Admirable rescate en Tailandia

Rescate Tailandia

De las muchas conductas sociales que me parecen dignas de estudio, hay una que siempre me recuerda a mi ahijada de trece años: la admiración. La que Aristóteles vinculaba directamente con la filosofía: si no hubiese asombro por el mundo que nos rodea, por lo inesperado, tampoco existiría esa necesidad de dar respuesta a los interrogantes y establecer los principios que orientan el conocimiento de la realidad y del sentido del obrar humano. Y esa otra admiración que se traduce como estima, generalmente hacia un desconocido al que tildamos de extraordinario.

Esa admiración por el prójimo que no acostumbro a sentir yo, con alguna excepción, la vive ella. La envidio por ello. No admirar es como no enamorarse: es convertir al otro en humano antes de tiempo por temor a que termine defraudándote. Las expectativas no cumplidas son vistas como  frustraciones. Tengo un amigo que se quedó sin ídolo al conocerlo y, desde entonces, dice que su música ya no suena igual. Sobra decir que no es cierto, que es tan poco objetivo como lo era antes.

Todo esto de la admiración me vino a la cabeza hace unos días, cuando el equipo formado por los mejores buzos en cueva tailandeses y de buena parte del mundo logró rescatar a los doce niños del equipo de fútbol Jabalíes Salvajes y a su entrenador en la cueva Tham Luang. Lo hicieron contra todo pronóstico y después de dieciocho días claustrofóbicos: cómo contener el pánico, para ahorrar energías, resulta un interrogante difícil de responder. Se trata de sobrevivir cuando el control de tu vida se te escapa de las manos. Solo ahora saben que quedaron en las mejores.

Falta de luz. Desniveles. Inundaciones. Y un pasadizo angosto, en forma de U, que se convirtió en el obstáculo principal. El equipo de rescate  puso su vida a disposición de la de los menores. Saman Gunan no la recuperó. Cinco días después de que se quedase sin aire, los niños salieron, sedados: su extracción se hizo por grupos y llevó tres días. Pero, los buzos habían empezado a recorrer los cuatro kilómetros que los separaban del exterior con anterioridad para preparar el operativo. Ya, entonces, el foco se posó sobre un sector que tiende a pasar desapercibido. En una brigada que resultó ser extraordinaria. Digna de admirar, incluso antes de alcanzar su objetivo.

Overbooking

Compañía aérea Wamos

Abrió el bolso, nerviosa, y comprobó que vuelos y pasaporte estaban donde los había dejado. No tenían por qué no estarlo: desde el segundo control a sus pertenencias, se aseguró de pasar correctamente la cremallera. Decidió salir de casa. Ya en el taxi, cayó la cuarta revisión. La quinta fue la más absurda de todas: al llegar a Barajas llevaba el tiempo justo para facturar la maleta que había hecho y deshecho otras tantas veces. De olvidarse algo, ya no había vuelta atrás.

     — Disculpe señora, tenemos un problema

     — Espero que venga con solución incorporada

     — Estamos trabajando en ello. Se vendieron dos billetes de más y no hay asientos para todos.

     — ¿Se vendieron? ¿Solos?

     — Lo habitual es que haya algún pasajero que termine por no viajar y…

     — Va a ser cierto eso de que es el ser humano quien genera buena parte de los problemas a los que luego tiene que enfrentarse

     — ¿Disculpe?

     — Un percance es una tormenta, no que especulen con los viajeros

     — ¿Le importaría volar mañana?

     — Confío en que se le ocurrirá una idea mejor

Fue, sin duda, la respuesta más amable. La otra azafata que invertía sus energías en persuadir a los últimos dos pasajeros para cambiar las fechas del vuelo no consiguió una respuesta afirmativa ni al utilizar el comodín: ambos rechazaron la oferta de viajar en primera clase 48 horas más tarde. Pronto escucharon también la negativa de la señora que tenían a escasos metros.

