Sonrisas de Instagram

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Viajar a Marte

o al cuarto de la plancha.

Pero contigo.

Los versos no eran suyos, sino de Luís Alberto de Cuenca, pero no importaba. Propios o ajenos, sonaban igual de bien al otro lado de la pantalla. Tampoco estaban en el cuarto de la plancha, pero seguro que la habitación del hotel en el que se alojaban, allá en el otro lado del mundo, su mundo, tenía uno con el que lucir camisas impecables. A juego con sus sonrisas.

Ver vidas ajenas es, a veces, desolador. Uno tiende a comparar, a buscar relaciones de semejanza pero solo encuentra diferencias. Se confrontan victorias con derrotas, sin definir que son las unas o las otras. La elección de los elementos a hostigar puede impregnar la balanza de irrealidad.

Me mostraron la fotografía feliz y después los versos. Con el calor que hacía, mis ojos se fueron directamente hacia la piscina. Tenía vistas al horizonte, a esa fina línea en la que el mar acaricia el cielo y regala una combinación de azules que invita a contemplar el agua de cerca. Y a meter en ella los pies. Es solo en la orilla, con la proximidad que concede, cuando torna transparente. Nuestros ojos perciben la luz en función de cómo la absorben los cuerpos que miramos de la misma forma que ese ente infinito que es Internet difumina realidades.

Es disparatado resumir una vida en tres versos.

Creatividad

Somos animales de costumbres. Todos. Catherine, por ponerle uno de los nombres de mujer más comunes en Canadá, también. Su primer vuelo requirió de una organización minuciosa: preparó la maleta el día antes, llenando de tachones la chuleta que escribiera como previsión, la pesó en la misma báscula a la que solía subirse ella y llegó al aeropuerto con el tiempo suficiente para coger el vuelo que descartara para evitar madrugar. Era la misma ruta que ahora frecuentaba por motivos de trabajo: de Toronto a Calgary. Pasara de ser algo extraordinario a lo habitual. Quizá, por eso, esta vez se entretuvo más tiempo del necesario revisando las estadísticas sobre las preferencias de los viajeros con los que iba a compartir asiento y terminó echando una carrera.

La duración del viaje es de poco más de cuatro horas. Catherine hizo ese día la misma petición de siempre: ventanilla para disfrutar de la vistas sobre los lagos Huron y Superior y luego sumergirse en los miles de datos de los que esperaba sacar ideas para hacer una campaña de esas que dejan con la boca abierta. Todavía no se había sentado cuando llegó la primera interrupción.

Es su primer viaje en avión, ¿nos podría dejar la ventanilla?

Es una mujer quien hace el ruego. A su lado, un niño de unos diez años mira sonriente hacia todas las direcciones. El padre se sienta al otro lado del pasillo, a un metro escaso, no entiende que no hicieran la misma solicitud que ella.

Lo piensa. La ventanilla es ya un hábito consolidado. Una comodidad. Son los ojos curiosos del niño quienes la convencen. Cada uno se mueve un asiento y Catherine termina en el del padre. No habrá panorámica de los lagos como fuente de inspiración pero ya tiene tres clientes felices, que disfrutarán de la experiencia. Un cliente feliz es un cliente fiel. Lo piensa así y sonríe ella también.

El avión despega. No las ve pero lo intuye, las vistas son fantásticas. Se apaga la luz que obliga a llevar abrochado el cinturón y el niño empieza a describir todo lo que ve a su alrededor. Los padres le vuelven a agradecer el gesto.

Es su regalo de cumpleaños, le fascina todo lo relacionado con volar

Quiero ser astronauta, como Neil Armstrong, apostilló el chiquillo

La fascinación con la que se dirigía a sus padres le resultaba familiar. Era el mismo regalo que Catherine pidiera durante años. Un regalo que tardó en llegar y que le hizo pensar en la posibilidad de que la compañía se colase en los hogares de sus clientes esas Navidades. Anotó en la agenda:

Papá Noel recoge la petición, los renos la traen por el aire.

