Educar despertando intereses

Jean-Pierre Sauvage, Nobel de Química, con el alumnado ganador del premio de investigación Stephen Hawking que organiza el instituto compostelano Rosalía de Castro con la colaboración de Abanca / Foto de Santi Alvite

De siete, solo pueden quedar tres. En una de las primeras clases del máster que estoy cursando, Mario Weitz, consultor del Banco Mundial, nos hizo elegir entre una lista de elementos que serán fundamentales para el desarrollo de cualquier país en los próximos veinte años. Después nos dio la respuesta de la organización para la que trabaja: tecnología, energía y en el que coincidimos todos, educación. El desarrollo de las facultades intelectuales condiciona el de sus compañeras de viaje hacia el progreso.

Apenas unos días después tenía lugar, en Santiago de Compostela, la entrega del segundo premio Stephen Hawking que organiza el instituto Rosalía de Castro con la colaboración de Abanca. El acto tuvo lugar en el mismo auditorio en el que el científico fallecido este 2018 ofreció un breve pero contundente mensaje hace ya una década: “El mundo depende cada vez más de la tecnología y de la ciencia. Es muy importante que la gente las comprenda, y la mejor manera de conseguirlo es hacer que se interesen por ellas cuando son jóvenes”.

Eso es educar. Despertar el interés por aprender. Por sacar conclusiones. Conclusiones como la de Esther Revenga, ganadora del primer premio de un concurso que pone el foco en la investigación y del que Stephen Hawking afirmó estar feliz de que lleve su nombre.

El tema sobre el que profundizar era las moléculas y la joven compostelana se adentró en el mundo de las nanopartículas y su susceptibilidad magnética. Variando la relación molar del hierro y otros elementos químicos como el cobalto y el níquel, pudo extraer conclusiones sobre qué combinaciones producen más magnetismo. La investigación de Revenga, que comenzó a principios del verano y concluyó el pasado octubre, se ganó el reconocimiento del comité. Permitió también alcanzar el objetivo de Hawking: que la joven que cursa segundo de Bachillerato Internacional en el Rosalía de Castro asegure que son un tipo de actividades que “requieren bastante dedicación, pero son realmente motivadoras, cada día me apetece conocer más”. En su caso, habla del mundo científico, pero ese querer saber es esencial en cualquier disciplina.

El objetivo está cumplido porque Revenga no es un caso aislado. La iniciativa a la que dio vida Ubaldo Rueda, exdirector del Rosalía de Castro, y que continúa bajo la supervisión de Xavier Mouriño incluye a otros centros de Galicia que comparten el interés por la cultura investigadora. Los dos segundos premios se lo llevaron el trabajo de Iago Carballo sobre la determinación cuantitativa de moléculas perjudiciales para la salud en el humo del tabaco y el proyecto de cuatro alumnas del instituto Pintor Colmeiro, de Silleda, sobre celdas orgánicas solares. Xoana Rivas, Ángela Quintáns, Lara Silva y Encarna Oleiro ya están pensando en volver a presentarse el año que viene. Estas estudiantes de primero de Bachillerato señalan que se enriquecieron tanto de las horas de laboratorio para crear electricidad como de la experiencia de presentar su análisis ante un comité en el que figuró un premio Nobel. Sí, un Nobel.

El principal valor de esta iniciativa es que para educar, estrecha lazos. Recuerda que el mundo es global y no está divido en pequeños compartimientos que funcionan por separado. Une la educación secundaria, la universitaria y la comunidad científica. Y es así como se consiguió que Jean-Pierre Sauvage, Nobel de Química en 2016, entregase el premio a Esther Revenga. La colaboración del director del CIQUS, José Luís Mascareñas, fue tan determinante para su presencia como la de la profesora de Medicina Rosa Señarís para que Ignacio Martínez Mendizábal, premio Príncipe de Asturias por sus hallazgos en Atapuerca, fuese el coordinador del comité en la primera edición.

