Chispazo en Dublín

 

Hay charlas que siempre concluyen con el mismo gesto. Una mano se desliza por el bolsillo en búsqueda del teléfono. Cuando conoces a alguien de quien merece la pena hablar hay una pregunta que apunta directamente a su físico y uno termina antes buscando en sus redes sociales que en describir a la persona. Es tan difícil convencer a nuestros interlocutores de que una persona es atractiva como de que una ciudad merece una visita. Pero lo que no consiguen las palabras tampoco lo logran las imágenes. Lo complicado de describir a alguien está en ese chispazo que se encuentra en la mirada de quien habla. Con Dublín pasa lo mismo. Una fotografía no le haría justicia: la separaría de ese encanto irresistible en el cara a cara.

La capital de Irlanda seduce por su ambiente. No importa que abunden los días grises o que el frío apriete, las calles están repletas de gente sonriente dispuesta a hablar el tiempo que le haga falta al visitante a acostumbrarse al acento. Cuando el sol se pone, las cervezas no dejan de desfilar por las mismas barras en las que distintos idiomas se entremezclan con la música que suena de fondo. Sabemos que es martes pero podría ser viernes. Una rubia y otra tostada, guinness por supuesto, en una de esas mesas que mantienen una estética similar a la de pubs vecinos. Son más de setecientos en la ciudad, pero The Temple Bar se reconoce rápidamente por su fachada roja vibrante y por la estatua de James Joyce que se encuentra en su interior. No es el único compañero, pronto se termina compartiendo mesa.

The Brazen Head, el pub más antiguo de Dublín; y The Church, la iglesia reconvertida en un local que aprovecha la parte superior, junto al órgano, como restaurante son también la prueba de esa conexión que se produce con la ciudad. No es de extrañar que sean muchos los dublineses que se animan a formar parte de City of a Thousand Welcome, la iniciativa con la que los turistas pueden conocer la ciudad de la mano de un lugareño de forma gratuita. Ya lo hacen en los pubs mientras se resguardan del frío.

El encanto de Dublín reside ahí, en el ambiente que le rodea. Vuelvo con imágenes emblemáticas. De Trinity College y su espectacular biblioteca, en la que se conserva el Libro de Kells, la iglesia de Saint Andrew o la Guinness Storehouse. Estampas que la convierten en una ciudad más entre un millón. Son sus puntos fuertes, bien merecen ser descubiertos, pero no consiguen por sí solos esa necesidad de hablar de la ciudad. De escribirle estas líneas. Su encanto reside en esa parte que es más difícil de describir: cuando decidimos que alguien es atractivo lo hacemos desde nuestra percepción. No debería haber nada más subjetivo que las sensaciones que una persona o un lugar nos despiertan. El chispazo lo cambia todo.

Médica por perseverancia

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Viajar es más que ver los lugares que tenemos delante. Es recorrer sus historias como se recorren las calles en las que éstas sucedieron. Las grandes construcciones lo son por lo que guardan en su interior. Detrás de la instantánea están los acontecimientos que las hacen memorables. Y personajes, como Sophia Jex-Blake, líder de Las siete de Edimburgo. El primer grupo de mujeres en matricularse en una universidad británica no lo tuvo fácil.

Sophia nació en la ciudad de Hastings en 1840. Fue una niña inquieta, demasiado para el tiempo en el que le tocó nacer. A los diez años ya había rellenado sus cuadernos con su primera historia, en la que dio forma al imaginario reino de Sackermena. Escribiría más, pero el libro que mejor representa su vocación y su espíritu inconformista es el que recoge el papel de la mujer en la historia de la medicina: Medical women. Un viaje a Estados Unidos le mostró su vocación definitiva. Después de ayudar en el trabajo administrativo en England Hospital for Women and Children intentó acceder a la facultad de Medicina de Harvard con el objetivo de recibir la misma enseñanza universitaria  que los hombres.