Catherine no existe, pero sí los miles de sueños, como los del niño de la historia, que la compañía canadiense WestJet quiso hacer realidad. El vídeo que acompaña a este texto nos los pusieron recientemente en una clase de Customer Experience Management como muestra de todo lo que las empresas pueden hacer por el cliente. De todo lo que se puede hacer con creatividad.

¿Qué regalo deseas estas Navidades? Ésta fue la pregunta con la que un Papá Noel virtual sorprendió a los pasajeros de un vuelo de Toronto a Calgary en plenas fiestas. Los datos, hasta los que puedan parecer más irrelevantes, siempre se quieren para algo: el personal de la compañía no tardó en movilizarse para sorprender a sus viajeros en la llegada a destino. Las cuatro horas que dura el vuelo sirvieron para tener todo a punto y que los viajeros vieran deslizarse por la cinta de maletas sus peticiones.

Siempre que veo una campaña de las que dejan con la boca abierta me pregunto de dónde sacan la inspiración las Catherines que se encuentran detrás de ella. Es la fascinación por la creatividad. Por la que será una de las habilidades clave en un futuro que alcanzamos cada día y que busca no dejar indiferente. Dice la agencia de publicidad Saatchi & Saatchi que creen en algo tan poético como en crear. Crear cualquier cosa que te mueva algo. Que te haga cosquillas.

Pero, ¿cómo se consigue ese hormigueo?

La mejor respuesta se la leí al escritor suizo Joël Dicker en una entrevista. “La creatividad no es una especie de magia que surge, es trabajo”. La originalidad la despierta la curiosidad. Con entrenamiento. Con práctica. Intuyo que sabe bien de lo que habla. Explorando al protagonista del libro que le llevó a las librerías del todo el mundo, La verdad sobre el caso Harry Quebert, escribió otra obra totalmente distinta pero igual de apasionante, El libro de los Baltimore.

Somos animales de costumbres pero, a veces, es bueno dejar la ventanilla a quien todavía no disfrutó de las vistas para descubrir nosotros otros enfoques diferentes.

El cronista y su villa

El cronista y su villa

Leer es vivir otras vidas.

Leer es conocer la nuestra.

No conocí a mi bisabuelo, al padre de mi abuelo, murió dos años antes de que yo naciese y hasta hace no mucho solo sabía de él que escribió una infinidad de páginas de periódico e historias. Páginas que pude leer en los últimos meses gracias a ese cuidado con el que solo se guardan aquellos objetos que poseen valor sentimental, que, al fin de cuentas, es el único que tiene el poder de volverlos sempiternos.

No conocí a mi bisabuelo. O sí, lo conocí leyéndole. Y reescribiéndole. El libro al que da título este post es la forma de inmortalizar su trabajo y el prólogo la demostración de que por las ramas del árbol genealógico también circulan los gustos. Las aficiones. La de trazar renglones ahora ya sé de donde viene.

Prólogo del libro El cronista y su villa

Dicen que no hay mayor amor que el de los padres a sus hijos, y así lo demostró José Docampo Vazquez, Casagrande, a cada uno de sus ocho sucesores. Pero, ¿qué pasa con el amor de los hijos hacia los padres? Este libro habla de A Estrada pero también de ese apego infinito que va en la otra dirección. Un afecto que se transforma en admiración por la integridad con la que Casagrande vivió su vida y que le acompañó siempre en el transcurso de su carrera profesional como cronista oficial de la tierra en la que nació y para la que siempre buscó lo mejor. Con palabras, miles de palabras entrelazadas unas a otras con habilidad pasmosa, y con hechos. Este libro, que recoge parte de su trayectoria en el periódico Faro de Vigo, es el regalo que le hace Manuel Docampo Pego a su padre y a la villa por la que le contagió unas dosis de querencia proporcionales a las suyas.

Palabras. José Docampo, amante de la escritura, comenzó a trabajar para el periódico decano de la prensa española en 1914 y allí seguiría escribiendo durante más de cincuenta años, en los que fue los ojos y oídos de sus vecinos para después convertirse en altavoz. Ya anteriormente había expuesto la realidad del municipio en El Estradense, El Emigrado y la Vanguardia. Maestro de profesión, encontró en las páginas de periódico la forma de dedicarse a su pueblo y a la literatura.