Esta iniciativa es un ejemplo, en un ámbito concreto, de la educación en mayúsculas. De la que desbloquea el potencial del alumnado y lo impulsa  y casa con otra de las grandes frases de Hawking: “Los humanos necesitamos un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir”. Y es que fue, precisamente, un desafío lo que logró que la relación que comenzó hace diez años con la presencia del reputado científico en Santiago para recoger el premio Fonseca y presentar su libro La clave secreta del universo se convirtiese en una nueva forma de educar. Sin adoctrinar, adiestrar, condicionar y manipular. Solo despertando intereses que, de algún modo u otro, ya están ahí.

Y, esto, si funciona para difundir ciencia, funciona para todo.

 

Alfredo Gómez, un puente entre Cuba y Galicia

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Es primera hora de la mañana y ya son cuatro o cinco cubanos los que han aludido a nuestra fortuna. Es algo así como el Día del puro y se ofrecen a mostrarnos el camino hacia el nirvana por un precio muy inferior al que costaría el acceso al souvernir por excelencia en cualquier otro momento. Es una casualidad imposible de esquivar: ya lo fue ayer y lo volverá a ser mañana. La suerte, en La Habana, aparece en cada esquina, y se multiplica en el Parque Central, a unos pasos del edifico al que nos dirigimos. A pesar de encontrarse junto al Capitolio, el Gran Teatro Nacional Alicia Alonso es una de esas construcciones que se quieren analizar desde todos los ángulos. Hay uno que acapara nuestra atención: se erigió para acoger la sede del Centro Gallego en la Habana, entidad que sigue ocupando un espacio importante dentro del edificio.

Su presidente, Alfredo Gómez Gómez, nos abre la puerta a la historia de los gallegos emigrados a Cuba. Lleva dos tercios de vida al otro lado del Atlántico, pero no ha perdido eso, tan de su tierra, de responder con una pregunta. “¿Dé dónde soy? A ver si lo adivináis, crecí donde la catedral se apoya encima de cuatro nabos”. Habla de Lugo, para luego detenerse a 45 kilómetros, en Becerreá, donde vivió hasta el año 57, cuando concluyó el servicio militar y decidió emigrar. Tenía 27 años. “España estaba muy empobrecida. Galicia, por su parte, era un región preciosa, pero con poquísima industria. Todo el mundo intentaba marcharse para crear riqueza”. Acostumbrado a estar rodeado de gente, en su casa convivían diez personas, inició un largo viaje en solitario. En Cuba le esperaba su tío.

Hay una palabra que no tarda en salir en la conversación. Morriña. Alfredo Gómez no solo responde con algún que otro interrogante, también describe este sentimiento a la perfección. Escritor por vocación, le ha dedicado varios poemas de gran belleza. Sabe bien de lo que habla. “Desde que existe el mundo, las personas que emigran no dicen la verdad. Escribes a tu casa, a tu familia, contándoles que estás bien. Pero lo que realmente sientes se queda contigo. Te invaden los recuerdos de la niñez, en tu tierra y con tus seres queridos, pero te los guardas para ti. Omites todo aquello que pueda entristecerles”. Siente un enorme cariño por la que ahora es su tierra –“el pueblo cubano lo merece”, asegura- pero vuelve a casa cuando puede. A una casa y a unas fincas que ahora están abandonadas. “Cuando una tierra produce, no necesita importar. Cuando una tierra produce, crea puestos de trabajo”. Alfredo lo tiene claro: el rural gallego es un mundo de oportunidades al que no se le está sabiendo sacar rentabilidad.

Sentado en su despacho, frente a la biblioteca que lleva el nombre de Fraga, habla también de las oportunidades que encontró en Cuba. Y de las que se desvanecieron. “En el año 60 ya tenía un negocio propio, una tienda de víveres”. Cuando lo intervinieron, continuó trabajando por un salario fijado por el Estado. Dejó de ser su supermercado. Ocupó también cargos administrativos: secretario general del sindicato, elegido por los trabajadores; y juez lego de un municipio, para resolver sanciones de tipología exclusivamente laboral. En paralelo, su vínculo con el Centro Gallego de la Habana, una institución que cuenta, actualmente, con cerca de 2.030 socios de número. Lo que supone una atención a 9.000 personas aproximadamente. “El reglamento de la sociedad dice que, cuando el asociado tiene menos de 45 años y lleva dos o más años inscrito, ampara a sus padres, cónyuge e hijos de catorce años o menos”, explica.