Tanto lo intentó que, aunque no consiguió su objetivo, se trasladó de Bostón a New York para matricularse en el Women’s Medical College de las hermanas Blackwell. La muerte de su padre puso fin a esta etapa. Regresó a casa y cursó todas las materias requeridas para optar al título de Medicina de la universidad de Edimburgo. Las horas que no dedicaba al estudio las invertía en esquivar las barreras que le impedían a sus compañeras y a ella acceder a  la facultad y, posteriormente, al ejercicio de la profesión. Gestiones administrativas, consultas a abogados y conversaciones con profesores para convencerles de que las dejasen asistir a las clases y a las prácticas hospitalarias robaban tiempo a los libros. No sorteó el último obstáculo: los exámenes finales.

Tenacidad. Esa capacidad de mantenerse firme por muy fuerte que sople.  La entereza de Sophia y sus compañeras les llevó a solicitar admisión al examen del Colegio de Cirujanos para obtener la licenciatura como Comadronas. Los requisitos eran los mismos que hacían falta para presentarse a la prueba que les hubiera permitido optar al título de doctoras en medicina. Volvían a cumplirlos y las aceptaron, pero mientras ellas se movían otros lo hacían en la dirección contraria. El viento volvió a soplar fuerte. La presión sobre el Colegio hizo que los miembros del tribunal dimitiesen y que nadie se presentase en su lugar. Para aprobar un examen, éste tiene que celebrarse.

Perseverancia. Continuar con constancia lo que se ha empezado. Sophia se mudó a Berna y allí obtuvo su ansiado título. Pero tuvo que esperar un poco más para ejercer la medicina en su tierra: la movilización generada provocó que se presentase una ley que permitía a los tribunales del Reino Unido admitir a mujeres. Se anotó al único que dio el visto bueno y obtuvo la Licence of the King’s and Queen’s College of Physicians of Ireland en 1877. Comenzó a trabajar sin olvidar la batalla en la que tantas energías invirtió: implicándose en la formación de otras mujeres y fundando centros como el Edinburgh Hospital and Dispensary for Women.

Historias como la de Sophia hacen de los viajes un libro en blanco. Uno va sabiendo que visitar, con cuadrículas por hora y monumento, pero vuelve con las historias que se va encontrando a su paso. Y no hay nada como el paso lento para conocer los espacios que pisamos.

Escupir al corazón

Corazón de Midlothian, en Edimburgo

Sin aceite ni vinagre. Ni tan siquiera sal. Trato de no añadirle ningún tipo de aliño que me deje un mejor sabor de boca. Las cosas son como suceden. Procuro ajustarme a la realidad para sortear esa tentación tan reconfortante de cambiar el decorado de nuestra discusión. Añadiendo detalles aquí y allá uno tiende a liberarse de los remordimientos.

El día fue largo y nos recibimos con todo lo que quedaba por hacer, que es en lo último que uno quiere pensar cuando se le escurren las horas. El volcán en el que todos nos convertimos cuando se caldea el ambiente entró en erupción y te culpé de todos esos males que callé ante otros. Después de un largo silencio te limitaste a decir que pasamos la vida acumulando presiones que solo descargamos con quienes más queremos.

Vamos directos al corazón. En línea recta. Como el que puede verse incrustado en la Royal Mile de Edimburgo si uno camina observando donde va a colocar los pies.

Mucho se ha escrito sobre corazones. Y mucho se ha borrado. Hay palabras que dejan más al desnudo que otras. Cuenta Pedro Mairal, en su novela La Uruguaya, que es el término que más tachó Jorge Luís Borges en sus correcciones literarias. “Mi corazón resbala por la tarde como el cansancio por la piedad de un declive” se transformó en “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive” en el poema dedicado a Montevideo.

Es enigmático. Puede que omitirlo sea la mejor manera de protegerlo de los esputos que le esperan. Una forma de resguardo. Pienso en ello mientras mis pies se detienen ante el mosaico en forma de corazón que se encuentra integrado en el pavimento de una de las calles más concurridas de la capital escocesa. No se pisa, se le escupe. Da suerte. Los motivos no terminan de estar claros pero las historias hablan de la importancia de la ubicación en la que se encuentra adoquinado. Todo lo que hoy rodea al corazón fue en su día una cárcel y los presos que conseguían abandonarla lo hacían salivando a su salida como prueba de desprecio a un sistema penitenciario ligado a las ejecuciones públicas. También se dice que era una forma de protesta contra los altos impuestos. Pero, yo solo pienso que no hay estampa que explique mejor la riña que tuvimos.

