Malabarismos diarios

Hay una belleza cautivadora en las acrobacias. Es la armonía en cada uno de esos movimientos que parecen imposibles. La precisión con la que un cuerpo que acaba de girar hasta tres veces en el aire se posa sobre el suelo en el momento exacto para levantar la pierna y recoger esa ficción de trozo de kiwi que arroja un compañero. Es tan impecable el engranaje que consigue el Cirque du Soleil en su espectáculo OVO que cuesta disfrutar de su elegancia sin temer el fallo. El día a día está repleto de sus particulares malabarismos y es bien sabido que esa precisión es milagrosa. De madre. Los lanzamientos de fruta dan paso a personas volando de un lado al otro del escenario para hacer todavía más grande la función.

Los niños de la fila de delante miran embobados. Ya solo el vestuario merece que se le pongan los ojos como platos. Lo que seguro que desconocen es que a su lado se sienta otra acróbata. Les acompaña una mujer que alterna la mirada entre ellos y el espectáculo. Pienso que la vida es eso, un juego de equilibrio, en el que entrenamos cada día para mantenernos en la cuerda en la que ahora baila una bicicleta. Llegar a final de mes y conciliar vida profesional y personal son las dos acrobacias que más quebraderos traen consigo para salir victorioso. Y eso que el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) vuelve a recordar un mes más que el paro continúa a la cabeza de las inquietudes ciudadanas. Ya no se baila. Se está en la cuerda, pero inmóvil.

Hay equilibrios que se hacen en pareja. Si uno se cae, el juego continúa, pero ya por separado. Y con amistades. A veces hay que hacer muchos malabarismos individuales para que los grupales lleguen a buen puerto: las cenas de Navidad en las que no falta nadie son tan inusuales como en las que el cuñado no llega tarde y se queda a fregar los platos. Por salir del tópico del chiste que nadie pilla o no termina de hacer gracia. Seguro que donde unos ven ironía, otros tontería, pero una acrobacia perfecta es aquella en la que somos capaces de imaginar malabarismos ajenos y tener la fiesta en paz. Es el mejor contrapeso para que la mesa se mantenga estabilizada. Confío en que los Reyes Magos lo compensasen hoy.

El espectáculo continúa y las cabriolas se adueñan de la pista. Son el nuevo reto al que se enfrentan los artistas mientras el público observa. Pierden la atención de uno de los niños que antes permanecía hipnotizado. Se dirige a la mujer que intuyo es su madre y le susurra que ya sabe que quiere ser de mayor. Ella se limita a sonreír y a devolver la atención de su hijo a donde, en realidad, nunca dejó de estar. Me la imagino pensando que los malabarismos que le esperan son otros e invirtiendo su tiempo en mostrarle que después de tres saltos por el aire se puede recoger el kiwi.

Buenos motivos para el 2019

Feliz 2019

La vida está repleta de propósitos. No hace falta esperar al año nuevo para hacer listas condenadas a aplazarse. Los objetivos nos los marcamos día a día y la forma de alcanzarlos es bien sabida: esfuerzo y sacrificio son como esa pareja a la que nunca ves por separado. Cuando el milagro se produce, detectas al momento que algo no va bien. Por eso al año nuevo solo le pido que me recuerde porqué hago lo que hago. Hay veces que es más importante repetirse los motivos que los objetivos. Son los que te tienden la mano para competir con el dúo invicto en igualdad.

Los propósitos, por si solos, se convierten en obligaciones. Y las que son con uno mismo corren el riesgo de quedar en el olvido si dejamos de tener presente las razones que nos impulsan. Ya lo dice su definición. Los motivos mueven o tienen eficacia y virtud para mover. Son esenciales en el origen pero también en el desenlace; recordarlos es la mejor forma de disfrutar de los logros y romper con esa tendencia a desinflarnos e ir a por el siguiente objetivo sin saborear el alcanzado. No deleitarse con las pequeñas victorias es suscribir esa frase tan redonda de Carlos Ruíz Zafón en su libro Marina: “solo recordamos lo que nunca sucedió”.

Feliz 2019 y muchos y variados motivos para todos. Disfrutad del camino y, después, de los propósitos cumplidos.

Escupir al corazón

Corazón de Midlothian, en Edimburgo

Sin aceite ni vinagre. Ni tan siquiera sal. Trato de no añadirle ningún tipo de aliño que me deje un mejor sabor de boca. Las cosas son como suceden. Procuro ajustarme a la realidad para sortear esa tentación tan reconfortante de cambiar el decorado de nuestra discusión. Añadiendo detalles aquí y allá uno tiende a liberarse de los remordimientos.