La cifra de socios puede no parecer elevada. Y, si se compara con la de antaño no lo es. Ya lo adelanta Alfredo antes de bucear en los números. “Se redujo mucho porque las cosas tornaron, la gente ahora no viene, se marcha. Los que quedamos, somos mayores”. Pero, la sociedad más antigua formada por gallegos fuera de Galicia tuvo un gran poderío económico e hizo menos amarga la emigración a miles de personas. Hay que retroceder hasta el año 1871 para conocer su historia: se fundó nada más y nada menos que el 31 de diciembre, con el objetivo de ofrecer su ayuda a los recién llegados que no dejaban de llegar. “Viajaban a Cuba en barco, muchos como polizones, y eran retenidos durante cuarenta días en el Centro de Internamiento de Triscornia, el equivalente a las isla de Illis, en Nueva York, por si padecían enfermedades infecciosas. La función de la sociedad era sacar de allí a todos los gallegos e instalarlos en hoteles con todos los gastos pagados, con la condición de avisar a las autoridades cubanas si enfermaban”.

Con la Sociedad de Beneficiencia de Naturales de Galicia como base, en 1879 nace la idea de constituir el Centro Gallego. La entidad compró el Teatro Tacón, construido entre 1834 y 1838 por encargo del gobernador Miguel Tacón, para derribarlo y darle nueva forma: las primeras piedras, como símbolo, se llevaron a La Habana desde Pontevedra. La inauguración fue en 1915: desde entonces fue ahí, al otro lado del Atlántico, donde cogieron forma algunos símbolos clave de la Galicia actual. Las partituras originales del himno gallego están guardadas en este centro, donde se entonó por primera vez. También la Real Academia Galega se constituyó en La Habana. Y el periódico Ecos de Galicia. Hay veces que hay tanto dentro de la tierra como fuera. Con la morriña pasa como con el amor: es realmente fuerte cuando uno, además de sentir, demuestra. Bien lo sabe Alfredo Gómez, que escribe a su tierra como ya antes lo hicieron otros. Y dedica, con toda la amabilidad del mundo, el tiempo que haga falta a sus paisanos.

Mientras busca la documentación en la que se recogen los datos que permiten hacerse una idea del poderío económico del que gozó la entidad, conversamos de la política española. Alfredo sigue la actualidad de cerca, y habla de ella con más soltura que de la cubana. Lanza una queja. Es por uno de esos derechos que se conceden en la teoría pero no en la práctica: “Pedimos el voto pero cuando llega ya han pasado las elecciones. Lo normal en otros países es acudir al consulado, pero en el caso de España el voto rogado complica muchísimo el proceso”. Como emigrante, siente ver las oleadas de personas que corren hacia Europa y lamenta no divisar una solución viable: “Es lógico que la gente quiera emigrar pero España tiene una de las tasas de desempleo más alta de la Unión Europea”.

Los datos ya están sobre la mesa. Nos quedamos con uno. En la primera mitad del siglo XX, entre los años 1900 y 1950, las remesas de dinero enviadas a Galicia desde Cuba ascienden a más de 216 millones de pesetas. Lo equivalente a 1,3 millones de euros. “En aquellos años era muchísimo dinero”. También elegimos una declaración final. “Para poder hablar de Galicia hay que conocer la historia de esos hombres y mujeres que dejaron su tierra sin saber leer ni escribir. Que se despidieron de sus familias para luchar por un futuro mejor. Y que, cuando lo lograron, aquí y en otras partes de América, se acordaron de las personas que habían dejado al otro lado del Atlántico y que no tenían nada. Lo que es hoy Galicia se le debe, en gran parte, a las personas que se fueron”.

Llega la hora de despedirse. El final de la conversación transcurre mientras caminamos por la calle San José. Alfredo Gómez volverá a su despacho por la tarde. A una entidad que se organiza a través de cuatro comisiones principales y para la que ha escrito muchas de las conferencias sobre la historia de Galicia y de personajes como Concepción Arenal que imparten. No les faltaba razón a los cubanos. Estuvimos de suerte. Por encontrarnos a Alfredo disponible y dispuesto a divagar por la historia de La Habana más gallega.