 A la radio le reservó su imaginación. Xente que vai e ven es el primer libro que Manuel Docampo, con la colaboración de Álvaro Cunqueiro, dedicó a su padre. Por sus cuartillas corretean las palabras que en su día volaron por las ondas. Si la información cumple una función esencial, el entretenimiento tiende la posibilidad de bajarse del mundo por un instante: los cuentos que narró diariamente, entre los años 1960 y 1964, en Radio Estrada para publicitar el comercio local fue la forma más amena e ingeniosa de apostar por su tierra. Pola súa Estrada.

Hechos. Dedicó muchas horas al periodismo pero no fue su única profesión. José Docampo ejerció de cantero, de sastre y de profesor. Es en el marco educativo en el que llevó a cabo buena parte de sus reivindicaciones. Primero, en el año 1933, intervino para que el centro académico de la villa obtuviese la titulación completa, y, cuando éste cerró, participó en la creación del Instituto de Ensino Medio. También en la del Colegio Inmaculada. Enseñaba Geografía e Historia en el aula para, después fuera, dibujar A Estrada en el mapa.

El salto de José Docampo a la política parecía inevitable. Dijo John F. Kennedy que “si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar un poco mejor”. Si Manuel Docampo es el vivo retrato de su padre no cabe duda alguna de que Benito Vigo Munilla no pudo encontrar mejor teniente de alcalde y concejal. Así lo creen también quienes le conocieron. Todo buen liderazgo requiere de su dosis de sensibilidad. Y del dinamismo que Casagrande demostró en tantas ocasiones: fue uno de los fundadores del Recreo Cultural de A Estrada, del que fue presidente durante mucho años, y cofundador de la Masa Coral Estradense.

Hay un episodio de su biografía que hace perceptible la frase de Kennedy. José Docampo fue una de las personas que, en 1962, se comprometió en traer los restos del poeta Xosé Manuel Cabada Vázquez desde Linares (Jaén) hasta la parroquia estradense de Codeseda. Era una de esas personas que aparecen justo donde se les necesita. Este libro recoge sus palabras. Textos comprometidos con su tierra en los que ya se puede entrever que el cronista oficial de A Estrada era un hombre de hechos. De esos que hacen un poco mejor la vida de los lugares en los que residen.

Bienvenidos a un recorrido por A Estrada.

Marina Santaló

¿Qué hago con tus sueños?

Sueños

Helena soñó que se dejaba los sueños olvidados en una isla.

Claribel Alegría recogía los sueños, los ataba con una cinta y los guardaba bien guardados. Pero los niños de la casa descubrían el escondite y querían ponerse los sueños de Helena, y Claribel, enojada, les decía:

Eso no se toca

Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:

¿Qué hago con tus sueños?

Los sueños olvidados, de Eduardo Galeano, es una de las joyitas en formato papel que recoge uno de esos obsequios que Susana pide para mí a los Reyes Magos cada año. El libro de los abrazos fue la sorpresa del 2007 y todavía hoy lo abro al azar para releer alguna de esas fábulas que dibujan el mundo con solo unas pocas líneas horizontales. No importa la página ni el renglón al que me lleve la suerte, las palabras de Galeano desgranando su presente siempre me hacen pensar en el futuro.

El capítulo de Black Mirror que lleva como título Toda tu historia no solo describe a la perfección lo peor de las mentiras y los celos en una pareja, también muestra una realidad alternativa en la que cada uno puede volver a ver sus vivencias, en sus propios ojos o en una pantalla, gracias a un dispositivo electrónico incrustado detrás de una oreja. Todo un avance tecnológico que cuenta con competidores en la realidad: Los sueños olvidados me hicieron recordar la clase de hace un par de semanas que me llevó a buscar información sobre el desarrollo de un artilugio para grabar e interpretar los sueños.