En Edimburgo se escupe al corazón de Midlothian porque es el único sitio en el que no está prohibido y en la vida se apunta al de las personas que más nos importan porque es con quienes parece que nos lo podemos permitir. Cómo iba Borges a consentir que el suyo resbalase sin pensárselo dos veces.    

Perderse en Escocia

Abadía de Inchcolm

Perderse. Hay mil maneras de interpretar una palabra. O una única forma que se ve afectada por el contexto en el que se produce. La apreciación varía cuando viajamos y dejamos las prisas en casa: perdernos por los lugares que visitamos es la mejor forma de descubrirlos. Pero toda pérdida implica elegir previamente esos rincones que queremos conocer y reservarles el tiempo suficiente para olvidarnos de la hora. C’est la vie. Incluso la liberación requiere un acto de preparación previa.

Pasamos cerca de 168 horas en Escocia. Los días saben a poco cuando el calendario indica vacaciones. Tachar el primero es ponerle caducidad.

Los alrededores de Edimburgo merecen la misma atención que la capital. Los autobuses salen con frecuencia hacia pueblos como Stirling y St Andrew, en los que sobrevive esa construcción tan típica escocesa: los castillos. Mientras que el de Stirling, donde tuvo lugar la coronación de María Estuardo con solo unos días de vida, mantiene toda su estructura en lo alto de una colina volcánica, del de St Andrew solo pueden verse sus ruinas. Regala, igualmente, una panorámica enigmática en la que el mar del Norte cobra protagonismo. Un pequeño paseo conduce hasta los restos de la catedral que se construyó en honor a San Andrés, patrón de Escocia y de la Iglesia ortodoxa. Todo ello envuelto en un ambiente universitario. Al explorar los caminos de la ciudad aparecen las facultades de la que es una de las mejores universidades del Reino Unido.

No hace falta alejarse de Edimburgo para descubrir otros lugares con encanto. A Dean Village, a las afueras de la capital, se llega dando un paseo. Seguir el recorrido del río Water of Leith es encontrarse con una pequeña aldea en la que viviendas pintorescas se camuflan entre la vegetación. Una vegetación intensa como la que puede contemplarse en mi lugar favorito del viaje: la isla de Inchcolm y su misteriosa abadía medieval. Recuperamos el significado intrínseco de perderse: extraviarse. Basta el primer pasadizo para volver de golpe a la infancia.

Cogimos el barco que nos llevó a la isla en Suth Queensferry. No es un viaje directo. Las embarcaciones se adentran en el fiordo de Forth para ofrecer una panorámica de los tres puentes que conectan Edimburgo con el norte de Reino Unido. Es el ferroviario el que acapara todas las miradas: su imponente estructura roja de vigas en ménsula le valió para colarse en la película Los 39 escalones de Alfred Hitchcock. Perderlo de vista es imposible. Ni cuando el barco se acerca a peñones repletos de morsas. Hace frío.

La última vistita nos llevó hacia el sur. Fue el desplazamiento más largo y no solo concluyó en Inglaterra: nos hizo retroceder hasta el año 122 dC. La montaña rusa en la que se convierte la carretera adelanta que estamos llegando a nuestro destino. Se puede leer Slow en el asfalto. La vía de acceso a Vindolanda, el fuerte romano más espectacular del Muro de Adriano, transcurre por el mismo camino que lo hacía hace 2.000 años. Y, los romanos no eran de andarse con rodeos. Siempre línea recta hacia destino. Pronto divisamos un tramo del muro que ordenó levantar el emperador Adriano para defender el territorio britano sometido de las tribus de los pictos. Un total de 120 kilómetros de muro, con una altura media de cinco metros, que los ganaderos aprovechan para demarcar sus parcelas. Reduciendo su altura se hicieron muchas delimitaciones laterales. Son los vestigios de la Britania romana.