     — Le garantizo que viajaría usted mucho más cómoda

     — Seguro que le suena lo que le voy a responder: no es no

La sonrisa se fue desdibujando de la cara de las azafatas. Se miraron inquietas y la más joven de las dos, pero realmente espabilada, lanzó la pelota al lado de los clientes, que hacía ya unos minutos que empezaran a perder la paciencia: “Hay solo un asiento disponible para Cancún, pónganse de acuerdo”.

Funcionó.

Con la mirada puesta en el reloj, no tardaron en lanzarse los motivos por los que no podían perder el vuelo. El único varón, un joven recién graduado en Turismo con unas enormes gafas de pasta, dibujó la oportunidad de su vida: la entrevista de trabajo que no llegara en España le esperaba al otro lado del Atlántico tras una cita previa vía Skype en la que demostró sus dominios de inglés y alemán. La mujer, de unos 35 años, que había peleado con la misma azafata le interrumpió para mostrar una invitación repleta de letras cursivas y en la que una pareja aparecía sonriente: “Es mi hermana, mi única hermana, la misma a la que un idiota engañó y que se fue a México para marcar distancia. No puedo perderme este día”.

La señora, por su parte, optó por no explicar sus motivos a un par de desconocidos. “Es innegociable”, se limitó a decir. La hora de embarcar se venía encima y el acuerdo estaba lejos de cobrar forma.

¿Cuál era el mecanismo más justo de elección? Fue el joven quien, después de bucear en Internet y localizar lo buscado, creyó dar con la solución. Limpió las gafas, las recolocó sobre orejas y nariz, y dejó caer su propuesta: “Para vuelos de más de 3.500 kilómetros hay una compensación de seiscientos euros, podemos decidir en función de lo que pagamos cada uno por los billetes”. Era una forma imparcial, que además le podía favorecer: le avisaran para la entrevista con un margen incompatible con la búsqueda de ofertas.

Los tres perdían dinero.

     — Pagué 850 euros. Después, exhibió la reserva

     — Yo 650

     — Algo más de 950 euros, añadió la señora mientras observaba como la cabeza de la mujer, cuyo pasaporte decía que se llamaba Lorena, empezaba a balancearse de derecha a izquierda.

La propuesta empezó a parecerle maravillosa pero adivinó que la replica no tardaría en llegar. Lorena había dejado de mirarlos para examinarlos.

     — Si se trata de ser justos, habría que establecer una relación con nuestros ingresos. Ya os adelanto que ese reloj y bolso que lleva, yo no me los puedo permitir.

La azafata, la de la idea, les interrumpió. Uno de los tres tenía que embarcar. Lanzó una moneda al aire. Dos veces. Y antes de que se dieran cuenta, la señora les observaba mientras pasaba el control y dudaba en alzar la mano para despedirse. No lo hizo. Se sintió culpable. Y eso que solo ganó lo que le correspondía. Hubo, sin embargo, quien se benefició del servicio no ofrecido. De una sobreventa que se agarra a las estadísticas para ampliar ganancias y contempla, sin pudor, dejar pasajeros en tierra.

“Legal sí, pero sin sentido”, comentaron las azafatas una vez liberadas del marrón.

 

Vidas enjauladas

Estatua de la Libertad entre rejas

La imagen no puede ser más gráfica. Una fila de barrotes. ¿Detrás de ellos? El sueño de unos y el miedo de otros.

El día que Mario preguntó a su padre qué era la libertad, éste le describió un lugar que le pareció sacado de otro planeta. Estaba repleto de rascacielos, oportunidades y, lo mejor de todo, solo unos kilómetros hacia el norte. Soñó con ese paraje con la misma ingenuidad que los niños del paraíso deseado lo hacían con una nave espacial y pisar Marte. La única diferencia era la promesa de que él lo alcanzaría: partirían hacia allí, a un lugar mejor, que es lo que cualquier padre quiere para sus hijos. Ambos habían comprado el sueño. Es difícil atinar quien lo ansiaba más.

No había dudas en el plan. Empezarían de cero. Juntos. Al fin y al cabo los sueños están para cumplirse.