Las investigaciones se remontan a hace varios años y buscan entender la mente inconsciente y el por qué del mundo onírico. Un mundo que llevó a los antiguos egipcios a crear santuarios dedicados exclusivamente al sueño: estaban convencidos de que las visiones que se sucedían al quedarse dormidos eran advertencias de los dioses. Cambiaron los motivos pero traducir los sueños sigue estando a la orden del día. Evolucionó, también, la tecnología, que ya permite que las fantasías de Black Mirror no lo sean tanto y que se especule con poder leer la mente de las personas que no pueden comunicarse pero también con ver nuestros sueños o los de otros en lugar de la televisión.

Es, así, como Helena podría dejárselos olvidados en una isla y que Claribel lance una pregunta difícil de resolver para cualquiera:

¿Qué hago con tus sueños?

“Porque me gusta”

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Dice la escritora australiana Helen Garner que “siempre viene una idea a salvarme justo cuando estoy a punto de sentarme ante el abismo de comenzar una novela”. Esa idea que rompe con el folio en blanco me la acaba de dar a mí un texto sobre la actividad organizada por el estudio de arquitectura Foster + Partners y Apple para ayudar a los inscritos a diseñar su casa del árbol soñada. No hay mejor forma de recordar una palabra que sufrirla. Conocí la existencia del músculo supraespinoso en una de las muchas ocasiones que intenté hacer de uno de los árboles de la finca de mis abuelos mi dormitorio. Nunca se pareció a la creación de Punky Brewster. Fue un esfuerzo infructuoso, que derivó en una caída y una visita al hospital.

Hace ahora un año que creamos este blog y quería escribir sobre ello pero no sabía por dónde comenzar. La iniciativa de la casa del árbol me recordó que siempre quise una, pero también los versos que me escribió mi abuelo durante u20190304_181433nas vacaciones en las que no nos vimos y que guardo en el cajón de las cosas importantes. “O grande e fermoso loureiro está morriñoso e apenado, non se sube ó seu poleiro a garza que é do seu agrado”. No recuerdo que edad tenía pero me quedé embobada leyéndole como en otras ocasiones lo hacía de las historias infantiles. Luego intenté escribir. Y al regreso del viaje a Perú pensé que era un buen momento de dejar de acumular renglones en una carpeta y crear este espacio. Volví tan fascinada que quería que las fotografías contasen con ese apoyo que solo conceden las palabras.

Hoy, junto al álbum que recoge los versos de mi abuelo, guardo la recopilación de los textos que me regalaron por mi treinta cumpleaños. Convive con artículos y libros que me dejaron colgada de sus páginas y de muchos otros que están por comenzar. Hay una tendencia a aplazar las cosas que uno hace voluntariamente. Creo que por eso celebro estar aquí, escribiendo, un año después. Releí hoy un reportaje publicado por El País en 2011 en el que se recogen los motivos por los que cincuenta autores de renombre dedican sus vidas a la escritura. Hay respuestas brillantes, que son una combinación espléndida de ingenio y literatura, pero me quedo con la de Umberto Eco, la más escueta de todas. “Escribo porque me gusta”. Y no hay nada mejor que dedicarle tiempo a las personas y a las actividades que nos gustan.

Mejores respuestas

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Señalan los expertos que se dice tanto con la voz como con el cuerpo. Lo afirman mientras exhiben las palmas de las manos, que es la forma que tienen nuestras extremidades de garantizar honestidad y lealtad. Pienso en ello mientras doy vueltas en el pasillo para practicar en voz alta la exposición que tengo este fin de semana. Procuro no lanzarme a la carrera y evitar así que las palabras se atropellen entre ellas. No hay paso firme en los pies que compense los maratones de la voz. Pero con el ensayo busco algo mucho más inherente al ser humano: no gastar las horas de después construyendo razonamientos que me pasaron desapercibidos.

En una de esas charlas que llevan a todas partes y a ningún lado al mismo tiempo, un amigo aseguró que la genialidad llega siempre unos segundos tarde. Y así nos pusimos los dos a divagar sobre respuestas de película. “-Me desprecias, ¿verdad? –Si llegara a pensar en ti, probablemente sí”. Réplicas como la de Casablanca, que dadas con serenidad dibujan en la cara esa peculiar sonrisita que solo puede interpretarse como expresión de victoria. Incluso cuando uno se la está diciendo a sí mismo a posteriori.