Por el camino hay varias paradas interesantes. A aproximadamente quince kilómetros de Edimburgo se encuentra la capilla de Rosslyn, una de las edificaciones más misteriosas de Escocia por estar vinculada con los Caballeros Templarios y otras hermandades secretas. Su conexión con la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, y el Santo Grial ha multiplicado el número de visitantes. Mientras uno lo busca puede contemplar el mejor ejemplo de piedra tallada de Escocia. Continuando el viaje hacia el sur hay otras dos visitas recomendables: Temple, un pueblo que no llega a los cien habitantes y se oculta entre las montañas, y la abadía de Jedburgh, uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica escocesa. Son, junto a las lecciones, los regalos de la historia. Y Escocia es mucha historia.

No solo los días pasan volando. También las horas. Es curioso ver como al perdernos dejamos de preocuparnos por el tiempo. De perderlo. Las tierras altas y sus lagos quedarán para la próxima visita sin reloj.

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Edimburgo, un paseo entre leyendas

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Pocas ciudades desprenden tanta intriga como Edimburgo. La capital de Escocia está envuelta en una bruma que se convierte en la aliada perfecta de unas construcciones que nos trasladan en el tiempo. Es un viaje a un pasado repleto de leyendas que todavía persisten hoy en día y le conceden ese halo misterioso que invita a explorar cada uno de sus oscuros closes (callejones) y a sumergirse en las historias que esconden. Ahí están, ocultas en esos caminos que se abren paso desde Royal Mile, la avenida que discurre colina abajo desde el castillo de Edimburgo hasta el palacio de Holyroodhouse y que está flanqueada por viviendas medievales.

Basta recorrer la columna vertebral de la ciudad vieja para que la curiosidad se vaya apoderando del visitante. Las edificaciones, sombrías pero cautivadoras, adquieren colorido al continuar el recorrido por la calle Victoria, que sirvió de inspiración a J. K. Rowling para idear al famoso Callejón Diagón en el que Harry Potter y demás alumnos de Hogwarts compraban todo lo necesario para el comienzo del curso. La pintoresca calle, repleta de guiños al mundo mágico, desemboca en un espacio más tétrico: Grassmarket se utilizó en el medievo para celebrar ejecuciones públicas. Una piedra señala la ubicación de la antigua horca y conmemora a los convenanters (defensores del presbiterianismo) mártires.

Este espacio que se extiende bajo la roca del castillo fue también el lugar en el que se ahorcó a Maggie Dickson, una joven que se mudó a un pueblecito de los Borders de Escocia después de que su marido la abandonase y que optó por ocultar su posterior embarazo para evitar un escándalo. Las cosas fueron de mal a peor para ella. Tras dar a luz en clandestinidad, fue descubierta intentando deshacerse del cadáver del bebé, que aseguró que había nacido muerto, en un río. Fue condenada a muerte: la ley escocesa penaba entonces la ocultación del embarazo.

La historia rompe con la tónica general de las leyendas que se forjaron en la ciudad y ofrece un final feliz. Los gritos desde el ataúd confirmaron que Maggie Dickson, ahora Maggie la  medio colgada, seguía viva. Y así seguiría mucho tiempo: ya se le había aplicado su pena y no podían volver a ahorcarla. Un pub, con su nombre, rememora su historia. A unos metros, Last Drop hace alusión a la estrategia optada a posteriori por las autoridades. Todos los condenados a muerte eran invitados a un último trago. Cargadito. Nada como el alcohol para destensar el cuello y evitar nuevas sorpresas. Hoy, son dos de los muchos locales de la zona en los que catar la cerveza o el whisky escocés.

