Perderse en Escocia

Abadía de Inchcolm

Perderse. Hay mil maneras de interpretar una palabra. O una única forma que se ve afectada por el contexto en el que se produce. La apreciación varía cuando viajamos y dejamos las prisas en casa: perdernos por los lugares que visitamos es la mejor forma de descubrirlos. Pero toda pérdida implica elegir previamente esos rincones que queremos conocer y reservarles el tiempo suficiente para olvidarnos de la hora. C’est la vie. Incluso la liberación requiere un acto de preparación previa.

Pasamos cerca de 168 horas en Escocia. Los días saben a poco cuando el calendario indica vacaciones. Tachar el primero es ponerle caducidad.

Los alrededores de Edimburgo merecen la misma atención que la capital. Los autobuses salen con frecuencia hacia pueblos como Stirling y St Andrew, en los que sobrevive esa construcción tan típica escocesa: los castillos. Mientras que el de Stirling, donde tuvo lugar la coronación de María Estuardo con solo unos días de vida, mantiene toda su estructura en lo alto de una colina volcánica, del de St Andrew solo pueden verse sus ruinas. Regala, igualmente, una panorámica enigmática en la que el mar del Norte cobra protagonismo. Un pequeño paseo conduce hasta los restos de la catedral que se construyó en honor a San Andrés, patrón de Escocia y de la Iglesia ortodoxa. Todo ello envuelto en un ambiente universitario. Al explorar los caminos de la ciudad aparecen las facultades de la que es una de las mejores universidades del Reino Unido.

No hace falta alejarse de Edimburgo para descubrir otros lugares con encanto. A Dean Village, a las afueras de la capital, se llega dando un paseo. Seguir el recorrido del río Water of Leith es encontrarse con una pequeña aldea en la que viviendas pintorescas se camuflan entre la vegetación. Una vegetación intensa como la que puede contemplarse en mi lugar favorito del viaje: la isla de Inchcolm y su misteriosa abadía medieval. Recuperamos el significado intrínseco de perderse: extraviarse. Basta el primer pasadizo para volver de golpe a la infancia.

Cogimos el barco que nos llevó a la isla en Suth Queensferry. No es un viaje directo. Las embarcaciones se adentran en el fiordo de Forth para ofrecer una panorámica de los tres puentes que conectan Edimburgo con el norte de Reino Unido. Es el ferroviario el que acapara todas las miradas: su imponente estructura roja de vigas en ménsula le valió para colarse en la película Los 39 escalones de Alfred Hitchcock. Perderlo de vista es imposible. Ni cuando el barco se acerca a peñones repletos de morsas. Hace frío.

La última vistita nos llevó hacia el sur. Fue el desplazamiento más largo y no solo concluyó en Inglaterra: nos hizo retroceder hasta el año 122 dC. La montaña rusa en la que se convierte la carretera adelanta que estamos llegando a nuestro destino. Se puede leer Slow en el asfalto. La vía de acceso a Vindolanda, el fuerte romano más espectacular del Muro de Adriano, transcurre por el mismo camino que lo hacía hace 2.000 años. Y, los romanos no eran de andarse con rodeos. Siempre línea recta hacia destino. Pronto divisamos un tramo del muro que ordenó levantar el emperador Adriano para defender el territorio britano sometido de las tribus de los pictos. Un total de 120 kilómetros de muro, con una altura media de cinco metros, que los ganaderos aprovechan para demarcar sus parcelas. Reduciendo su altura se hicieron muchas delimitaciones laterales. Son los vestigios de la Britania romana.

Por el camino hay varias paradas interesantes. A aproximadamente quince kilómetros de Edimburgo se encuentra la capilla de Rosslyn, una de las edificaciones más misteriosas de Escocia por estar vinculada con los Caballeros Templarios y otras hermandades secretas. Su conexión con la novela El código Da Vinci, de Dan Brown, y el Santo Grial ha multiplicado el número de visitantes. Mientras uno lo busca puede contemplar el mejor ejemplo de piedra tallada de Escocia. Continuando el viaje hacia el sur hay otras dos visitas recomendables: Temple, un pueblo que no llega a los cien habitantes y se oculta entre las montañas, y la abadía de Jedburgh, uno de los mejores ejemplos de arquitectura gótica escocesa. Son, junto a las lecciones, los regalos de la historia. Y Escocia es mucha historia.

No solo los días pasan volando. También las horas. Es curioso ver como al perdernos dejamos de preocuparnos por el tiempo. De perderlo. Las tierras altas y sus lagos quedarán para la próxima visita sin reloj.

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2 comentarios sobre “Perderse en Escocia

  1. Escocia es un claro ejemplo de que mantener la esencia histórica(construcciones……….costumbres..medioambiente…) no está reñido con progreso y modernidad….es un pueblo fiel a si mismo..y totalmente moderno.

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  2. Difícil es no perderse entre tanta belleza e historia.El tiempo deja de existir para dar paso a sensaciones que te transportan al pasado, a una tranquilidad acumulada con el conocimiento que te proporciona el conocer otras formas de vida. El último renglón transmite esa idea de que el viajero no sólo “pasa” sino que se detiene, examina y se enriquece con cada lugar que forma parte de su camino.

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