El camino fue largo. Comenzó antes de partir: ahorrar para combustible y prepararlo todo para no volver, que fue mucho más difícil de lo que podía parecer en un inicio. Solo entonces se dieron cuenta de que se iban porque no les quedaba más remedio. El resto del mundo, su mundo, seguiría allí, en un lugar que podría tenerlo todo para quedarse. En el que les recibió se encontraron con un problema conocido: una sociedad repleta de instituciones incapaces de gestionar los problemas que contribuyen a formar.

El resto de la historia seguro que la saben. Y es que, al menos, escandaliza. Los barrotes separaron a miles de Marios de sus padres y de ese sueño. A unos metros de las jaulas, la incoherencia: esa estatua que alza su antorcha al cielo y exhibe una cadena rota a sus pies.

Papá, ayúdame a entender.

Iniesta de mi vida!

Andrés Iniesta

Érase una vez un niño de Fuentealbilla paliducho, delgadito y no muy alto que soñaba con ser jugador de fútbol mientras crecía en las categorías inferiores del Albacete. Un día, a sus doce años, recibió la llamada de un gigante, el FC Barcelona, requiriéndole para formar parte de su cantera. En ese momento la vida de Andrés Iniesta y la de sus padres cambió para siempre.

Sencillo, humilde, honesto y, por encima de todo, compañero,  Iniesta fue creciendo como jugador a lo largo de su estancia en La Masía. Lejos de su familia, sus amigos y su tierra natal, Andrés entrenaba cada día con un objetivo claro: vestir la camiseta del primer equipo del Barsa. No tardó mucho en lograr esa meta. A los dieciocho años, mientras uno pensaba en salir de fiesta cada sábado sin saber a qué dedicarse en la vida, Iniesta debutaba en primera división.

Innumerables títulos, premios, y, en definitiva, éxitos deportivos son los conseguidos por Iniesta con el club de su vida y con la camiseta de la Selección. También momentos difíciles y derrotas dolorosas, como la sufrida en Roma en la actual edición de la Champions League. Dieciséis años en la élite deportiva que, no solo le hicieron crecer como jugador de fútbol, sino que sirvieron para grabar a fuego en su personalidad aquellos valores que ya mostraba de niño.  Valores de los que también pueden presumir compañeros de plantilla como Carles Puyol, y jugadores que han sido el referente del eterno rival. Por ejemplo, Íker Casillas.

Precisamente fue este elenco de futbolistas el que, con un gol de Andrés,  consiguió para España su primera y única Copa del Mundo aquella calurosa tarde del 2010 en la que, tras su remate con la pierna derecha en el minuto 116, el país registró un seísmo de magnitud incalculable. No solo por lo que suponía a nivel deportivo, sino porque sirvió de desahogo y de vía de escape para una sociedad sumida en una puñetera crisis económica donde lo más comentado era la prima de riesgo o el rescate bancario. ¿Qué tal si recordamos el momento?

Esta semana Andrés se despidió del fútbol de primer nivel. Lo hizo entre lágrimas, consciente de que ponía punto y aparte a una importante etapa de su vida. Si algo le debe el fútbol a Iniesta es un Balón de Oro. Pero, eso no importa, tiene el respeto y la admiración de todo un país. Y es que estamos hablando del mago de Fuentealbilla, ese que cuando los niños buscaban ansiosos a Ronaldinho para hacerse la foto, se acercaba amablemente para premiarles con su posado. Quién les diría a estos benjamines que el destino daría un valor incalculable a esa instantánea, la que casi no revelan porque aquel jugador no era el cromo más buscado.

Para muestra un botón. Esto lo escribe uno que también soñaba con ser jugador de fútbol profesional cuando era niño, pero se conforma con ser del Real Madrid y presumir de haber visto jugar a Andrés Iniesta Luján. El Iniesta de nuestras vidas.