Toda visita a Edimburgo debe incluir un recorrido por sus cementerios, que hacen a la vez de parques y en los que no es extraño encontrarse a los lugareños leyendo un libro o disfrutando de un espacio al aire libre. El  más céntrico es el de Greyfriars, que tiene acceso al prestigioso (e imponente) colegio George Heriot y al espacio que ocupó la prisión en la que en 1679  fueron encarcelados los covenanters de la ciudad. Siglos más tarde pasaría a convertirse en uno de los lugares más encantados: cuenta la leyenda que un vagabundo, que buscaba protegerse del frío, abrió el mausoleo del sanguinario Mackenzie, responsable de muchas de las sentencias de muerte de estos prisioneros, desencadenándose desde entonces una serie de sucesos paranomarles: cortes, quemaduras y marcas entre los visitantes. Hoy en día, el ayuntamiento mantiene cerrada esta parte del cementerio por precaución, pero puede recorrerse en pequeñas visitas guiadas en la que el intruso se hace responsable de lo que allí pueda pasarle.

Cuando, en 1766, la ciudad vieja se quedó pequeña debido al aumento de la población, se convocó un concurso para construir la ciudad nueva. El puente del norte une las dos principales partes de la ciudad y regala una nueva historia. Se vino abajo durante su construcción, en 1760, muriendo varias personas. El miedo a cruzarlo era generalizado, tanto que el alcalde apostó por obligar a los funcionarios a dar el paso para demostrar que los temores eran infundados. No era su primera opción: la vecina más longeva iba a ser la conejilla de indias, pero ni la jugada ni la tapadera salieron bien. Murió poco antes. La prepararon, igualmente, para la ocasión, pero el pueblo se percató del engaño. El miedo no hizo más que crecer. El lago sobre el que se alzaba era también en lugar en el que se arrojaba a las mujeres acusadas de brujas para comprobar si realmente lo eran.

El agua del lago fue drenada y, hoy, a los pies del puente se encuentra la estación de tren de Waverley. Pero, el lugar sigue siendo controvertido por el elevado número de suicidios. Se probaron hasta tres medidas de persuasión: dar mayor altura al muro e instalar una red que frenase el salto, de la que hubo que rescatar a decenas de borrachos que la utilizaron como atracción. Ahora se mantienen una serie de pequeñas inscripciones con el número del “teléfono de la esperanza”.

La ciudad nueva, ejemplo de urbanismo georgiano, que representa la vuelta de formas clásicas, tienen como arteria principal la calle Princes Street, dedicada en exclusiva a la actividad comercial. Es al final de esta avenida donde se encuentra Calton Hill, una colina que ofrece una vista fantástica de Edimburgo y que ha sido bautizada como “la Atenas del norte” por los monumentos que allí pueden divisarse: doce columnas inspiradas en el Partenón demuestran que, en ocasiones, lo que iba a ser no es lo que es en realidad y que el despilfarro público no solo es cosa de España. La obra pretendía ser un monumento en honor a los marineros y soldados escoceses caídos en las guerras napoleónicas pero los fondos se agotaron antes de que comenzase a coger forma.

No muy lejos se encuentra otro cementerio, el de Old Calton, protagonista de innumerables fábulas y donde pueden visitarse las tumbas del filósofo David Hume y el pintor David Allan. La parte trasera de la lápida de este último se asocia a la multitud de casos de catalepsia que se produjeron en la ciudad durante la época victoriana y que, al parecer, se debían a la filtración de cobre en el agua corriente. Cuenta la leyenda que el miedo a terminar enterrado en vida era todavía mayor que el que había para cruzar el puente del norte y, por ese motivo, se optó por atar las manos de los difuntos a una cuerda ligada a una campana para que en caso de despertar pudieran alertar de su regreso al mundo de los vivos. El viento, que sopla con fuerza en la capital escocesa, echó por tierra el plan e impediría percatarse de que David Allan estaba vivo: en lugar de los arañazos que se encontraron en otros ataúdes, en el suyo hay quien ve su autorretrato, horrorizado por un final que también es el comienzo de un millar de historias más.

Leyendas, mezcla de mito y realidad, abundan en Edimburgo. Una ciudad con historia que supo modernizarse sin dar la espalda a un pasado fascinante.