El día fue largo y nos recibimos con todo lo que quedaba por hacer, que es en lo último que uno quiere pensar cuando se le escurren las horas. El volcán en el que todos nos convertimos cuando se caldea el ambiente entró en erupción y te culpé de todos esos males que callé ante otros. Después de un largo silencio te limitaste a decir que pasamos la vida acumulando presiones que solo descargamos con quienes más queremos.

Vamos directos al corazón. En línea recta. Como el que puede verse incrustado en la Royal Mile de Edimburgo si uno camina observando donde va a colocar los pies.

Mucho se ha escrito sobre corazones. Y mucho se ha borrado. Hay palabras que dejan más al desnudo que otras. Cuenta Pedro Mairal, en su novela La Uruguaya, que es el término que más tachó Jorge Luís Borges en sus correcciones literarias. “Mi corazón resbala por la tarde como el cansancio por la piedad de un declive” se transformó en “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive” en el poema dedicado a Montevideo.

Es enigmático. Puede que omitirlo sea la mejor manera de protegerlo de los esputos que le esperan. Una forma de resguardo. Pienso en ello mientras mis pies se detienen ante el mosaico en forma de corazón que se encuentra integrado en el pavimento de una de las calles más concurridas de la capital escocesa. No se pisa, se le escupe. Da suerte. Los motivos no terminan de estar claros pero las historias hablan de la importancia de la ubicación en la que se encuentra adoquinado. Todo lo que hoy rodea al corazón fue en su día una cárcel y los presos que conseguían abandonarla lo hacían salivando a su salida como prueba de desprecio a un sistema penitenciario ligado a las ejecuciones públicas. También se dice que era una forma de protesta contra los altos impuestos. Pero, yo solo pienso que no hay estampa que explique mejor la riña que tuvimos.

En Edimburgo se escupe al corazón de Midlothian porque es el único sitio en el que no está prohibido y en la vida se apunta al de las personas que más nos importan porque es con quienes parece que nos lo podemos permitir. Cómo iba Borges a consentir que el suyo resbalase sin pensárselo dos veces.    

Tenemos que vernos más

Amigas

Yo no necesito conversar porque adivino que ya sabes como estoy, tú me has conocido siempre”. La marca de licores Ruavieja elaboró una campaña publicitaria redonda, que me trae a la cabeza a Los Manolos, al poner en el foco una frase que todos hemos repetido en un sinfín de ocasiones: tenemos que vernos más, que es lo mismo que deberíamos quedar, y no hacerlo hasta el próximo encuentro fortuito. Es una pena. En buena parte de las ocasiones que estas palabras salen de nuestra boca, la intención es tan real como ese ajetreo diario que nos hace posponer el encuentro. Pero, no todo es no poder. El anuncio es contundente: el tiempo que pasamos frente a las redes sociales y demás contenido audiovisual se lo quitamos a la interlocución directa con las personas que nos importan. Al trabajo es más complicado robarle horas.

Con Los Manolos regreso a un pasado en el que la promesa que nos hacíamos, cruzando los meñiques, era la que da título a la canción, Amigos para siempre. La historia parece escrita de antemano: a ciertas edades uno se jura amistad y, a otras, verse, que, si lo pensamos bien, es la forma de cumplir con lo pactado. O, así lo era. Ahora también podemos encontrarnos a través de esa infinidad de redes sociales en las que lugares exóticos y menús que yo jamás sería capaz de elaborar acumulan cientos de me gustas. Al sargazo, la gran masa de algas que se desplaza cada cierto tiempo hacia el Caribe mexicano y de la que escribe Javier Aznar en Kriptonita en la playa, nadie le hace un book fotográfico. De las vacaciones en la playa, sin playa, no hay rastro en Instagram. Intuir cómo está un amigo a través de las redes solo es posible cuando parece que está bien. Que, por desgracia, no es lo mismo que estarlo.

Del sargazo también me habló Ana, que vive en Playa del Carmen desde hace años y, aunque dice que volverá, ya no la creo. La reflexión de Borges sobre las diferencias entre la amistad y el amor se llena con ella de significado. La amistad sí  puede prescindir de la frecuencia. Mientras sigue preparando esas maletas eternas, las redes son el magnífico aliado que trampea la distancia, pero nada, en palabras de ella, como el mano a mano. El cara a cara. Cuando la distancia se acorta, los resultados extraídos en el anuncio de Ruavieja son más emocionales: no es cierto eso de que, como continúan Los Ramones, nos queda tanto por vivir. La campaña incluye una herramienta que permite seguir el paso de sus protagonistas y averiguar el tiempo que pasaremos con nuestros seres queridos gracias a datos extraídos del INE. Todavía no hice la prueba. Puede que tenga miedo del resultado. Sí compartí el vídeo, lo bombardeé, e invité a un par cañas. Quiero que nos veamos más.