 

Esos excelentísimos másteres

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Hace ya un mes que saltó la bomba y Cristina Cifuentes se convertía en el centro mediático. Se levantó una mañana y leyó en el periódico lo mismo que otras tantas personas pero con la diferencia de que ella no descubrió nada nuevo. Paradójicamente, parece que su sorpresa fue la mayor de todas. Hay para quien lo inesperado no son los hechos sino el escándalo: el número de casos que se fueron sumando al suyo demuestra que en política uno adorna su currículo con la misma naturalidad que compra plantas para su casa. Con cada título la cabeza más alta y la gente más lejos. Habrá quien quiera alcanzar los 46 de la Duquesa de Alba. Las élites, al igual que la energía, no desparecen, solo se transforman. Pero, hay algo que debe justificar que lo sean.

Tan grave como conseguir que una institución del sistema educativo, ese que debe garantizar la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos, peque de falsedad documental y deje su prestigio por los suelos es esa vanidosa necesidad de querer más y a cualquier precio. Cuando uno está preparado para el cargo que ostenta no debería preocuparle engordar su expediente hasta hacer de él una enciclopedia. Todo conocimiento es enriquecedor, pero obtener títulos por postureo es querer recuperar algo tan manido como la diferencia de clases: ahora son la política y el pueblo.

El fervor por los títulos viene de lejos. Se tramitan por Real Decreto y le dan a quien los posee el honor de ser llamados excelentísimos señores, en el caso de los que llevan aparejados la Grandeza de España; e ilustrísimos señores a aquellos con títulos más modestos. Por qué conformarse con ser conde si un duque siempre estará por encima. Ahí reside el mal de las sociedades jerarquizadas: los empeños por querer ser van de la mano del establecimiento de privilegios. La cuestión ya no es si uno quiere trampear su currículo, sino que haya una Universidad dispuesta a implicarse en la farsa. La discriminación ya está hecha: mientras una parte de la población busca diferenciarse con esfuerzo, otros se cargan el sistema para hacer magia. Y, lo hacen porque pueden: son los nuevos excelentísimos señores.

Infancia robada

Parque infantil

Eran las 15.05 horas y se preparaba para comer. Sobre la mesa, el plato que recalentó en el microondas por las prisas y el mando de la caja tonta. Le llamaba así cuando sus hijos se abalanzaban uno sobre el otro como si estuviesen poseídos para alcanzarlo: sonrió al pensar en aquella vez que la mayor lo escondió en la lavadora y lo vieron dando vueltas sobre la ropa. “¡Y nunca le descubrimos los pies!”, les dijo. A puerta cerrada, bromearon, a puerta abierta, no hubo mando (ni televisión) en una buena temporada: el día que le levantaron el castigo, lo hicieron para todos.

Primer contacto. Era una de esas noticias que le obligaban a hacer zapeo. De las que siempre hacían que se le atragantase la comida, pero conseguían su atención. Un no querer saber, pero mirar de reojo. Una sensación que se terminó el día en que encontró las cámaras en su rellano y no en la pantalla.

“Una de las cosas más afortunadas que te pueden suceder en la vida es tener una infancia feliz”. La frase le cayó encima. La leyó por primera vez cuando no sabía que tenía, pero lo tenía, todo el tiempo del mundo para sumergirse en otras vidas. Las novelas policíacas aportaban esa adrenalina que le faltaba al día pero, aquella vez, Agatha Christie le tendió una reflexión en lugar de una distracción. La alejó de esa evasión que perseguía cuando cambiaba de canal. “¿Cómo prevenirles de los monstruos sin robarles la ingenuidad?”. Así debieron nacer los cuentos, pensó. Solo un problema: los malos siempre se encuentran de puertas para afuera.

No abrir a desconocidos. No aceptar sus caramelos. No irse con ellos. Mirada sobre el televisor y cabeza en dos pisos más abajo: todos los consejos dados hablaban de extraños. Los de su vecina seguro que también. Subió el volumen y comprobó que, una vez más, las pesquisas policiales investigaban el entorno más próximo al niño. Ese que debería ser refugio para ahuyentar las pesadillas y que la infancia sobreviva: hacerles mirar con desconfianza a los suyos y al mundo que les rodea es convertirlos en adultos demasiado pronto.