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Las canciones de mis viajes en familia

Cinta de casete

Vivir en el rural tiene ventajas e inconvenientes. Si estar lejos de todo lo atractivo para un adolescente puede considerarse desfavorable, las ansias de ejercer el derecho a voto o de esa idílica libertad que se vincula a la mayoría de edad quedaban a un lado a expensas de sacarse el carné de conducir. La autonomía al volante viene con un extra: escoger las canciones que te acompañarán hasta el destino. Pero antes de que eso sucediese tuve que  “padecer” muchos temas que, en cintas de casete, nos amenizaban cada viaje. En el coche de mis padres o en el de mi hermana… Y sí, he dicho casete, ¿ya los habéis olvidado? Yo empecé a elaborar mis primeros recopilatorios en cintas, en radiocasetes en los que se necesitaba pulsar las teclas de Rec y Play al mismo tiempo para grabar, justo cuando comenzaba la canción deseada, con la esperanza de que el locutor no la interrumpiese con ese “estamos escuchando lo último de... Ahora entiendo el porqué de esta intrusión, era para evitar la piratería de la época. Me declaro inocente, a mis doce años no sabía lo que hacía. Ni lo sabía yo, ni mi mejor amigo Diego, con quien intercambiaba los mejores éxitos de la Ruta del Bacalao.

Atravesar España por carretera nacional en los años ochenta no era moco de pavo, menos aún si el bólido no disponía de aire acondicionado. Horas y horas contando señales, toros de Osborne y sin tablets, pero con la compañía de la cinta de Ana Belén y Víctor Manuel. Así llegamos a Asturias, la tierra del cantante, y aunque mi padre se empeña en decir que no fue a propósito, yo creo que el volante torcía para el Cantábrico.  ¡Vaya banda sonora para recorrer los Lagos de Covadonga! Para el regreso a casa nada mejor que Modern Talking para equilibrar la balanza.

Otra actividad que nos gustaba hacer en familia, además de viajar, era ir a la playa. San Vicente do Mar está a unos cincuenta kilómetros de nuestra casa, lo justo para escuchar una cara de la cinta de Donato y Estéfano.  ¿Quién no cantó alguna vez eso de Hiarolei, Hiarolei, Hiarolei? El problema llegaba a la hora de la retirada, la misma que escogían las otras diez mil familias con las que compartíamos arena… Mi cara de cabreo/sueño escuchando al dúo de Cali y La Habana interpretando canciones de amor mientras el coche se recalentaba en las interminables caravanas seguro que no es difícil de imaginar.

Los años fueron pasando, y con ellos la hora de que mi hermana diese el salto a la Universidad. La escogió cerca, en Santiago de Compostela. Cada domingo por la tarde tocaba paseo a la ciudad del Apóstol, pero en este caso a ritmo de Chayanne y de Mónica Naranjo… os preguntaréis si a estas alturas sufro algún trauma musical, pero para vuestra tranquilidad os digo que de momento estoy bien, gracias. Recordad que si me hiciesen caso a mí escucharíamos bacalao, y el resultado… bueno, dejémoslo así….

Ya en una época contemporánea y en el coche de Lorena, mi hermana, la música seguía presente pero el cambio de estilo se hacía perceptible. Recuerdo a Alejandro Sanz, Laura Pausini, La Oreja de Van Gogh (la original) y Maná. El problema de aprovechar las cintas de casete hasta el final es que siempre se cortaba alguna canción, y cuando las escuchabas de nuevo en la radio o en una discoteca y llegaba la pausa inopinada pero no se detenía, se apoderaba de ti un sentimiento extraño, como si algo insólito estuviese pasando. ¡Vaya! Justo ahora que llegaba el momento de coger el volante y poner mi música preferida me tengo que despedir. Quedará para otra ocasión.

Overbooking

Compañía aérea Wamos

Abrió el bolso, nerviosa, y comprobó que vuelos y pasaporte estaban donde los había dejado. No tenían por qué no estarlo: desde el segundo control a sus pertenencias, se aseguró de pasar correctamente la cremallera. Decidió salir de casa. Ya en el taxi, cayó la cuarta revisión. La quinta fue la más absurda de todas: al llegar a Barajas llevaba el tiempo justo para facturar la maleta que había hecho y deshecho otras tantas veces. De olvidarse algo, ya no había vuelta atrás.

