El chico de las listas

Cascada de Godafoss, Islandia - Fotografía de David Aguilar
Cascada de Godafoss, Islandia – Fotografía de David Aguilar

Ignoro cómo definir este texto. Le he dado ya unas cuantas vueltas, con el objetivo de describirlo de la forma más oportuna, pero soy incapaz de acertar con la terminología adecuada. ¿Es una carta? ¿Quizás un diario? Escribo a alguien, a una persona importante, pero no lo leerá. Puede que, entonces, esta retahíla de palabras se asemeje más a un cuaderno personal, en el que los acontecimientos se describen sin el temor a que algún curioso, ávido de chismorreo, juzgue mi forma de sentir. Mi forma de vivir.

Digamos que es un diario. Sí, un diario que comencé a escribir hace unos años y que hoy retomo para cerrarlo: incorporarle un último capítulo que permita desprenderme de las historias que nos quedaron pendientes. Siempre fuiste el más organizado de los dos. El chico de las listas. Plan. Fecha. Check al terminar. No puedo evitar sonreír al hacer este trazado yo también. Una línea descendente, que luego se eleva simulando una V, pero continuando la escalada más allá del punto de partida. Lo dibujo siempre a mano, como cuando los profesores daban el visto bueno a los deberes, que ya entonces tú guardabas en riguroso orden mientras yo acumulaba folios por aquí y por allí sin llegar nunca a encontrarlos en el primer intento. Hoy trazo el check, tu check, por última vez.

Cascada de los dioses, Islandia. 28 de septiembre de 2019

Es el último día del viaje. No lo mencioné antes, pero escogí las fechas para recorrer Islandia ciñéndome a lo que siempre habíamos hablado. Hoy compruebo que cualquier época es buena para visitar este país mágico, pero que toda la información recabada en esas ensoñaciones en las que te sumergías y me arrastrabas estaban bien encaminadas. Era solo una anotación más en la lista, en mi parte favorita de la lista. Películas, libros, actividades y viajes. Cuatro categorías que no paraban de engordar y que culminan con el alquiler de la caravana en la que recorrer el lugar en el que ahora me encuentro. Decías que vendríamos en marzo o en septiembre, por el incremento de la actividad solar que se da en los equinoccios, sin que los días se coman las noches: todavía no son blancas y es en la oscuridad donde surge la magia. Nuestras ansiadas auroras boreales.

Me encuentro en el norte de la isla. Comencé el nuevo día con un final; pasando las últimas páginas de La transparencia del tiempo, en el que Leonardo Padura vuelve a dar vida al detective Mario Conde, y quedándome un rato en silencio, con el libro, ya cerrado, en las manos. El hecho de concluir algo siempre me produce un poco de nostalgia. Encandilada con el escritor, cuando terminé El señor que amaba a los perros me invadió la sensación de que necesitaba un personaje que no me abandonase tan pronto, y por eso compré los ocho tomos en los que este curioso detective, con nombre de empresario, realiza sus pesquisas. Lo guardé en el fondo de la mochila, aprovechando para sacar de su interior la cámara y el trípode con los que inmortalizar el amanecer en Kirkjufell. La montaña de la iglesia tiene forma de campanario pero también de sombrero de bruja o de cucurucho de helado, que en esto de sacar parecidos siempre hay quien encuentra uno nuevo que se aproxima más. Varío varias veces de encuadre y pongo la casa andante en marcha.

Me esperaban cerca de cuatrocientos kilómetros por delante. Más de cinco horas por una carretera, buena parte por la Ring Road – que pronto podría protagonizar tantos souvernis como la Ruta 66 – en la que cada parada merece la consideración de destino final: la cascada de Godafoss, con orientación norte, me dejó muda cuando funcionó de espejo de la aurora boreal que tanto imaginamos. Mutaron los colores de la noche y el brillo que lo invadió todo fue el de tus ojos verdes justo antes de cerrarse y dejarme una lista por completar.