Maruja Casagrande, una madre con agallas en la posguerra

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Parar de hablar y empezar a escuchar. Especialmente, a nuestros mayores, que esconden historias como la de María Otilia Campos, Maruja Casagrande para los vecinos del municipio gallego de A Estrada. Su relato es la prueba de que, en numerosas ocasiones, es mejor ser receptor que emisor del mensaje. Tan elocuente como elegante, se quita el mérito que tantos otros se echarían encima: trabajó duro para sacar a su familia adelante. Tan duro que llegó a convertirse en jefa en un tiempo en el que todos eran jefes. Transcurrían los años 1966 y 1967 cuando la oficina de Correos de su pueblo natal tuvo a una mujer como máxima responsable. Era lo nunca visto.

Maruja desgrana su historia con gran precisión. Es difícil intuir que en apenas un año dará la bienvenida al centenario. Lo cuenta ella: viaja en el tiempo para disparar fechas con holgura. Fue en 1937, con dieciocho primaveras, cuando comenzó a trabajar para Correos. Llevaba ya dos años en la ciudad del Apóstol. Al finalizar Bachillerato y aprobar la reválida optó por no correr riesgos y no dejar su fututo laboral en manos de una única opción. Se matriculó en Filosofía y Letras al tiempo que opositaba para Correos. No tardó en empezar a trabajar.

Prosiguió con su vida en Santiago y los planes empezó a organizarlos para dos. Él tenía treinta y dos años y ella dieciocho. Pronto intuyó que sería el amor de su vida, ahora, que echa la vista atrás, puede confirmarlo. Se fue demasiado pronto, cuando Maruja había cumplido veintinueve y tenía tres hijos, la mayor de solo tres años, a los que criar. Ya había abierto la oficina de Correos de A Estrada y procuraba conciliar. Para salir adelante se obligó a agarrarse a lo positivo. Y a no soltarlo. “Era el momento de apoquinar, pero tuve mucha suerte. Cuando no era una beca, era un atraso o un aumento”. Quien dice suerte, dice tesón. Fortaleza. Contó también con el apoyo de su familia: su padre, José Docampo, quiso regalarle un comercio, pero Maruja siempre tuvo claro que su sitio estaba en Correos.

No eran buenos tiempos para una mujer viuda. Para cobrar tenía que ir una vez al mes a Pontevedra y “estaba mal visto que una mujer cogiese sola el coche de línea”. Siempre le acompañaba una amiga en el trayecto en autobús. De vuelta al trabajo, había mucho que hacer: “No había horario y la oficina estaba siempre en movimiento, con muchos envíos internacionales de  países como Francia”. Habla tanto de giros de las personas emigradas como de correspondencia. “Antes se escribían muchas cartas, es una pena que se esté perdiendo, la juventud de ahora está obsesiona con el móvil e Internet”. Ensalza la libertad ganada, pero pone el punto de mira en la dependencia que está acarreando tanta tecnología.

Maruja es una mujer crítica. En parte, gracias a sus aficiones, a las que pudo dedicarse plenamente cuando se jubiló. Al encender el televisor se decanta por las tertulias políticas y lee mucho. Devora. Un repaso por las estanterías de su casa desvela sus gustos: es una apasionada de la historia, especialmente de la egipcia. Así lo reconoce. Y lo confirman títulos como Ramsés. La dama de Abu Simbel. También dedicó muchas horas a la pintura. En su hogar, solo los cuadros hacen sombra a los libros. “Tengo contabilizados más de doscientos lienzos”. Decoran un sinfín de paredes, pero guarda un pequeño inventario en forma de fotografías perfectamente ordenadas. Hay desde óleo y pastel hasta plumilla, pasando por tinta china.