Yuan bei, Uxía

Recién nacido

Hoy me han dado una noticia feliz. Tiene nombre propio, de cuatro letras, y significa bien nacida y nobleza. Es pequeñita. Y gallega. El nombre que sus padres escogieron para ella está ligado a su tierra. Uxía era ya la alegría de su familia desde incluso antes de nacer. Ahora, que la pueden coger en brazos, las sensaciones se multiplican. Lo sabe bien su abuela, que no deja de recibir enhorabuenas. Hay emociones para las que es muy difícil encontrar una palabra. Es, entonces, cuando cobran importancia los matices, pero solo quiero un término, conciso, que devuelva a sus allegados al pasado 30 de octubre con solo cerrar los ojos. Uxía no quiso esperar a noviembre.

Los nacimientos pueden provocar reticencias. El problema no son los padres ni los niños, es el mundo. Este loco mundo. Esa inevitable alternación de buenos y malos momentos que se escapa a nuestro control. Decía Eduardo Galeano que “dentro de este mundo hay otro posible” y vamos a necesitar de nuevas generaciones, nobles, para comprobarlo.

Un proyecto de la University of  East London recopila palabras de distintas lenguas que “ofrecen una forma distinta de ver nuestro planeta”. Primero aparecen las necesidades y ya después su definición.  Gigil, ese irresistible deseo de estrujar a alguien querido, está estrechamente ligado a los nacimientos. Nada produce tanta ternura como un recién nacido. Proviene del tagalo, el idioma mayoritario en Filipinas, y está ligado al yuan bei, que es, en chino, la sensación de completa y perfecta plenitud. Siempre quedarán momentos así. Como el del martes. Está en manos de todos nosotros que estos sean los matices que necesitemos.

Por muchos momentos yuan bei, Uxía.

Dominados por el tiempo

sol

Hay conceptos que son eternos. La vida transcurre en paralelo a ellos, tratando de cuantificarlos. Desde los inicios de la humanidad, las personas buscamos un eje que nos sirva de referencia y nos guíe en nuestro paso por la Tierra. Si bien las distintas religiones fueron, y siguen siendo, un pilar referente para ello, el sol, las estrellas y los planetas vecinos también tuvieron gran importancia. El tiempo, tal y como hoy lo percibimos, no es más que un concepto al que el ser humano le dio un sentido. La cuestión es ¿cómo medirlo?, ¿cómo entenderlo?

Los primeros en darle forma a este sinsentido fueron, como no, los egipcios. En lugar de utilizar el actual sistema de medida decimal, se basaban en uno duodecimal muy fácil de explicar: con su dedo pulgar contaban cada falange de los otros cuatro dedos de la mano, que suman un total de doce. De esta manera, atribuyeron al intervalo de luz de un día doce divisiones. Una para la salida del sol, otra para su ocaso y diez restantes que se repartían de forma poco exacta. La noche se dividía, de igual modo, en otras doce horas tomando como referencia las estrellas. Dando lugar así al concepto que hoy entendemos de un día de 24 horas. Y a mí, sin duda, no me llegan.

Como las horas de luz se medían con el reloj solar, estas no siempre duraban lo mismo, ya que dependían de la época del año. Fueron los griegos quienes se propusieron dividir el día en 24 horas exactas, basándose en los equinoccios, cuando el día y la noche tienen la misma duración. Aunque no fue hasta el siglo XIV, después de que aparecieran los primeros relojes mecánicos en Europa, cuando todo el mundo empezó a utilizar este sistema.

Los griegos utilizaron técnicas astronómicas que fueron desarrolladas anteriormente por los babilonios, quienes realizaban cálculos usando una base sexagesimal. Estas técnicas fueron mejoradas para dividir un círculo en sesenta partes horizontales, paralelas y ordenadas, ideando un sistema geográfico de latitud que obedece a la geometría de la Tierra. También idearon un sistema de líneas de longitud que abarcaron 360 grados y que recorrieron el planeta de norte a sur, desde un polo hasta el otro. La primera división llegó a ser conocida como el minuto. La segunda como el segundo.