La diferencia entre lo que leo y lo que escribo está en quién decide que ha llegado la hora de elegir un final. Siempre hay la opción de dejar una lectura a medias, incluso de no pasar más allá de la primera página, pero es el escritor quien le busca un desenlace que, por muy prematuro que nos resulte, no podemos postergar. De mi historia, que hasta ahora no es otra que la nuestra, nadie puede decir que haya intentado  precipitar el final. En el más absoluto silencio islandés, recordé como bajabas la voz en los desencuentros, convencido de que para captar la atención es más útil susurrar que alzar el volumen. No sabía lo difícil que era mantener los recuerdos sin anclarse en el pasado. He necesitado completar una lista – con sus cuatro correspondientes apartados – para comprender que llevo demasiado tiempo haciendo planes como si todavía estuvieses: ver una aurora boreal. Septiembre 2019. Check.

Mar, memoria y vida

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Todos tenemos una forma de despejarnos, de evaporarnos de un mundo que por momentos se comprime hasta alterar la percepción que tenemos de él y de lo que en él sucede. Tengo un amigo que siempre que quiere huir lo hace por carretera: conducir le lleva a un estado de desconexión. Focaliza sus esfuerzos en mantener el rumbo del coche, que es algo más fácil que mantener el de nuestras vidas, aunque quememos mucho embrague inicialmente. Me lo imagino escuchando a The Killers a todo volumen – y subiéndolo todavía más cuando suena When you were young – mientras el mundo vuelve a expandirse lentamente. Otros prefieren correr y borrar, con cada bocanada de aire que acaricia la cara, aquello que les hace correr.

Esa liberación, para mí, la produce el mar. Pienso en los instantes que me devuelven a la calma y siempre se cuela en ellos esa fulgurante y seductora masa azul. Cuentan mis padres que cuando era una niña tenían que llevarme en brazos de la toalla al agua porque esa otra masa marrón me sobraba en las excursiones a la playa. Quizá todavía quede algún resquicio de eso: sacudo la toalla al volver del agua con la misma fuerza que se sacuden los problemas. Ese zarandeo es, sin embargo, solo un añadido prescindible. Es el de las olas deshaciéndose en la orilla el que ejerce de desconexión.

Allí, en los numerosos allí donde el mar se disfruta, puede sentirse que el mundo es un lugar hecho a la medida de los sueños humanos, en el que la balanza siempre se equilibra de la misma forma que lo hace el nivel del mar debido a las fuerzas de atracción gravitatoria. La naturaleza, ajena a nuestra existencia, sigue su curso y regala una visión capaz de hacernos olvidar, por unos instantes, las penas y frustraciones. No he visto amanecer o atardecer más bonitos que en los que el sol se refleja sobre el agua, mudando su brillo y su color, de la misma forma que todos comenzamos y finalizamos el día frente al espejo, donde sólo vemos una parte de lo que somos. Sobre todo lo demás ­– ­lo más enigmático del mar tampoco está a la vista ­– han escrito infinidad de poetas: “¿Quién es el mar?”, pregunta Borges, “El Lucifer del azul, el cielo caído, por querer ser la luz”, responde García Lorca.

En El Mar, de John Banville, el mar es la memoria. “El mundo reducido a unas cuantas líneas largas y rectas que se aprietan entre el cielo y la tierra”. Recuerdos que van y vienen al compás de las olas y que son, con los adornos que le incorporamos, lo que nos queda de la realidad. El mar es memoria, pero también vida: calma y tempestad. Guarda las más bellas imágenes, pero también las grandes tragedias, los naufragios que deja a su paso. Entonces, te das cuenta que lo que imaginas en otros hay un poco de ti. No suena a todo volumen, a ningún volumen, pero ahí está, mientras alcanzas un estado de equilibrio.  “And sometimes you close your eyes, and see the place where you used to live when you were young”.  