Pasa, donde más, en lo flirteos. Cuando hay esa necesidad de demostrar. De sorprender. Una comida inesperada de cumpleaños siempre jugará con ventaja, por mucho que la prevista requiera ir vestido de etiqueta. Cuando alguien consigue dejarte en jaque mate está ganando la partida. Por eso cuando no se sabe si se está ganando o perdiendo hay una tendencia general a reconstruir los hechos añadiendo nuevos golpes de efecto. Se gasta tanto tiempo pensando mejores respuestas para discusiones finalizadas como frases elocuentes en citas que tienen pocas probabilidades de repetirse.

Inventar diálogos no es una acción que se produce únicamente a posteriori. Conozco a más de una persona que sabe cuáles son las palabras exactas con las que se despedirá de su trabajo el día que surja una oportunidad mejor. Incluyendo una respuesta impecable para los distintos caminos por los que pueda derivar la ansiada conversación. Y por los que no va a derivar, también. Hay una capacidad sorprendente en las personas para crear ficción. Para prepararse por si la franja que la separa de la realidad es estrecha. Al fin y al cabo, ahora recorro el pasillo pensando en hoy, pero mañana, aunque eche la vista atrás, lo haré también focalizando la próxima ocasión que me toque salir a la palestra.

Canciones que emocionan

Bohemian Rhapsody
Bohemian Rhapsody

En un año hay muchas canciones, en una vida solo unas pocas. Son las que devuelven a lugares y alteran el ánimo de quien las escucha. Las que pasa el tiempo y siguen grabadas en la memoria como ese ¡Hola, hola! con el que Pepe Domingo Castaño recibía a sus oyentes en la radio y conseguía ponerme la piel de gallina cuando era niño. Es la misma sensación que se produce cuando suenan esos temas que demuestran que no hace falta el factor sorpresa para causar asombro. Es difícil recuperarlos todos para una pequeña publicación pero vamos a intentarlo. Empecemos por el final.

¿Habéis visto la película Bohemian Rhapsody, que repasa, con mayor o menor acierto, la vida de Freddie Mercury? La recomiendo encarecidamente. La última vez que esa emoción recorrió mi cuerpo fue cuando empezaron a sonar los primeros acordes de la canción que da nombre al filme. Mi mente voló a los JJ.OO. de Barcelona 92’. Con Mercury ya fallecido, se recreó su actuación con Montserrat Caballé en Montjuic interpretando Barcelona. Veintiséis años después la potencia del tema me sigue resultando fascinante.

Hay otra canción que no puede faltar en mi lista, Fix You, de Coldplay. Comparte la misma virtud que la de Queen: cuánto más la escucho más me gusta. Y eso tiene verdadero mérito. Tanto como conseguir trasladarme a la adolescencia de la mano de series como The OC.  Sonó en una escena entre Seth Cohen y Summer Roberts y formó parte de la banda sonora de Scrubs, The Newsroom y Cinco Hermanos.

A las canciones que resultan grandiosas por su temática o estilo musical hay que sumarle aquellas que, sin saber muy bien porqué, nos marcaron en algún momento. En mi caso se trata de Sister Golden Hair, de América, que me devuelve a la infancia. Cuido las veces que la escucho, como si con cada reproducción se fuese consumiendo la mecha que la hace especial para mí. Parece que la música te devuelve momentos dentro y fuera de la pantalla. Se empareja sin esfuerzos con todo lo que la envuelve al tiempo que regala nuevos instantes.

¿Y si solo pudiese escoger una? La elegida, sin duda, sería Mama, de Il Divo. No hay en el mundo muestras de cariño suficientes para devolver a las madres todo lo que hacen por sus hijos, pero su carta en forma de canción pone palabras a ese agradecimiento infinito que va en la otra dirección. Es el claro ejemplo de la capacidad que tiene la música para emocionar.