaron, pero mientras ellas se movían otros lo hacían en la dirección contraria. El viento volvió a soplar fuerte. La presión sobre el Colegio hizo que los miembros del tribunal dimitiesen y que nadie se presentase en su lugar. Para aprobar un examen, éste tiene que celebrarse.

Perseverancia. Continuar con constancia lo que se ha empezado. Sophia se mudó a Berna y allí obtuvo su ansiado título. Pero tuvo que esperar un poco más para ejercer la medicina en su tierra: la movilización generada provocó que se presentase una ley que permitía a los tribunales del Reino Unido admitir a mujeres. Se anotó al único que dio el visto bueno y obtuvo la Licence of the King’s and Queen’s College of Physicians of Ireland en 1877. Comenzó a trabajar sin olvidar la batalla en la que tantas energías invirtió: implicándose en la formación de otras mujeres y fundando centros como el Edinburgh Hospital and Dispensary for Women.

Historias como la de Sophia hacen de los viajes un libro en blanco. Uno va sabiendo que visitar, con cuadrículas por hora y monumento, pero vuelve con las historias que se va encontrando a su paso. Y no hay nada como el paso lento para conocer los espacios que pisamos.

Mejores respuestas

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Señalan los expertos que se dice tanto con la voz como con el cuerpo. Lo afirman mientras exhiben las palmas de las manos, que es la forma que tienen nuestras extremidades de garantizar honestidad y lealtad. Pienso en ello mientras doy vueltas en el pasillo para practicar en voz alta la exposición que tengo este fin de semana. Procuro no lanzarme a la carrera y evitar así que las palabras se atropellen entre ellas. No hay paso firme en los pies que compense los maratones de la voz. Pero con el ensayo busco algo mucho más inherente al ser humano: no gastar las horas de después construyendo razonamientos que me pasaron desapercibidos.

En una de esas charlas que llevan a todas partes y a ningún lado al mismo tiempo, un amigo aseguró que la genialidad llega siempre unos segundos tarde. Y así nos pusimos los dos a divagar sobre respuestas de película. “-Me desprecias, ¿verdad? –Si llegara a pensar en ti, probablemente sí”. Réplicas como la de Casablanca, que dadas con serenidad dibujan en la cara esa peculiar sonrisita que solo puede interpretarse como expresión de victoria. Incluso cuando uno se la está diciendo a sí mismo a posteriori.

Pasa, donde más, en lo flirteos. Cuando hay esa necesidad de demostrar. De sorprender. Una comida inesperada de cumpleaños siempre jugará con ventaja, por mucho que la prevista requiera ir vestido de etiqueta. Cuando alguien consigue dejarte en jaque mate está ganando la partida. Por eso cuando no se sabe si se está ganando o perdiendo hay una tendencia general a reconstruir los hechos añadiendo nuevos golpes de efecto. Se gasta tanto tiempo pensando mejores respuestas para discusiones finalizadas como frases elocuentes en citas que tienen pocas probabilidades de repetirse.

Inventar diálogos no es una acción que se produce únicamente a posteriori. Conozco a más de una persona que sabe cuáles son las palabras exactas con las que se despedirá de su trabajo el día que surja una oportunidad mejor. Incluyendo una respuesta impecable para los distintos caminos por los que pueda derivar la ansiada conversación. Y por los que no va a derivar, también. Hay una capacidad sorprendente en las personas para crear ficción. Para prepararse por si la franja que la separa de la realidad es estrecha. Al fin y al cabo, ahora recorro el pasillo pensando en hoy, pero mañana, aunque eche la vista atrás, lo haré también focalizando la próxima ocasión que me toque salir a la palestra.

Canciones que emocionan

Bohemian Rhapsody
Bohemian Rhapsody

En un año hay muchas canciones, en una vida solo unas pocas. Son las que devuelven a lugares y alteran el ánimo de quien las escucha. Las que pasa el tiempo y siguen grabadas en la memoria como ese ¡Hola, hola! con el que Pepe Domingo Castaño recibía a sus oyentes en la radio y conseguía ponerme la piel de gallina cuando era niño. Es la misma sensación que se produce cuando suenan esos temas que demuestran que no hace falta el factor sorpresa para causar asombro. Es difícil recuperarlos todos para una pequeña publicación pero vamos a intentarlo. Empecemos por el final.