Noches en cuarentena: cuando todos duermen

IMG_7886Es tarde, tardísimo, lo dicen las agujas del reloj de mesa que muevo de sitio cada vez que quiero concentrarme. Tic-tac, tic-tac. Siempre la misma cadencia, ajena a las emociones que hacen que el tiempo pase volando o se detenga. El segundero se escucha más por la noche, cuando todos duermen. El silencio y la oscuridad exterior también confirman que vuelvo a acostarme a deshora.

Desconozco si la forma de dormir dice mucho de cómo somos, pero seguramente define cómo estamos. No si lo hacemos boca arriba, boca abajo o de lado, enroscándonos sobre nosotros mismos hasta recuperar la posición fetal. De protección. Hablo del momento en el que nos rendimos al sueño o cuántas horas seguidas de descanso somos capaces de encadenar. Puede que el confinamiento haya afectado a mi ritmo diario; la cuestión es que vuelvo a trasnochar. Creo que basta cualquier desajuste para romper con ciertos hábitos. Influye que todo cobra mayor apetencia después de cenar: las películas, los libros, las videollamadas.

De mis dos primeros años universitarios, cuando estaba en la residencia, tengo una escena grabada. Llegaban los exámenes y las manecillas del reloj parecían acelerarse de forma que la noche hacía su aparición antes de lo previsto. Los últimos pasos por los pasillos transcurrían más cautelosos. A partir de ahí todo se ralentizaba y yo encontraba el mejor momento para estudiar. Con el amanecer, ejercía de despertador en la habitación de al lado. Nos dábamos los buenos días, y los diurnos tomaban el relevo. Bajaba la persiana hasta que no entrase un rayo de luz y dormía hasta la hora de comer.

Ahora, sin embargo, no existe una relación directa entre la hora a la que me duermo y a la que me despierto. Sí a la que me levanto, pero el plegar de los parpados es involuntario. Tengo la fortuna de dormir bien, de un tirón, pero nunca hasta tarde. Dicen que eso, como las primeras canas o pensar demasiado, es hacerse mayor. Puede que aquí si exista una ligazón: ¿pensar mucho propicia la aparición de las canas y la desaparición del sueño? Está claro que éstas son preguntas de altas horas. Cuando hacemos un repaso de cómo fue el día, de los planes para el siguiente. Pasado, presente y futuro. Todo cabe en una noche.

No soy la única que todavía permanece en pié. Hay luz al otro lado de la ventana. Levanto la mano y saludo. No se percatan pero asomarse al mundo exterior y no dedicar un gesto de complicidad a los que están ahí fuera (o, mejor dicho, en otros interiores) me parece tan extraño como habérselo dedicado hace unos meses.

Ya no hay película, ni nada, de fondo, y el tic-tac se vuelve a oír ligeramente. Me gusta el silencio, pero vivo con miedo a que se rompa. Los ruidos nocturnos tienen un poderío superior a los diurnos: un ligero crujir del suelo o una ventana mal cerrada que se golpea son siempre un ladrón ante el que ponerse a la defensiva, con el palo de la escoba en la mano y la pregunta más tonta del mundo en los labios. ¿Quién anda ahí? No quiero imaginar la cara que se me quedaría si una voz desconocida responde mostrando interés por dónde se encuentran los objetos de valor. Hay cuestiones para las que es mejor no conocer la respuesta. Como cuando preguntas a la persona que te gusta hacia dónde vais y responde que a ninguna parte.

Son las tres de la madrugada, calculo que dormiré unas seis horas y el día volverá a empezar. En el tiempo que nos ha tocado vivir, que marca el transcurso de nuestra existencia, todo queda supeditado a ese otro tiempo, el que mide el reloj para que sepamos cómo administrarlo. Estoy pensando que quizá el confinamiento ha cambiado la forma en la que nos asomamos ante el tiempo que tenemos y que con los años se tiende a dormir menos porque tememos que esté por agotarse. Puede, también, que ya no esté pensando con claridad, al fin y al cabo el tic-tac no se detiene y ya hace un rato que pasan de las tres.