Cena en casa de Leví

Cena en casa de Leví

Hay un pequeño hábito a la hora de escribir que no conseguí corregir en mi paso por distintos periódicos. Es un vicio sobre el que me alertaron infinidad de compañeros y que sirve como prueba de lo mucho que cuesta hacer las cosas de una forma cuando a una le sale innato hacerlas del revés. El titular escogido para una noticia lo cambia todo: es guía para el redactor, que construye su relato a partir de él; y para el lector, que busca en las líneas la chicha de ese mensaje que se utilizó de cebo. Dejarlo para el final, como vuelvo a estar haciendo, es una forma de aplazar lo que se quiere recalcar ante el espectador. Un texto acostumbra a lanzar muchos mensajes y, aunque existen subtítulo, destacados y ladillos, solo uno impacta de frente y marca el rumbo de todos los demás.

En la pintura, el nombre elegido para una obra también repercute en la mirada con la que nos asomamos ante ella. En la búsqueda de su verdadero significado parece que bastan unas pocas palabras para acercarnos a sus secretos y a los motivos de su autor. Pienso, sin embargo, que en la literatura y en la pintura, como en cualquier otra forma artística, hay mucho de las ideas de quien la disfruta. De sus propias experiencias. El arte y la memoria tienen algo en común: vemos lo que queremos ver de la misma forma que moldeamos nuestros recuerdos para castigarnos o aliviarnos en función del estado de ánimo. Nada como seleccionar momentos para hacer más liviana la existencia.

Todo esto del arte y sus interpretaciones viene a colación de una parada en mi último viaje. La bella Venecia. De entre todos los cuadros expuestos en la Galería de la Academia hay uno que llama la atención tanto por sus dimensiones (13 x 5 metros) como por los personajes que lo componen. Un perro, sirvientes, un hombre al que le sangra la nariz y otro vestido de bufón son parte del decorado de una obra no exenta de polémica. Nada fuera de lo normal si no se tiene en cuenta la fecha en la que se pintó y las demás figuras que aparecen en ella: Jesús y los doce apóstoles.

Para sustituir a la Última Cena de Tiziano que se encontraba en el refectorio del convento de Santi Giovanni e Paolo y fue destruida en un incendio en 1571, se le encargó a El Veronés hacer su propia versión. Dos años después la había terminado pero el resultado le obligó a someterse a un interrogatorio de la Inquisición por la introducción de esos elementos fantasiosos que la distanciaban de la realidad descrita en los Evangelios. La forma de interpretar esas modificaciones varía en función de los ojos que miren la obra y permite lanzar una pregunta que vale para cualquier tiempo: ¿Dónde empieza y dónde termina la libertad del artista, puede ser el arte políticamente incorrecto? Con el paso de los años, cambian los valores pero no tanto los interrogantes.

Fue el título el que salvó la obra. El que permitió que hoy podamos verla como la concibió su autor. Pasó de ser La última cena a Cena en casa de Leví, otro banquete reflejado en los Evangelios. La Iglesia y el Arte vieron defendidas sus razones y el nombre de la obra, como hace siempre un titular, marcó la forma de asomarnos ante ella. Pero qué ver o no ver, en qué detalles fijarse, quedará siempre en manos de los curiosos que se acerquen a Venecia.

El texto del interrogatorio no tiene desperdicio y sirve para entender mejor la personalidad del autor. Aquí os queda un fragmento.

Pregunta: ¿Quién creéis vos que se encontraba realmente en aquella Cena?

Respuesta: Creo que estaban presentes Cristo con sus Apóstoles, pero si en el cuadro sobra espacio, lo adorno con otras figuras.

P: ¿Os ha encargado alguien que pintaseis alemanes, bufones y otras cosas similares?

R: No, señor. Pero me encargaron adornar el cuadro como me pareciese, y éste es un cuadro grande, con espacio para muchas figuras, tal como a mí me parece.

P: Los adornos que vos, como pintor, soléis hacer en los cuadros ¿convienen y están proporcionados al asunto y a las figuras principales, o en realidad se colocan al azar según vuestro propio criterio, tal como os vengan a la imaginación, sin la menor discreción ni juicio?

R: Hago mis pinturas considerando bien lo que sea conveniente, en la medida en que alcanza mi inteligencia.

2 comentarios sobre “Cena en casa de Leví

  1. El ingenio..la inteligencia y también el valor son elementos imprescindibles para cuestionar los dogmas existentes en cada momento histórico.
    Lo dicho es plenamente aplicable..aunque a muchos les parezca imposible…en la actualidad..la diferencia estriba en que en la fecha a que obedece el relato el dogma era de tipo religioso..y actualmente es aquello que se denomina lo politicamente correcto…pero en realidad se trata de lo mismo.

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  2. Cada receptor atendiendo a sus emociones, experiencia etc. interpreta de una manera subjetiva, aunque no sea su intención, la obra del artista. Pero esas “interpretaciones” no se dan sólo ante una obra, ¿cuántas veces interpretamos erróneamente un mensaje que recibimos por Whatsapp?

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