     — Disculpe señora, tenemos un problema

     — Espero que venga con solución incorporada

     — Estamos trabajando en ello. Se vendieron dos billetes de más y no hay asientos para todos.

     — ¿Se vendieron? ¿Solos?

     — Lo habitual es que haya algún pasajero que termine por no viajar y…

     — Va a ser cierto eso de que es el ser humano quien genera buena parte de los problemas a los que luego tiene que enfrentarse

     — ¿Disculpe?

     — Un percance es una tormenta, no que especulen con los viajeros

     — ¿Le importaría volar mañana?

     — Confío en que se le ocurrirá una idea mejor

Fue, sin duda, la respuesta más amable. La otra azafata que invertía sus energías en persuadir a los últimos dos pasajeros para cambiar las fechas del vuelo no consiguió una respuesta afirmativa ni al utilizar el comodín: ambos rechazaron la oferta de viajar en primera clase 48 horas más tarde. Pronto escucharon también la negativa de la señora que tenían a escasos metros.

     — Le garantizo que viajaría usted mucho más cómoda

     — Seguro que le suena lo que le voy a responder: no es no

La sonrisa se fue desdibujando de la cara de las azafatas. Se miraron inquietas y la más joven de las dos, pero realmente espabilada, lanzó la pelota al lado de los clientes, que hacía ya unos minutos que empezaran a perder la paciencia: “Hay solo un asiento disponible para Cancún, pónganse de acuerdo”.

Funcionó.

Con la mirada puesta en el reloj, no tardaron en lanzarse los motivos por los que no podían perder el vuelo. El único varón, un joven recién graduado en Turismo con unas enormes gafas de pasta, dibujó la oportunidad de su vida: la entrevista de trabajo que no llegara en España le esperaba al otro lado del Atlántico tras una cita previa vía Skype en la que demostró sus dominios de inglés y alemán. La mujer, de unos 35 años, que había peleado con la misma azafata le interrumpió para mostrar una invitación repleta de letras cursivas y en la que una pareja aparecía sonriente: “Es mi hermana, mi única hermana, la misma a la que un idiota engañó y que se fue a México para marcar distancia. No puedo perderme este día”.

La señora, por su parte, optó por no explicar sus motivos a un par de desconocidos. “Es innegociable”, se limitó a decir. La hora de embarcar se venía encima y el acuerdo estaba lejos de cobrar forma.

¿Cuál era el mecanismo más justo de elección? Fue el joven quien, después de bucear en Internet y localizar lo buscado, creyó dar con la solución. Limpió las gafas, las recolocó sobre orejas y nariz, y dejó caer su propuesta: “Para vuelos de más de 3.500 kilómetros hay una compensación de seiscientos euros, podemos decidir en función de lo que pagamos cada uno por los billetes”. Era una forma imparcial, que además le podía favorecer: le avisaran para la entrevista con un margen incompatible con la búsqueda de ofertas.

Los tres perdían dinero.

     — Pagué 850 euros. Después, exhibió la reserva

     — Yo 650

     — Algo más de 950 euros, añadió la señora mientras observaba como la cabeza de la mujer, cuyo pasaporte decía que se llamaba Lorena, empezaba a balancearse de derecha a izquierda.

La propuesta empezó a parecerle maravillosa pero adivinó que la replica no tardaría en llegar. Lorena había dejado de mirarlos para examinarlos.

     — Si se trata de ser justos, habría que establecer una relación con nuestros ingresos. Ya os adelanto que ese reloj y bolso que lleva, yo no me los puedo permitir.

La azafata, la de la idea, les interrumpió. Uno de los tres tenía que embarcar. Lanzó una moneda al aire. Dos veces. Y antes de que se dieran cuenta, la señora les observaba mientras pasaba el control y dudaba en alzar la mano para despedirse. No lo hizo. Se sintió culpable. Y eso que solo ganó lo que le correspondía. Hubo, sin embargo, quien se benefició del servicio no ofrecido. De una sobreventa que se agarra a las estadísticas para ampliar ganancias y contempla, sin pudor, dejar pasajeros en tierra.

“Legal sí, pero sin sentido”, comentaron las azafatas una vez liberadas del marrón.