Hoy en día, la definición estándar de tiempo ya no se basa en la rotación de la Tierra alrededor del Sol, sino en el tiempo atómico. Como curiosidad, en 1998, la empresa suiza Swatch introdujo el concepto de Swatch Internet Time, que divide al día en 1000 beats. La empresa ha vendido relojes que indican el “Tiempo de Internet”, aunque no ha gozado de gran trascendencia.

Egipcios, babilonios, griegos… No importa la época ni el lugar. Nos basamos en el tiempo para ordenar y dar sentido a nuestras vidas. Hablamos de perder tiempo, ahorrarlo o malgastarlo, pero lo único cierto es que no lo podemos almacenar. Y, de momento, también estamos muy lejos de la propuesta novelística de Herbert George Wells, cuando en 1895 ilusionó al mundo con la posibilidad de poder desplazarse a través de él. Aunque algunos lo intentaron, como Marty McFly, a día de hoy sigue siendo una quimera. Siempre nos quedarán los cambios de hora, o no, y aprovechar el tiempo todo lo posible. Cada uno, a su manera.

La muerte de la privacidad

nos vigilan

La anécdota seguro que les resulta familiar. Es conectarnos a Internet y no dejar de pasar publicidad ante nuestros ojos. Mi muro de Facebook está repleto de palas. Son de un sinfín de colores y precios. Las demás diferencias, las que las hacen buenas o malas, las desconozco. Mi mayor interés por ellas es saber qué hacen ahí. Ya tengo la que necesito: se la pedí a una amiga por Whatsapp. La conversación se prolongó porque ella, que juega al pádel tan poco como yo, tuvo que recurrir a su novio. Fue él quien estuvo a punto de traerme una raqueta, que es, en realidad, lo que yo había pedido, y dejarme sin jugar. Ahora llamo a las cosas por su nombre pero finalizado el partido seguiré como hasta ahora: el único rastro digital que me une con las palas es esa conversación, que suponía privada.

Pero, ya se sabe, al suponer, sin evidencias, distorsionamos la realidad. Aceptamos las condiciones sin leer la parrafada.

No es la primera vez que cuento esta historia. Es hablar de datos/ privacidad/ espionaje y sale a relucir. La conclusión tiende a ser la misma. Pedir una pala es como hablar del tiempo, después de mucho divagar, uno le da la importancia justa y deja de preguntarse quién es ese hermano mayor que parece escucharlo todo. Olvidamos así que la cámara la llevamos siempre encima: a los comentarios en redes y búsquedas en Internet, que dibujan nuestro perfil, hay que sumarle esa infiltración en nuestra privacidad que se logra al activar remotamente el objetivo o el micrófono del móvil. Los smartphones son esa pantalla de George Orwell que sirve para ver pero también observa. Los algoritmos ya saben más de nosotros que nosotros mismos.

El País publicó esta semana una entrevista al prestigioso divulgador científico Ranga Yogeshwar, que alerta en su libro Próxima estación: Futuro del mal uso de los datos. Una interesante reflexión sobre la forma en la que las innovaciones tecnológicas cambian nuestra percepción del mundo y la manera en la que nos relacionamos y que pone el foco en la velocidad a la que se implantan. Recalca, en la entrevista, que es esa celeridad la que va dejando atrás la multitud de dilemas éticos que se generan y pone sobre la mesa una idea esencial: “Necesitamos una cultura en la que el progreso sea el resultado de un proceso de reflexión de la sociedad no el resultado exclusivo de la ingeniería y los inversores”. El texto va mucho más allá: habla también de fake news y de nanorobots. Y, a pesar de la aprobación del Reglamento General de Protección de Datos, de la Unión Europea, todavía no tenemos claro a dónde nos lleva esta masiva recopilación y difusión. Lo demás, entonces, son palabras mayúsculas.

Las ventajas son evidentes. Además de palas que no pretendo comprar, me llega publicidad mucho más ajustada a mis gustos: ganan las empresas, pero también yo. La pregunta, entonces, es clara. ¿Cuál es el precio? No todos los datos deberían estar a disposición de quien los quiera. Probablemente cambiará la forma en que entendamos la privacidad, pero espero que si mañana vuelvo a jugar al pádel sea porque me apetece y no para que conste en una ficha. Ya hay aseguradoras que piden los datos para calcular las pólizas. Ranga Yogeshwar, aunque se declara optimista, advierte que la principal desventaja podría ser la que deriva de una observación constante: acabar sometidos a la dictadura del comportamiento. Ya no solo en público, también en privado. También en Whatsap.