¿Habéis visto la película Bohemian Rhapsody, que repasa, con mayor o menor acierto, la vida de Freddie Mercury? La recomiendo encarecidamente. La última vez que esa emoción recorrió mi cuerpo fue cuando empezaron a sonar los primeros acordes de la canción que da nombre al filme. Mi mente voló a los JJ.OO. de Barcelona 92’. Con Mercury ya fallecido, se recreó su actuación con Montserrat Caballé en Montjuic interpretando Barcelona. Veintiséis años después la potencia del tema me sigue resultando fascinante.

Hay otra canción que no puede faltar en mi lista, Fix You, de Coldplay. Comparte la misma virtud que la de Queen: cuánto más la escucho más me gusta. Y eso tiene verdadero mérito. Tanto como conseguir trasladarme a la adolescencia de la mano de series como The OC.  Sonó en una escena entre Seth Cohen y Summer Roberts y formó parte de la banda sonora de Scrubs, The Newsroom y Cinco Hermanos.

A las canciones que resultan grandiosas por su temática o estilo musical hay que sumarle aquellas que, sin saber muy bien porqué, nos marcaron en algún momento. En mi caso se trata de Sister Golden Hair, de América, que me devuelve a la infancia. Cuido las veces que la escucho, como si con cada reproducción se fuese consumiendo la mecha que la hace especial para mí. Parece que la música te devuelve momentos dentro y fuera de la pantalla. Se empareja sin esfuerzos con todo lo que la envuelve al tiempo que regala nuevos instantes.

¿Y si solo pudiese escoger una? La elegida, sin duda, sería Mama, de Il Divo. No hay en el mundo muestras de cariño suficientes para devolver a las madres todo lo que hacen por sus hijos, pero su carta en forma de canción pone palabras a ese agradecimiento infinito que va en la otra dirección. Es el claro ejemplo de la capacidad que tiene la música para emocionar.

Malabarismos diarios

Hay una belleza cautivadora en las acrobacias. Es la armonía en cada uno de esos movimientos que parecen imposibles. La precisión con la que un cuerpo que acaba de girar hasta tres veces en el aire se posa sobre el suelo en el momento exacto para levantar la pierna y recoger esa ficción de trozo de kiwi que arroja un compañero. Es tan impecable el engranaje que consigue el Cirque du Soleil en su espectáculo OVO que cuesta disfrutar de su elegancia sin temer el fallo. El día a día está repleto de sus particulares malabarismos y es bien sabido que esa precisión es milagrosa. De madre. Los lanzamientos de fruta dan paso a personas volando de un lado al otro del escenario para hacer todavía más grande la función.

Los niños de la fila de delante miran embobados. Ya solo el vestuario merece que se le pongan los ojos como platos. Lo que seguro que desconocen es que a su lado se sienta otra acróbata. Les acompaña una mujer que alterna la mirada entre ellos y el espectáculo. Pienso que la vida es eso, un juego de equilibrio, en el que entrenamos cada día para mantenernos en la cuerda en la que ahora baila una bicicleta. Llegar a final de mes y conciliar vida profesional y personal son las dos acrobacias que más quebraderos traen consigo para salir victorioso. Y eso que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) vuelve a recordar un mes más que el paro continúa a la cabeza de las inquietudes ciudadanas. Ya no se baila. Se está en la cuerda, pero inmóvil.

Hay equilibrios que se hacen en pareja. Si uno se cae, el juego continúa, pero ya por separado. Y con amistades. A veces hay que hacer muchos malabarismos individuales para que los grupales lleguen a buen puerto: las cenas de Navidad en las que no falta nadie son tan inusuales como en las que el cuñado no llega tarde y se queda a fregar los platos. Por salir del tópico del chiste que nadie pilla o no termina de hacer gracia. Seguro que donde unos ven ironía, otros tontería, pero una acrobacia perfecta es aquella en la que somos capaces de imaginar malabarismos ajenos y tener la fiesta en paz. Es el mejor contrapeso para que la mesa se mantenga estabilizada. Confío en que los Reyes Magos lo compensasen hoy.

El espectáculo continúa y las cabriolas se adueñan de la pista. Son el nuevo reto al que se enfrentan los artistas mientras el público observa. Pierden la atención de uno de los niños que antes permanecía hipnotizado. Se dirige a la mujer que intuyo es su madre y le susurra que ya sabe que quiere ser de mayor. Ella se limita a sonreír y a devolver la atención de su hijo a donde, en realidad, nunca dejó de estar. Me la imagino pensando que los malabarismos que le esperan son otros e invirtiendo su tiempo en mostrarle que después de tres saltos por el aire se puede recoger el kiwi.