Cuando una se encuentra con una persona como Maruja no puede querer otra cosa que seguir escuchando. Aprendiendo. Y retarla a una partida al Rummikub, ese juego de lógica y estrategia en el que hay que hacer grupos de números y en el que gana el participante que antes se quede sin fichas. Todas las tardes de invierno acude a casa de una amiga a jugar. Aunque, reconoce, que se decanta por el verano, cuando el tiempo invita a los paseos y a pasar más tiempo en la calle. Pero, sea la estación que sea, esta mujer que también fue catequista durante años abre el armario y se viste con elegancia. “Hay que arreglarse siempre”. Da gusto verla.

Máis dun século a marcar o paso

Pisa, pisa forte, con seguridade. Escolle ben o camiño. Trabúcate. Dá a volta e volve coller o paso. Firme, novamente, como se non existise outro xeito de camiñar. Pegada a pegada ata onde queiras chegar.

Disto de pisar forte saben moito Elena Ferro e a súa familia. Pisa ela, pero tamén axuda a pisar aos demais. Faino dende e coma sempre: empregando a mellor madeira para que os pasos de hoxe sexan tamén os de mañá. Un calzado de onte, que xa é de agora, e que promete persistir no tempo, para que un poida reiventarse tantas veces coma o desexe e volver retomar a andaina. Cos zocos pasa o mesmo que coa vida. Nunca debería ser tarde.

Reinventar non é unha verba elixida ó azar. Recolle ás mil marabillas a historia da zoqueira de Merza (Vila de Cruces) e dun negocio que xa sobrepasa o século de vida. Ás duras e ás maduras. “É un soño. Pensei que non tería futuro, houbo un momento no que non tiñamos nin quen traballase a madeira”, sinala o pai de Elena, Alfonso Ferro. El e a súa irmá, Agripina, son a segunda xeración de zoqueiros. Os cimentos datan do 1915, cando Perfecto Ferro comezou a moldear o coiro para protexer os pés dos veciños cun calzado quente e que illase da agua. A vida levouno a Cuba, para voltar a súa terra oito anos despois.

Elena naceu sesenta anos máis tarde, no 1975, cando as catiúscas xa gañaran moitos adeptos nisto de protexer os pés. Tiveron que ampliar o número de feiras ás que asistiren para amosar os seus zocos, e a alma do que é Eferro na actualidade comezou a marcarse os seus propios retos: foi así como se adentraron na marroquinaría, que chegou a supoñer o 80 % das ventas. “A xente non quería saber nin de zocos nin de pan de broa”. Elena lembra que se ligaban directamente coa pobreza. As porcentaxes viraron  hai uns anos, pero, antes, houbo moito traballo que facer.

Zocos nunha xaula EferroA zoqueira e a súa familia fixaron un novo rumbo entre os anos 1995 e 1996. Foron tempos de cambios, de variar a estética dos zocos, pero non de chegar ás metas. Perseveraron. Os pasos foron firmes e na dirección axeitada, e o boca a boca fixo o resto. Son dous os factores dos que fala Elena para explicar como, no ano 2010, mudou o xeito  de mirar os zocos: fixéronse co Premio de Artesanía Contemporánea Antón Fraguas cos zocos vuela mariquita vuela e apostaron polas peles con pelo de cores para fusionar tradición e modernidade. Hoxe, fan uns nove mil pares ó ano, e a metade son personalizados.

A traxectoria de Elena pode resumirse voltando ao verbo chave, reinventarse, e engandíndolle un substantivo, creatividade. Agarrouse ao seu enxeño para dignificar un produto e un oficio que non deixan de evolucionaren con ela. Dos zocos tradicionais, con madeira de bidueiro, pasaron ós modernos, feitos con amieiro e cunha estética máis redondeada. Despois de moito traballar co coiro chegaron os flexibles, que se uniron ás bailarinas e a unha ampla variedade de sandalias. As últimas novidades? Os flecos de quita e pon e os calcetíns repletos de zocos debuxados.

Cando o paso é firme e o enxeño agudo, ata o punto de converter as redes sociais nun excelente xogo de inventiva, unha pode trazar o seu propio camiño. Unha senda na que non importan as curvas e que medra co paso dado. E, para a maleza, xa se sabe, non hai nada mellor que ir ben calzado.